Estiércol convertido en diamantes

10 de noviembre del 2017

“A mi modo de ver, un diamante y una mierda son una misma cosa”.

Estiércol convertido en diamantes

En cierta ocasión, Zolá le decía a Mallarmé: “A mi modo de ver, un diamante y una mierda son una misma cosa”, a lo cual Mallarmé le contestó: “Quizá tenga usted razón, pero a mí me parece que un diamante es más difícil de encontrar”.

Seguramente tenía la razón en el momento de su tertulia con Zolá, de lo que Lowis Pawells habla en uno de sus libros. Por ello, el ilustre Mallarmé no alcanzó a imaginar que en Colombia (mi sorprendente “Caoslombia”) encontrar un diamante iba a ser tan fácil como toparse con el estiércol, y no propiamente por obra de las joyerías, que las hay, sino por la simbiosis monstruosa que los dos elementos han hecho en el campo de la corrupción, de proporciones y efectos inconmensurables.

Del fenómeno hablan a diario los medios, en especial los audiovisuales. La razón es simple: en el ADN moral de muchos ciudadanos existe la propensión a meter la mano en el estiércol, riesgo que asumen con placer al saber que, a cambio, obtienen formidables diamantes –¡y de qué quilates! –, que tallan con esmero y fruición para enriquecerse pronto, o más, y echarse a las petacas, unos, o seguir robando, otros.

Newton Minow, que fuera presidente de la U. S. Federal Communication Comission, en la década de los años ochenta comentaba con gracia singular –exagerando, claro– cómo eran las cosas en algunos países europeos: “En Alemania, según las leyes, todo está prohibido, salvo que se indique que está permitido. En Francia la ley dice que todo se permite, salvo lo que esté prohibido. En la Unión Soviética la legislación lo prohíbe todo, incluso las cosas que están permitidas. Y en Italia, según las leyes, todo está permitido, ¡especialmente las cosas prohibidas!”. Una maravilla.

Históricamente Colombia, desde los ya lejanos años de la colonia, ha mostrado un perfil similar al italiano: aquí como que todo se permite, en particular lo que está prohibido (obvio que prohibir la corrupción es algo tan sui géneris como prohibir el paramilitarismo: se permite porque se prohíbe, y se prohíbe porque se convierte en diamantes…). No pocos funcionarios coloniales se aprovechaban de la distancia y el aislamiento respecto de la Metrópoli para hacer sus porquerías. Pero del tema hablaré en otra ocasión.

Por ahora toca dejar claro, en todo caso, que alrededor de la corrupción, y gracias a la tarea divulgativa de los medios, en la opinión pública se registran sensaciones y percepciones bastante precisas del fenómeno. Algunas de ellas son:

1. Que la corrupción es mucho mayor y “diamantina” que la reportada por los periodistas y autoridades.

2. Que distintas noticias sobre tal fenómeno suelen darse a conocer con filtros según sean los personajes, las entidades y el momento.

3. Que la generalidad de noticias de actos corruptos tienen su cuarto de hora: se sueltan y luego los medios y las autoridades las sueltan para ocuparse de otras cosas.

4. Que la corrupción ha crecido en Colombia en términos exponenciales. Es un verdadero yacimiento de diamantes (como para tararear la vieja coplilla madrileña: “¡Qué galán que entró Vergel! / con cintillo de diamantes. / Diamantes que fueron antes / de amantes de su mujer” …).

5. Que ninguna región del país se libra de ese cáncer.

6. Que, pese a ello, en los escándalos predominan las voces de acentos capitalinos y caribeños. Aunque hay de todos los ‘idiolectos’.

7. Que a la peste tampoco escapa ningún conglomerado político.

8. Que por este delito se condena a menos personas de las que deberían condenarse.

9. Que ha habido condenas de retaliación política que las autoridades y los medios presentan como de corrupción.

10. Que la corrupción subyuga a individuos de todos los estratos sociales y económicos.

11. Que sucede en todos los gobiernos, aunque en unos más que en otros.

12. Que son más los varones corruptos, con ínfulas de barones, que las mujeres. Hasta ahora.

13. Que es mayor y más frecuente en el sector público que en el privado (y más cuando entra en juego “el factor púbico”).

14. Que en el momento de concebir y ejecutar los actos corruptos se olvidan las rencillas personales o de otro tipo que puedan existir entre los “socios”.

15. Que mientras más se persigue la corrupción, más se divulga, y mientras más se divulga, más crece: ¡es que nos esperan los diamantes! “Ser pillo paga”.

Son quince trazas rápidas, de percepción libre, que algún think tank podría retomar y ampliar para un análisis sesudo y posterior desarrollo, de cara a comprender mejor la visión que la opinión pública corriente posee de la corrupción y los fenómenos conexos.

INFLEXIÓN. Tema para un think tank: ¿por qué al presidente Juan Manuel Santos le cuelgan medallas en el exterior mientras en el interior le cuelgan lápidas?

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