Con vergüenza histórica y con cierto cinismo intelectual finalmente la idea que se apoderó de los votantes influyentes o de lo que hoy se llamaría influenciadores off line, o sea aquellos que gozan de ventajas en la opinión publicada, es que en acto de resignación y desconfianza hay que votar para presidente de Colombia por el candidato menos malo. Y con poco pudor uno a uno de los columnistas fueron llegando a que Juan Manuel Santos era menos peor que Oscar Iván Zuluaga, principalmente porque con el candidato presidente se llegaría más fácil al camino de la paz y con Zuluaga se estaría prácticamente adportas de la guerra.
Los intelectuales, como les gusta llamarse, escogieron su mal menor con el menor esfuerzo posible y apelando al más escaso nivel de análisis que se les haya conocido. Porque lo que parece es que les resultó mejor negocio no hacer el desgaste y montarse en el camino de ir para donde va vicente, antes que jugarse la cabeza o hacer reflexiones sin irritar a los seudoizquierdistas y a quienes en nombre de la paz exacerban odios o a quienes para acabar con la guerra necesitan abrir nuevas trincheras y buscar nuevos blancos. En una inusual exhibición de simplismo generalizado los opinadores cayeron como novatos en la trampa diseñada por los jotajotas de creer que Zuluaga presidente, por orden del expresidente Álvaro Uribe, levantaría de inmediato las mesas de negociación con la guerrilla en La Habana y la emprendería a plomo contra las FARC.
Nadie sensato o con cinco dedos de frente, como decían los abuelos, puede creer que luego de un análisis sesudo y profundo se llegaría a la conclusión de que tamaña decisión calenturienta y revanchista fuera la ruta escogida por Zuluaga como presidente electo. Por más enemigo de la extrema izquierda que parezca, por más cavernícola que lo quieran ver los filomamertos, Zuluaga como ganador no tendría otro camino que actuar como jefe de Estado y aún contra sus propias frases de campaña llegaría inevitablemente a que prefiere un país en paz a uno en guerra. Y por más que piense que la paz se debe hacer sin impunidad, en las primeras de cambio terminaría revaluando sus propios escenarios de cero elasticidad para no tirar por la borda lo que se ha caminado, que mal que bien ha puesto al país a soñar con que se termine el conflicto armado. Cualquier análisis en esta materia impone la necesidad de reconocer lo poco que se haya avanzado en La Habana y de aprovechar el momento histórico que a pesar de no haber comenzado bien, incluso la comunidad internacional se ha sintonizado con estas perspectivas de paz con los grupos insurgentes. Seguro que habrá discusiones sobre el tiempo que deberían pagar en la cárcel los guerrilleros y se presentarán posiciones radicales sobre los crímenes de lesa humanidad, pero como jefe de Estado Zuluaga no tiene opción diferente a escuchar las visiones y propuestas de quienes han participado en esta negociación, quizás con un sello de más autoridad, pero concertado.
En medio de los exagerados temores al fantasma de Uribe y su supuesto nazismo y de ese facilismo opinador, las más selectas plumas del periodismo se fueron de bruces hasta contra un colega suyo que se atrevió a disentir y cometió la osadía de pensar que había otra óptica para escoger el mal menor. Cartas regañonas y toda clase de insultos letrados recibió el escritor y pensador William Ospina por no haberse sumado al redil de la opinión reduccionista. No la emprendieron contra María Elvira Bonilla ni contra Laura Restrepo, que también se fueron contracorriente, por no creerle a Santos o por no creerle al miedo que sembraron los jotajotas, porque les tocaba hacer un esfuerzo para no quedar como sexistas descalificadores o atorrantes machistas ilustrados.
Pero en los círculos intelectuales filomamertos las periodistas y escritoras deben tener las orejas calientes como víctimas de negacionismos de género o de intrigas sobre sus supuestas veleidades derechistas, cuando menos. Porque en esta campaña presidencial los odios contra los odios se tomaron la tribuna. Con la facilidad que se habla del furibismo se cae en el furiantiuribismo, con la tranquilidad que se acusa de paramilitar o fascista se endilga el epíteto de castrochavista, con el desparpajo con que se habla de buscar la paz se descalifica al contrario, se niega al otro y se desconoce el legítimo derecho a no estar de acuerdo.
Lo curioso de esta jornada electoral es que todo el mundo cayó no muy inocentemente en lo que con furia denuncia como prácticas de su contendor. La guerra sucia hizo esplendor en ambas campañas. El espionaje y la búsqueda de pruebas para judicializar al oponente se hicieron presentes en ambos bandos. La mentira, el manejo amañado de cifras, la descalificación injuriosa y la intención de generar pánico social con la posibilidad del triunfo del contrario fueron las principales actividades en que se concentraron estrategas y publicitas de las dos campañas.
Por eso lo que lograron los gurús de la imagen y los asesores mediáticos de ambas campañas fue generar tal grado de desconcierto, desconfianza y de escepticismo que los grandes ganadores en este 15 de junio serán la abstención y la desesperanza. Y si acaso aumentarán algunos votos en la campaña del candidato presidente serán los de las narices tapadas. Los que votan por su proyecto aunque hieda. Porque frente a las ofertas de los dos candidatos no hay ninguna que merezca mínimamente la atención de esa masa de colombianos que esperan que algún día se produzca un cambio que indique que el candidato piensa seriamente en las mayorías sin excluir las minorías, en la reafirmación de un Estado demoliberal.
Por eso para los columnistas de las ligas menores no queda sino la posibilidad de invitar a la reflexión con R mayúscula. Esa que implica repensar, reconsiderar y revisar conceptos. En esta campaña no se decide lo que se ha vendido en la fórmula simplista, de la paz o la guerra. Se decide la paz social, la paz con la sociedad que aparentemente no está en discusión. Esa que poco y nada se ha pregonado pero que a la chita callando se manifiesta en la abstención, el voto en blanco y el voto contra el establecimiento.
Los electores, aquellos que no han perdido del todo la fe, o que aún piensan que pueden contribuir a enderezar el rumbo deben hacer el esfuerzo que no les ayudaron a hacer los columnistas, ya que más han logrado las viejitas con sus chistes por las redes. Los electores que no le creen hoy a los opinadores saben que negociar con las FARC al final es mucho más fácil que negociar con la sociedad civil. Que cualquier voto hoy va condicionado a que no siga oliendo mal el establecimiento. Que no se acaben de podrir las instituciones y que quien resulte elegido se entere que el asunto de fondo es la paz social. Esa de los paros tres veces negados, de las reformas a la justicia, a la educación y a la salud tres veces aplazadas. No tanto la paz urbana de los tres huevitos ni la de los apellidos de las tres personas distintas y una sola élite perduradera. La paz social es el déficit que sobrevive a los ocho años de Uribe y a los ocho del posturibismo. Esa sigue siendo la asignatura pendiente en este país en donde todos hablan de la paz y ejercen la guerra.
Entre la vergüenza y la desesperanza
Sáb, 14/06/2014 - 12:27
Con vergüenza histórica y con cierto cinismo intelectual finalmente la idea que se apoderó de los votantes influyentes o de lo que hoy se llamaría influenciadores off line, o sea aquellos que goza
