En Colombia, labia rima con rabia

23 de marzo del 2019

Opinión de Ignacio Arizmendi Posada

En Colombia, labia rima con rabia

El cuento de “la labia que rima con la rabia” es fácil de echar y más aun de comprender. Arranca –para no ir muy lejos– desde cuando nuestros antepasados decidieron gritar “¡abajo los chapetones!” para buscar la independencia (¿o fortalecer la pendencia?), luego de lo cual muchos de aquellos compatriotas no tardaron en valerse de la labia (y las balas) para dar curso a la rabia contra los demás por pensar de modo distinto. Incluso llegó a hablarse de “la patria boba”, que con los años se transformó en “la patria viva”, tan viva, tan avispada, tan pendenciera, que les ha dado millones de billones a los corruptos de todas las potestades que en la patria han sido.

Pero regresemos al cuento: hoy, como ayer, la rabia, la furia, el resquemor y sensaciones similares se hallan aposentadas en el escenario político y jurídico, las relaciones sociales y familiares, el deporte y el arte, las protestas públicas y púbicas, los púlpitos y las aulas, las redes y los medios, etc. Y apoderadas del alma y la labia de millones.

Para volver a años cercanos, recordemos a 2016, un año clave –no el único– en la génesis y el desarrollo del actual grado de labia y rabia en el país. Fue el año del plebiscito sobre el acuerdo de paz del gobierno Santos con las Farc (¿o del gobierno Farc con Santos?). Como se trataba de decirle Sí o No al acuerdo que fuera, los líderes y partidarios del Sí pusieron su labia al servicio de su causa. Con toda razón: estaban convencidos de que el acuerdo era “el mejor posible” (repetía Humberto de la Calle) para traer, por fin, “la paz” a los 45 millones de colombianos, por lo cual “bailaban de la pata en una dicha”. Oírlos y verlos bailar nos daba rabia a los del No porque estábamos persuadidos de que el acuerdo contenía no pocos puntos inadmisibles y era una entrega de credenciales a las Farc. Oírnos eso a los del No, desencadenaba la rabia, en general, a los del Sí. Y resulta que los del No ganamos…

¡Oh rabia, oh asombro, oh tristeza en los del Sí! Tristeza, pues consideraban que se perdían tantos esfuerzos y la esperanza en “la paz”; asombro, pues nunca esperaban ese resultado en virtud de que contaron con toda clase de medios para lograr un respaldo arrollador; y rabia, pues no entendían cómo la mayoría de los ciudadanos dijimos no a esa “maravilla” de acuerdo.

La contentura en los del No por haber “triunfado” pronto se nos convirtió en furia al ver cómo los autores y animadores del acuerdo hacían caso omiso de la victoria y se robaban la voluntad de la mitad ganadora de los colombianos. El Congreso y otros conciliábulos nacionales e internacionales fueron sedes y testigos de las maniobras que los perdedores efectuaron sin ponerse colorados. Lo que sí nos pasó, de la furia, a los del No. “Entonces”, como se dice en los cuentos, pegamos la rabia a la labia y empezamos a hablar duro, lo que enojó más a los del Sí, quienes nos gritaban “¡guerreristas!”, “¡paracos!”, “¡motosierras!”, “¡asesinos de la paz y la reconciliación!” y otros piropos. Aún lo hacen.

Y en medio de todas esas furias, llegamos a las elecciones de 2018. ¡Y resulta que los del No, con Iván Duque, volvimos a ganar! Para desgracia de los del Sí, quienes exacerbaron su rabia con los del No y colocaron en su labia toda clase de críticas al candidato ganador: que iba a volver trizas los acuerdos, que iba a enterrar “la paz”, que iba a hacer lo que el expresidente Uribe le ordenara, que iba a llevar a Colombia al pasado. Cosas similares a las formuladas antes de los comicios.

¡Hombre!, y a todas estas se aparece Duque con las famosas seis objeciones a la ley estatutaria de la JEP, y la rabia de los del Sí ascendió a cumbres borrascosas, desde las cuales se vienen valiendo de la labia para sostener, en do de pecho, que el país se va a acabar, que la nueva guerra de las Farc es inminente, que las ciudades se convertirán en lenguas de fuego, que el presidente está provocando un choque de trenes, que desató el odio entre los colombianos, que está violentando las instituciones, que desafía toda sindéresis, que se está echando encima a la comunidad internacional, que… Claro, los del No reaccionamos con rabia: por un lado, la que traíamos en virtud del robo del plebiscito y por todas las maniobras de los negociadores de ambos bandos, y, por otro, dados los persistentes ataques de los del Sí a Duque y a quienes lo respaldamos en las elecciones y objeciones.

Pero les falta decir algo (estamos hablando de un cuento, ¿no?): que con ayuda de Trump, el presidente le trasplantó un tumor terminal a la paz (¿a cuál?), y que le asignó a Satanás una lujosa suite en la Casa de Nariño, y que al “ultraderechista y fascista” Bolsonaro (así le dicen los periodistas mamertos) lo nombrará, bajo cuerda y ad honorem, Consultor para Casos Críticos, y que va a pedir que resuciten a Carlos Castaño. Y ahí van.

INFLEXIÓN. De la abundancia de las dementes mentes hablan las dementes bocas.

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