Evangelii Gaudium

30 de noviembre del 2013

¿Por qué has regresado a cuestionar nuestros logros? La respuesta es sencilla. El mundo necesita redimirse o más modestamente, cambiar.

Esta semana, el Papa Francisco dio a conocer su exhortación apostólica invitando a los fieles cristianos a una nueva evangelización, la de la Alegría del Evangelio que da nombre a su texto. Al contextualizar esta nueva etapa evangelizadora, el Papa Francisco hace una incisiva crítica a los desequilibrios del mundo actual que exige de propios y extraños, una profunda reflexión. Después de reconocer los avances de la ciencia y de la tecnología y su contribución al bienestar en los diversos campos de la salud, la educación y las comunicaciones, se detiene en el análisis de la mayor “patología” en que se desenvuelven esos adelantos innegables al señalar que “la mayoría de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas” (52).

La actualización de las enseñanzas del Evangelio al tiempo presente y a sus problemas le lleva a concluir que no ha llegado el “final de la historia” con que Francis Fukuyama alimentaba la ideología triunfante del capitalismo con motivo del derrumbamiento del bloque socialista con la caída del Muro de Berlín en 1989. Todo lo contrario. Alerta sobre cómo la exclusión y la inequidad son causas eficientes de la violencia que se pretenden soslayar con insistentes reclamos de mayor seguridad para hacer la siguiente premonición: “Cuando la sociedad –local, nacional o mundial- abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz.” (59).

La disección que hace el Santo Padre del sistema económico contemporáneo con fundamentalismo de mercado basado en el crecimiento, el consumo y las utilidades infinitas lo asemeja a “antiguo becerro de oro”, una “dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (55).

Su reacción contra la economía de la exclusión y la inequidad, lo lleva a asemejarla a una versión colectiva del quinto mandamiento “no matar” al afirmar que “Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa” (53), ejemplifica con fuerza el carácter excluyente de la “dictadura” del dinero.

El Papa Francisco reclama la función social de la propiedad, ese potente concepto que incorporó la Constitución colombiana en 1936 traído, no como sospechan muchos de socialismo, sino de la tradición cristiana de San Agustín y Santo Tomas de Aquino según los cuales, Dios hizo la tierra para todos los hombres y, desde luego, también para todas las mujeres, por lo que la propiedad puede entenderse como una especie de fiducia. Quien la tiene debe ponerla al servicio del bien común, so pena de perder la protección del Estado. De ahí que la tierra debe ser explotada, el propietario pagar sus impuestos y demás cargas sociales, entre otras obligaciones anexas al poder de dominio. Resume el Papa Francisco la solidaridad como parte inescindible de la función social de la propiedad al ser el destino universal de los bienes, realidades anteriores a la propiedad privada. “La posesión privada de los bienes – explica en su exhortación apostólica – se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión del devolverle al pobre lo que le corresponde (189).”

Y que no se diga que ello vendrá como resultado del crecimiento económico favorecido por la libertad del mercado. Las teorías del “derrame” o del goteo, según las cuales la equidad y la inclusión social surgirán automáticamente del modelo económico en boga jamás han sido confirmadas por los hechos, explica Francisco, y añade que esas teorías expresan “una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante.”

Con entusiasmo y alegría leo las exhortaciones del Santo Padre. El Gran Inquisidor de Dostoievsky estará preparándole su cuestionario. Le preguntará, ¿Por qué has regresado a cuestionar nuestros logros? La respuesta es sencilla. El mundo necesita redimirse o más modestamente, cambiar.

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