En la tragedia del estadio, la culpa es de la vaca

En la tragedia del estadio, la culpa es de la vaca

25 de agosto del 2016

El entonces alcalde Pedro Suárez necesitaba –al finalizar su gobierno- entregar una obra grande, no pensando en la ciudad que lo eligió sino en sus propias utilidades.

Remodelar el estadio, ampliarlo al tamaño que nunca podrán llenar, resultaba práctico, así como Cielo González ordenó construir un “intercambiador” que casi nadie utiliza pero que le costó a la ciudad un ojo de la cara, para financiar inmediatas campañas políticas. Cielo quería ser gobernadora (lo fue y la destituyeron) y Suárez tiene el descaro de pretender también esa dignidad, de la cual varios han salido ricos pero indignos.

Pedro busca a su antiguo subalterno Anderson Ordóñez, quien pasó de vender celulares en Garzón a gerenciar las empresas públicas del municipio y después a ocupar un cargo menor en la administración Suárez.

Ordóñez (la viga que necesitaba el estadio para evitar la tragedia) tenía línea directa con unos empresarios caqueteños con enorme músculo económico, que despertaron en él la necesidad de alzar pesas día y noche para igualarlos por lo menos en musculatura física. Hoy parece más un fisiculturista que el tal gerente del consorcio que tiene en sus manos la remodelación del estadio, donde fallas estructurales causaron la muerte de cuatro personas y heridas a diez más.

Después de la tragedia, el alcalde Sánchez dice que la remodelación es una herencia que le dejó Suárez, quien remite la responsabilidad a los contratistas, que ponen a hablar en los medios a musculito Ordóñez, con un cerebro inversamente proporcional.

El argumento para negar la responsabilidad es imbécil: que no tienen la culpa que la estructura vieja haya fallado, que ellos se ajustaron a los diseños que pagó la alcaldía (¿otro negocio?), que –en mis palabras- construyeron sobre el edificio antiguo pensando que toleraba la nueva carga, que fue un accidente de trabajo, que en cualquier obra eso puede pasar.

El 24 de diciembre –buen día para los regalos mutuos- el alcalde Suárez adiciona una millonada a los contratistas. Y, cosa extraña, el nuevo alcalde, Lara Sánchez, quien llega al cargo con un discurso de honestidad, recato y austeridad, les pone sobre la mesa otros $7 mil millones, sin reparar mucho –que se sepa- en cuestiones técnicas. Tampoco objeta al interventor de la obra.

Es posible que por la ineficiencia de todas las ías (contraloría, fiscalía, procuraduría) terminemos en que Suárez merece una estatua en el estadio que terminarán de reconstruir algún día. Que Lara Sánchez sea exaltado por cándido (no Leguízamo). Que los contratistas caqueteños pavimenten el río Magdalena. Que musculito Ordóñez sea elegido congresista.

Porque, en resumen, los muertos y heridos del estadio tuvieron la mala suerte de estar ahí. Así como la mala calidad de los cueros es culpa de la vaca, según parábola en el libro de Jaime Lopera Gutiérrez.  “Esas estúpidas vacas se restriegan con los alambres de púas para aliviarse de las picaduras”.

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