La Constitución de Cádiz y las independencias americanas

26 de marzo del 2011

Invitado por su dinámica Alcaldesa, doña Teófila Martínez, tuve oportunidad de dictar, el pasado lunes 14 de marzo, la conferencia inaugural del mes constitucional de Cádiz, sobre la Constitución de Cádiz de 1812, mejor conocida como La Pepa porque fue promulgada, precisamente, el día de San José (San Pepe para este efecto), el 19 de marzo de aquel año. Tan importante como la Constitución misma fue el proceso constituyente que la acompañó. Por primera vez las provincias españolas de ultramar – nombre pomposo para no decir colonias – fueron convocadas a conformar las Cortes o el Congreso de Cádiz que entró a llenar el vacío de poder dejado por el Rey Fernando VII cuando fue, cándidamente, secuestrado y obligado a dimitir en la ciudad de Bayona en Francia. La abdicación del monarca y su sustitución por José Bonaparte, hermano del entonces Dictador Bonaparte, incendió todas las provincias españolas que decidieron autogobernarse a través de unas Juntas Soberanas que fueron replicadas en las provincias americanas. Esa “lealtad al Rey y gobierno a nombre del pueblo soberano” tenía por supuesto dos lecturas distintas en España y en América. En la primera, era un acto de fidelidad a la monarquía absoluta; en América era una excelente disculpa para desarrollar un proceso por lo menos  autonomista a favor de una mayor igualdad entre los súbditos monárquicos a lado y lado del océano. La proposición que llevaron a las Cortes los diputados americanos era la de la inequitativa representación de las provincias que representaban; tratándose de 15 millones de americanos, no estaban de acuerdo- como bien lo argumenta el memorial de agravios de Camilo Torres- en que les diera una tercera parte de la representación que se concedía a los diputados insulares; es decir, los americanos comenzaron pisando fuerte. Y aunque sus pretensiones fueron denegadas, la mitad de los diputados de la península los acompañaron. A partir de ese momento, nuestros representantes tomaron la iniciativa y participaron decididamente en asuntos fundamentales que caracterizó el proceso constitucional de Cádiz: la separación de la Iglesia del Estado y, dentro de este, de sus ramas tradicionales; el final de la inquisición; el principio de legalidad para que no existiera partida presupuestal sin norma que la legitimara; la reivindicación del concepto de libertad de imprenta que es la libertad de prensa de hoy aunque mejor entendida en Cádiz que en Colombia; la eliminación de tributos indígenas y privilegios coloniales; la institucionalización de la justicia y la eliminación de los monopolios estatales. Los diputados americanos, entre la espada de los insurgentes americanos que los consideraban traidores por estar pactando y los españoles y mestizos que desconfiaban de sus posiciones revolucionarias y los diputados insulares, que estaban encantados con las reivindicaciones republicanas del país de donde provenía el invasor que los estaba devastando y al que por supuesto detestaban, trazaron en Cádiz dos hojas de ruta fundamentales: la de la monarquía constitucional en España y la de las independencias americanas; basta con leer las primeras constituciones republicanas de nuestros países para darse cuenta de que el espíritu de Cádiz las animaba. Fernando VII, restablecido en el poder, cometió el error, imperdonable, de abortar el proceso de Cádiz, volver al absolutismo monárquico y enviar cuarenta mil hombres a reconquistarnos a sangre y fuego. Si hubiera preservado el espíritu de La Pepa seguramente se hubiera podido haber formado una verdadera comunidad iberoamericana, como el Common-Wealth británico y nuestro nacimiento a la libertad, que era inevitable, no se hubiera producido por parto traumático sino por parto natural y saludable. El Rey le dio la razón a Bolívar quien, desde el comienzo de los gritos independentistas en Sucre, Quito y Bogotá, en 1810, había prevenido a los patriotas desteñidos que no se hicieran ilusiones, que se prepararan para una guerra despiadada; y así fue. Si, como dijo un diputado americano para justificar que le quitaran al Rey la soberanía que era del pueblo, “el cielo no llueve reyes”, también podríamos nosotros decir, frente al error histórico de Fernando VII de divorciarse del espíritu liberal y humanitario de la famosa Pepa: “las independencias no llueven del cielo”.

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