En el andén

11 de agosto del 2011

Si la semana pasada me cayeron centellas porque dije que aunque Andrés Felipe Arias no me gusta, no estoy de acuerdo con que a él y a otros los hayan privado de la libertad antes del juicio, y porque dije, también, que entre el Mockus político y el académico me quedo con el segundo –incluyendo […]

Si la semana pasada me cayeron centellas porque dije que aunque Andrés Felipe Arias no me gusta, no estoy de acuerdo con que a él y a otros los hayan privado de la libertad antes del juicio, y porque dije, también, que entre el Mockus político y el académico me quedo con el segundo –incluyendo su descolorida baja espalda– porque el primero me decepcionó, es posible que hoy me caiga granizada por cuenta de dos nombres cuya sola mención es suficiente para rizar el rizo de la sensibilidad nacional: Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Sobre todo porque en el ambiente de personalismos a ultranza que vivimos, cualquier opinión por desprevenida que sea, de inmediato será intervenida por cancerberos de uno u otro bando que justifican su vigencia manteniendo al rojo vivo el match amigos-(áulicos)-vs.-enemigos-(críticos). Prohibido disentir parece ser la consigna de esta temporada. Y no solo en la política.

Por eso, y por si acaso, traje mi paraguas.

Y aquí me tienen. Sentada en el andén mirando cómo se baten a empujones, para entrar a la estación, el tren de las seis locomotoras de Santos y la gallina de los tres huevitos de Uribe. Como si no hubiera carrilera suficiente para los dos… No entiendo por qué hay que apagar a Uribe para que brille Santos, o al revés. Máxime si fungieron de coequiperos durante varios años. A no ser que ambos, motivo cálculo electoral, hubieran decidido trabajar con el enemigo para obtener réditos, lo cual, si bien nos defraudaría a quienes carecemos del chip del oportunismo, no nos sorprendería; hemos aprendido a leer la letra menuda del ejercicio político.

No ha sido fácil el primer año de esta era. Ni para Santos, ni para Uribe, ni para los colombianos que reivindicamos el derecho, propio y ajeno, a la libre expresión.

Para Santos, porque si bien llegó a la presidencia con una cantidad abrumadora de votos, la opinión generalizada era que de no haber sido por el amparo de Uribe, nunca lo hubiera logrado. La mayor parte de sus electores pensaba estar refrendando un tercer período, entre comillas, y la mayor parte de sus opositores pensaba estar rechazando exactamente lo mismo. Con lo que no contaban defensores y detractores era con la rapidez con la que el funcionario del anterior gobierno se cambiaría de traje. En un abrir y cerrar de ojos guardó sus vestiduras de exministro de Defensa imprudente y hablador, para chantarse la capa de gobernante diplomático y conciliador, sorprendiendo a mucha gente. Antes de que asimiláramos el impacto de un cambio de tercio tan drástico en la Casa de Nariño, los papeles se traspapelaron: los índices de favorabilidad se dispararon, la oposición se volvió santista y el uribismo se volvió oposición. Salieron del cascarón, entonces, dos nuevas especies: los furisantistas que quieren borrar de un plumazo los logros obtenidos por Uribe y vender la idea de que están refundando la patria, y los furibistas que casan peleas hasta con molinos de viento y están convencidos de que la patria se acabó el 7 de agosto de 2010. Ah, y los antifuribistas que vierten sobre el ex mandatario una revoltura malsana de rabia, odio y amargura, y los antifurisantistas que apenas están en gestación pero que nacerán, nacerán; cuando la novedad pase a ser costumbre. Así que, retomando, ha sido imposible para Santos marcar territorio, sin molestar a Uribe.

Tampoco ha sido fácil para Uribe, porque dejar el poder después de un cuarto de hora que duró ocho años –con aciertos y desaciertos– debe ser un golpe fuerte. Más, si por Constitución no puede volver a aspirar al cargo. Mucho más, si quien lo sucedió fue uno de los integrantes del círculo de los íntimos con quien, a lo mejor, esperaba hacer presencia en directo. Muchísimo más, si el sucesor, como era de imaginarse, optara (optó) por marcar distancias. Y muchísimo más todavía, si de forma permanente, y desde distintos frentes, se lanzan dardos contra su administración y su familia.

Mejor dicho, qué jartera ser expresidente en funciones (y presidente y candidato): la historia se ha encargado de demostrar lo ingrato que es ese “honor”, seguro como la muerte, para quien se haya cruzado al pecho la banda tricolor. Haga lo que haga siempre va a ser un encarte. Si se traga la lengua al estilo  Belisario, lo tachan de indiferente; si opina al estilo Samper o Gaviria, le recuerdan que ya se le pasó el arroz, y si se defiende a trino “ventiao” –a ninguno le había tocado estrenar “ex” en plena era de redes sociales–, al estilo beligerante de Uribe, lo califican de piedra en el zapato. En fin…

Pasan las horas y yo sigo esperando en este andén. Con el paraguas abierto, por si las pepas… ¡Las del granizo!

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