Escépticos sobre la guerra, ¿maduros para la paz?

17 de septiembre del 2012

Decía el recordado maestro Estanislao Zuleta que “solo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”. Colocadas en tiempo presente sus palabras resultan aleccionadoras y útiles para este nuevo entusiasmo por la paz. El escepticismo sobre la “fiesta” de la guerra no puede […]

Decía el recordado maestro Estanislao Zuleta que “solo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”. Colocadas en tiempo presente sus palabras resultan aleccionadoras y útiles para este nuevo entusiasmo por la paz.

El escepticismo sobre la “fiesta” de la guerra no puede ser mayor. Las encuestas son contundentes y si se consultara serían absolutas. A tal punto que las propias Farc, para bien, por primera vez tienen dudas sobre el sentido y posibilidades de triunfo de la guerra en que están empeñadas desde hace más de 60 años. Y el escepticismo las ha colocado en el terreno del realismo y el pragmatismo político: buscar una salida política que les permita tener algún logro para sí y para sus propósitos políticos o correr el riesgo de perpetuar una guerra degrada y un proyecto político que carece del respaldo y confianza de la infinitita mayoría de los colombianos, incluidos los excluidos y los pobres, en nombre de quienes justifican su accionar militar y político.

Lo que nos sobra en escepticismo frente a la guerra nos falta en madurez para la paz. Para lograrla se requiere que todos nos rindamos, que los intereses individuales, corporativos, gremiales, de clase y en especial los asociados a los intereses económicos y políticos y el inveterado reaccionarismo clasista, cedan al interés superior de la paz.

Jaime Bateman sostenía, con mucho de razón, que el gran problema de la guerra en Colombia es que “aquí no se rinde nadie”: ni los grandes empresarios y sus tasas de ganancia y concentración de la riqueza, ni los reaccionarios viejos y nuevos terratenientes que concentran en su poder la mayoría de la tierra, acrecentada en los últimos años por la vía del despojo y el desplazamiento ; tampoco los narcotraficantes que han hecho de la violencia y el conflicto la mejor mampara para su empresa criminal y lucrativa; ni la guerrilla degradada y huérfana de respaldo y credibilidad; menos la informalidad económica y social que desesperada busca en la ilegalidad y el rebusque en el contrabando, la economía ilegal, en la invasión del espacio público, en la evasiones impuestos una manera de construir su pequeña o medina empresa individual; ni los corruptos que han convertido el erario público en una lucrativa fuente de “acumulación originaria” de capital. En fin: aquí no se rinde nadie. Cualquier asomo de construir una sociedad democrática, apegada a la ley, equitativa, en paz, para todos, es respondida con la colombianísima frase: ¡dejen trabajar!

La madurez para la paz aún no transciende el plano de la intención general, pero sin asumir sus costos y sus consecuencias. Todos la queremos barata, rápida y sin que afecte nuestro interés particular. La paz que la hagan otros, que nosotros apoyamos. Los años de la guerra son también los años de la búsqueda de la paz. Han sido años de errores pero también de logros y resultados. La Constitución del 91 como acercamiento a la paz no es un asunto de poca monta.

La mayor inmadurez para la paz es el inveterado ventajismo como estrategia de negociación de las partes, pretender negociar lo mío y escamoteando el interés del otro. Inmadurez es también el facilismo con que se presenta cada nuevo intento de paz, el ocultamiento deliberado de los intereses y la complejidad de lo que se está negociando, sus costos y consecuencias. De igual manera los tiempos y los plazos de la paz denotan nuestra inmadurez: los que la quieren rapidito, que coincida con el calendario electoral o los que la prefieren lenta, de larga duración, lo suficiente para recuperar el poder político y militar perdido y mejorar la correlación de fuerza en la mesa de negociaciones o en el reinicio de otra fase de la guerra degradada y sin posibilidades de triunfo.

Ojalá que las ganas de la paz no nos puedan. Que el escepticismo sobre la fiesta de la guerra nos permita madurar para la paz y para entender y solucionar el conflicto que subyace tras 50 años de violencia perpetua. Pero para ello necesitamos vestirnos despacio porque estamos de prisa.

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