Entre Uruguay y Paraguay

12 de julio del 2012

Por primera vez en mucho tiempo, el panorama político en Colombia se ve desolado. La reciente encuesta de Gallup no solamente muestra la caída de popularidad del Presidente por debajo del 50% —fenómeno que no se veía en este país desde hace diez años— sino una amplia mayoría de colombianos que se manifiesta en contra […]

Por primera vez en mucho tiempo, el panorama político en Colombia se ve desolado. La reciente encuesta de Gallup no solamente muestra la caída de popularidad del Presidente por debajo del 50% —fenómeno que no se veía en este país desde hace diez años— sino una amplia mayoría de colombianos que se manifiesta en contra de la reelección de Santos y el desplome del optimismo hacia el futuro. Entramos en una especie de parálisis en todos los frentes. A nivel político, todo el que tiene algún tipo de iniciativa, liderazgo o asume un riesgo, lo empapelan o hasta se enferma. Repasando caso por caso:

Alvaro Uribe, a pesar de los ataques que ha recibido sigue con alta popularidad de 65% pero a menos que su asamblea constituyente tenga tracción, no podrá volver a ser presidente. Su liderazgo es por endoso, y eso siempre le ha salido mal, entre otras cosas por eso estamos donde estamos. Londoño está inhabilitado, Angelino está gravemente enfermo, Luis Carlos Restrepo prófugo, Uribito preso y figuras como Óscar Iván Zuluaga, Martha Lucía Ramírez o Juan Lozano carecen de fuerza: parecen demasiado cautelosos. Personalidades que podrían tener apoyo a nivel de encuestas, como Óscar Naranjo o Luis Alberto Moreno, no parecen tener interés en autoinmolarse persiguiendo votos.

Por el lado de la izquierda el panorama no es mejor. Ni Clara López, ni Antonio Navarro parecieran contar con un liderazgo sustancial. Dentro del santismo, los liderazgos son todavía más escasos. Germán Vargas Lleras, luego de la debacle de la reforma a la Justicia y el proceso en su contra en la Procuraduría, probablemente termine también inhabilitado. Y el Procurador, el “gallo tapado” según María Jimena Duzán, tampoco registra en las encuestas.

Parálisis que es la misma que argumenta el uribismo para explicar porqué la seguridad se está deteriorando y el Ejército perdió la iniciativa militar: desde un general hasta un soldado profesional, al que actúe lo empapelan. El episodio del Cauca, con la imagen de las comunidades indígenas desmontando los sacos de arena de una Estación de Policía y exigiendo la salida de la Fuerza Pública y los grupos armados, evoca la misma sensación de estancamiento. Los grupos armados no se van a ir, y la Fuerza Pública tampoco. Tampoco se va a ir la coca.

Hace unas semanas el procurador Alejandro Ordóñez aseguró su férrea oposición a lo que llamó “regularizar” las drogas, al asegurar que son las multinacionales farmacéuticas las que pretenden adueñarse de ese negocio. Está mal informado el Señor Procurador. Luego de entrevistar personalmente en Lima hace unos años a Armandina Aguirre, entonces presidenta de la Empresa Nacional de Coca del Perú durante el gobierno Toledo, entendí como funciona el negocio de la coca. La mayor parte de la cosecha legal de hoja de coca en Perú y Bolivia la compra una filial de Coca Cola Company llamada Stepan Company. La embarcan una vez al año en el puerto del Callao —con la única excepción legal permitida por la Convención de Estupefacientes de la ONU firmada en 1961 para transportar coca de un país a otro— la desembarcan en cercanías de Nueva York y la procesan en Maywood, New Jersey. Allí extraen la cocaína, que es vendida como insumo para la industria farmacéutica para hacer buena parte de los anestésicos que se consumen en el planeta, que según la OMS sufre una pandemia de dolor crónico. Con el extracto de la hoja se elabora la popular bebida. Solo para recordarle al “gallo tapado”, que el negocio de alimentos más grande del mundo, y la multinacional farmacéutica más grande del planeta, ambas basan sus utilidades en la hoja de coca. No necesitan apoderarse del negocio. Ya es de ellos.

En mitad de todo esto sorprende la viralización en redes sociales del discurso del Presidente Mujica de Uruguay en la conferencia de Rio+20. La decisión de legalizar y estatizar la marihuana, junto con su reclamo por la insostenibilidad del modelo económico que surgió después de finalizada la Guerra Fría, suena al mismo tiempo sabia y delirante, como la voz del Quijote. Un hombre cuya palabra tiene peso por la fuerza del ejemplo, por la forma austera como vive a pesar de ser un jefe de Estado. Mientras Uruguay hace alarde de progresismo de avanzada, su vecino Paraguay sigue los pasos de Honduras en un “golpe” —que si bien pareciera técnicamente constitucional— es tan reaccionario en los intereses que lo impulsan que ni Estados Unidos se atreve a defenderlo.

El reclamo de Mujica, ante el modelo económico actual, tiene bases académicas sólidas. Michael Spence, profesor de la Escuela de Negocios Stern de NYU y David Autor, economista de MIT, reseñaron un estudio hace pocos días en el New York Times donde aseguran que la globalización y la hiperaceleración del proceso tecnológico nos está dejando con un desempleo estructural, cada vez más profundo, en la medida en que las máquinas están reemplazando al ser humano, ya no solo en la manufactura, sino en procesos como la minería, la agricultura, la limpieza de espacios de oficina y el trabajo intelectual que hasta hace poco solo podía hacer un PHD. En conclusión: los que no sean dueños del capital, cada vez trabajarán más horas, por menos sueldo, sin estabilidad ni prestaciones, sin importar mucho cuánto hayan estudiado. Y nunca tendrán el nivel de vida que tuvieron sus padres. El capital está avasallando al trabajo.

Eso explica la indignación que se expresa con tanta facilidad en redes sociales, sobre todo entre los jóvenes, que son el motor detrás de fenómenos como La Ola Verde, La Primavera Árabe, Los Indignados de Madrid, Occupy Wall Street y Yo Soy 132 en México. Son los que en Colombia tumbaron la reforma a la Justicia que puso fin a la gobernabilidad de Santos.

La pregunta es si son capaces de producir algo más que estancamiento, si pueden hacer algo más que solo oponerse. Y si tendrán la valentía de reconocer que llevamos 50 años combatiendo lo único que el mundo nos quiere comprar, cada vez a mejor precio, y en mayor cantidad: la coca. Y como Uruguay, hacer algo al respecto.

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