En la lucha

Vie, 03/02/2012 - 00:03
Algunos lectores se preguntan como puedo ser tan franca sobre asuntos tan personales, si es verdad todo lo que escribo y si todavía tengo los problemas que he venido n

Algunos lectores se preguntan como puedo ser tan franca sobre asuntos tan personales, si es verdad todo lo que escribo y si todavía tengo los problemas que he venido narrando. Las respuestas son:

1. Yo siempre he sido directa, demasiado francota y con poco tacto. Digo las cosas de frente. Pero en este caso es la distancia la que me permite poder ahondar tanto en mi vida personal. Vivo en Estados Unidos y el estar lejos facilita desahogarme de esta manera.

2. Todo lo que escribo es verdad y hay mucho más que no revelo por pudor. Hay cosas que no quiero que mi familia sepa o que son demasiado terribles. Mi vida es como una novela. Me he mudado cinco veces en los últimos once años y me ha pasado de todo.

3. Ahora estoy muy bien, muy estable y muy feliz. Parte del milagro es la química, los medicamentos que estoy tomando. En esto ha habido un avance increíble y los laboratorios farmacéuticos han desarrollado antidepresivos y estabilizadores del estado de ánimo que me han permitido estar realmente bien.

Soy bipolar, epiléptica, tengo presión alta, cataratas, artritis en la espalda y me he repuesto totalmente de un gusto exagerado por el alcohol. He tenido dos abortos, uno provocado y otro espontáneo, soy viuda hace ocho años -mi marido murió de cáncer en el cerebro a los 54 años-, tengo dos hijos adultos y vivo sola, en un sótano adaptado como apartamento en un barrio de clase media en la ciudad de los hippies.

Durante largos años sufrí por mi condición mental por estar mal diagnosticada. En una época donde no se había clasificado mi enfermedad como bipolar II fui tratada por depresión. El trastorno bipolar se caracteriza por cambios extremos en el estado de ánimo que van de la depresión más profunda a la hiperactividad necesaria para sacar adelante proyectos quijotescos.

Mi primera depresión empezó cuando quedé embarazada con mi segundo hijo, a los 24 años. Recuerdo noches de desvelo mirando por la ventana de un séptimo piso por donde nunca me iba a tirar. No se había inventado el Prozac y nunca se me ocurrió ir al siquiatra para tratar mi problema. Dos años duré deprimida hasta que sin ayuda profesional ni química me estabilicé.

En 1991, en compañía de otros socios, fundamos la revista Dinero que se convirtió en un éxito inmediato. Como directora editaba la totalidad de la revista además de escribir un mínimo de cinco artículos por número porque no teníamos suficientes periodistas. Trabajaba desde las nueve de la mañana hasta medianoche. Estaba pasando por mi primer episodio de hipomanía, el término que define el estado de exuberancia del bipolar II. La creatividad y actividad se aceleran y el ciclo puede durar años, seis en este caso.

En 1997 mi socio tomó la decisión equivocada de vender nuestra participación en Dinero a Felipe López, quien era el socio capitalista. Esto me sumió en una segunda depresión que obligó a que me hospitalizaran por primera vez. Además, tanto en las etapas de depresión como en la hipomanía las personas como yo nos automedicamos con alcohol. La vida era demasiado terrible para soportarla a palo seco o demasiado aburrida si no hay desafíos que se coman la energía desbordada de la hipomanía.

Otra vez de vuelta a la lucha vino una segunda etapa de manía que duró dos años, mientras desempeñaba el trabajo mas duro que me ha tocado en la vida como Directora de la Dian. Si no estuviera precisamente en ese estado mental no hubiera sido capaz de hacer la tarea. Y acá es cuando tuve la primera convulsión. Estando en la Dian en 1999, precisamente en el recinto del Congreso, me dio el primer ataque de una serie de cinco que he tenido hasta ahora. Los exámenes que me hicieron no mostraron ninguna anormalidad.

Después de dos años en la Dian el Presidente Pastrana tuvo a bien nombrarme Embajadora en Canadá, donde pude reponerme y reposar en un oasis de paz y tranquilidad después del agite del sector público. Tuve una época de estabilidad que duró cuatro años.

En marzo de 2003, mientras estaba en Canadá, mi marido fue diagnosticado con cáncer en el cerebro. Tenía 53 años y el cáncer era terminal. Le dieron un año de vida y duró trece meses. Después de su muerte vino la peor depresión que he tenido, que me llevó nuevamente al hospital. Viviendo en Nueva York viví un episodio mixto de depresión, manía, alcoholismo, soledad y decisiones erradas. Me hice echar del trabajo y anduve largo tiempo con un hombre casado que era un vago irresponsable. Tuve una segunda convulsión. Afortunadamente, por primera vez, fui diagnosticada correctamente como Bipolar II y tuve acceso a la medicación adecuada.

Me metí con el hombre equivocado nuevamente y sufrí las consecuencias, entre ellas una tercera hospitalización y tres convulsiones más que llevaron al diagnóstico de epilepsia. Vinieron la hipertensión, las cataratas y la artritis.

Pero, nuevamente, como ya lo mencioné, gracias a la química me encuentro muy bien, superé mis vicios, dejé de buscar hombres, tengo un trabajo que me gusta y vivo en una ciudad que es un paraíso. Hoy puedo decir que estoy tan bien que puedo mirar fríamente a mi pasado y escribir sobre él en Kienyke. Y todo lo que escribo es verdad.

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