¿Es malo ser Malo?

18 de noviembre del 2017

Lo que estimula y exacerba la corrupción no es la falta de un buen sueldo.

¿Es malo ser Malo?

Por estos días, en Colombia se ha hablado bastante, entre otros, del magistrado Gustavo Malo por su presunta o real responsabilidad en casos de corrupción. Los medios de todos los formatos tecnológicos tienen en sus archivos los datos al respecto.

¿Por qué viene a colación el apellido Malo? Porque, por esas cosas de la vida, alguien de tal apellido aparece vinculado a un episodio de corrupción en 1729 en Santa Fe, la capital del virreinato de la Nueva Granada, la Colombia de hoy. El hecho llegó a los libros mediante un funcionario colonial que acusó ante el Consejo de Indias a José Martínez Malo y José Quintana, oidores (magistrados) de la Real Audiencia granadina, de faltar a sus deberes por servir de intermediarios entre varios mineros del Chocó y la Casa de la Moneda santafereña.

La pequeña narración evidencia, simple y llanamente, que los actos corruptos en el sector público –y no sólo en él– no son cosa nueva en nuestro país, con independencia del apellido, la ocupación, la ideología o la región de los actores. Son, tales actos, una lacra indeseable que viene desde lejos en nuestra aún joven historia.

Lo ilustran las noticias de aquellos años, cuando la distancia y el aislamiento de estas colonias favorecían la comisión y la impunidad de conductas non sanctas, fundamentadas en la sentencia, célebre entonces y ahora, que dice que “las leyes se acatan, pero no se cumplen”. Así lo protagonizaban, por ejemplo, miembros de las élites que hacían cuanto fuera posible por quedarse con los principales puestos del gobierno colonial y abusar del poder para aumentar sus caudales. Al igual que ahora.

El soborno, la “comisión”, el do ut des (te doy para que me des), la componenda, el “raponazo”, la manguala y otras maravillas de las mentes nefastas se activaban para repartir réditos formidables a sus “socios” y desgraciar a la sociedad. Como hoy.

La Real Audiencia, la institución más importante del sistema legal granadino, conoció con frecuencia escándalos de sus miembros y otros funcionarios. También supieron de ellos los virreyes, quienes en algunas de sus Relaciones de Mando –informes que presentaban al rey al terminar las funciones encomendadas– hacían constar sus visiones y quejas al respecto.

Lo hizo, en 1789, el virrey Caballero al sostener que era bastante común que los corregidores –funcionarios judiciales locales– difícilmente obrevivían sin acudir a los sobornos, por lo cual urgía a la Metrópoli asegurar los recursos adecuados con el fin de impedir que a esos cargos arribaran ciudadanos que principalmente buscaran ganancias personales.

Igualmente lo hizo el virrey Ezpeleta, en 1796. Coincidía con su antecesor en el sentido de solicitar no crear una nueva plaza de corregidor para Santa Fe si no se garantizaban unos ingresos apropiados, pues era alto el riesgo de que atendiera a su subsistencia “por medios indecentes”. Además, como el ingreso de los funcionarios judiciales se basaba en lo que cobraban por solucionar pleitos, Ezpeleta comprobó que algunos promovían pleitos en las comunidades para cobrar por sus servicios=, motivo por el cual destituyó a nueve de ellos.

Recordemos, por último, que el virrey Mendinueta, en 1803, pocos años antes del grito de la independencia, reconocía que alrededor de los corregidores, escribanos, recaudadores y otros cargos menores existía “el recelo de que se haga un abuso de autoridad para existir a expensas del público y en perjuicio suyo”.

Podría colegirse que los sueldos insuficientes estimulan la corrupción. Puede suceder, y de hecho sucede, si bien lo que se ve en Colombia indica que muchos de los funcionarios y ciudadanos envueltos en episodios de corrupción son de ingresos muy altos.

Lo que estimula y exacerba la corrupción no es la falta de un buen sueldo, es la falta de principios sólidos, de fondo ético, de respeto a la sociedad, a lo que se añade el ánimo retador de muchos para violentar el bien común.

La corrupción ayer se ventilaba en otros escenarios. Hoy se registra a diario, sin importar los apellidos de sus figuras, en los canales de información y comunicación en medio del asombro, la rabia y la sensación de impotencia de la ciudadanía de bien. Impotencia porque crece la convicción de que la guerra contra la corrupción también está perdida, pese a los esfuerzos de los gobiernos y autoridades por reducirla o controlarla.

El asunto no es fácil. Tiene que ver con la maldad humana. Es que, como lo afirmara el filósofo español Julián Marías, “la maldad tiene su raíz en la libertad del hombre –lo más precioso de él, pero también lo más peligroso–. Por eso la maldad es gravísima”. Si bien el ilustre pensador añade que “está en nuestras manos no dejarla brotar o remediarla y corregirla”, el sólo saber que vivimos en Cundinamarca y no en Dinamarca, en Colombia y
no en Escandinavia, te hace perder la esperanza y creer que carecemos de las manos de las que habla Marías. Y eso es nefasto.

Entonces, ¿es malo ser Malo? No, no es malo ser Malo o tener el apellido que se tenga. El asunto no es por ahí. Simplemente, lo malo es ser malo.

INFLEXIÓN. Cada sociedad tiene los niveles de corrupción que se merece.

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