¿Existe el infierno?

14 de julio del 2012

Los tres días en Madrid se habían pasado muy rápido. Un grupo español de profesionales me había invitado a trabajar con ellos en un proyecto de mercadeo. Para felicidad de mi bolsillo me pagaron la estadía en el mejor hotel de la ciudad. La despedida  el viernes por la noche fue muy agradable.  Cundió en […]

Los tres días en Madrid se habían pasado muy rápido. Un grupo español de profesionales me había invitado a trabajar con ellos en un proyecto de mercadeo. Para felicidad de mi bolsillo me pagaron la estadía en el mejor hotel de la ciudad. La despedida  el viernes por la noche fue muy agradable.  Cundió en forma  el  buen vino, así es que cuando abrí los ojos un sábado de verano madrileño, con sol radiante, solo pensé dos cosas: ¿existe el infierno?, claro está, producto del guayabo que tenía y ¿a que hora saldrá el vuelo de KLM para Ámsterdam?

El Museo del Prado está a 50 metros de mi hotel. Al contrario del Museo Metropolitano de New York, el Louvre o  el Museo Británico, el Prado es mucho más pequeño y se especializa en pintura. Me levanté, duché y vestí. Eran las 11:50 de la mañana. Un café muy rápido en el gran salón del hotel mientras miraba los correos en el teléfono.

Dejé la maletica que traía a cargo del concierge y salí para el museo, que en otros viajes había tenido la oportunidad de visitar. Quería ver una pintura del artista holandés El Bosco (1450-1516) como principio de mi investigación sobre el infierno. Comencé a hacer la cola para comprar mi tiquete. Adelante iba una mujer bonita con la mirada muy concentrada en todo cuanto observaba. Por algo que llevaba en la mano, entendí que era mexicana.

—Hola, buenas. ¿También para visitar el museo? Pregunta idiota de mi parte, pues la cola no era para comprar hamburguesas.

— Sí, mis padres vienen hoy. Viajaremos juntos para dar una vuelta por Europa y decidí matar el tiempo en el museo antes de que lleguen.

— ¡Ah! que bien, yo terminé un seminario, etc., etc.

Pero aquí comencé a desvariar. “Fíjese usted, le dije en tono muy serio, he llegado a la conclusión que el Infierno no existe, por lo menos en el más allá,  y me prometí demostrármelo hoy.”

— Qué bien, para serle sincera el tema no me interesa,  vengo precisamente de una situación emocional poco amable (y comenzó a mirar por encima de mi hombro para ver si había un guardia cerca).

—Mire, mi idea – proseguí —es que el infierno del “más allá” no existe, es posible que el del “más acá” sí, ¿me entiende?

(Cuando oí lo que estaba diciendo, me sentí como político en un pueblo perdido de la Sabana explicándole a la humilde asistencia la situación económica del país).

—Espere y le explico mejor. Le voy a mostrar un tríptico de El Bosco, pintor holandés de la Edad Media. Va a ver lo que quiero decir, insistí.

Estábamos en el museo.  Nadie “corría peligro”.

—A ver, muestre la idea.

El cuadro de El Bosco a que me refiero tiene tres escenas. En la primera, el Cielo, todo el mundo está lánguido, pálido, como desnutrido, leves sonrisas y poca gente. En el Purgatorio, la gente más alegre, pero mucho más alegre; sin embargo, los curas dijeron que ya no existe, así que olvidémonos. En el tercero, el Infierno. Aquí la cosa sí está movida, hay actividad, “metidas de mano”, unos seres mordiendo, quemando, un cerdo vestido de monja. Todo está relacionado con actividades non sanctas. (Visitar en internet Museo del Prado, “Jardín de las delicias” de El Bosco).  Gran parte del arte fue financiado por fuentes religiosas, así que usted ve lo que era permitido: cielo  donde nadie hace nada, e infierno donde al pintor le era permitido explayarse.

Pero y en el “más acá” ¿qué?, me pregunté.

¿Y las muertes por hambre? ¿Las infancias desprotegidas de este mundo? ¿Los millones gastados en nada cuando los ancianos no tienen ni un techo decente para caerse muertos?¿Los divorcios llenos de lágrimas y familias o parejas partidas por egos y trampas?¿Los enfermos que carecen de atención y ven su vida acabarse sin un remedio?¿Banqueros disfrazados  de pobres?¿Líderes religiosos pidiendo disculpas por algo que no se puede perdonar? Y así podemos proseguir.

Si el infierno de los curas es, además, que te pinchan, te queman, te acuchillan o te pegan un tiro, eso ya te pasa en la inseguridad que vives al salir a la calle. Para eso no hay que ir al “más allá “cuando todo lo tenemos en esta tierra.

Después de mi ilustre demostración con base en la obra de El Bosco, caminamos un poco más para volver a  admirar a el Greco, las Meninas de Velázquez y nos acercamos al final de recorrido.

Salimos del museo, en un día, como dije, esplendoroso.

— Mire, no es por nada pero conozco el lugar. Al frente hay una terraza que le va a gustar, es del hotel donde estoy alojado. Salvo las palomas que tienen una gran falta de respeto con los comensales cuando hay pan en la mesa, seguro le va a fascinar. El pianista ya debe estar tocando. La invito a un vino blanco, Albariño,  de Galicia.  Le  refrescará el alma y los buenos recuerdos. Es el Hotel Ritz.

La tendré que dejar después de la segunda canción.  Bueno espero verla algún día.

— ¿En el más acá o en el más allá?, me dijo con una gran sonrisa de burla y coquetería.

— ¿Y cual es la segunda canción?, preguntó con curiosidad.

— Ya la oirá.  Y en ese momento el pianista comenzó a interpretar esa obra maestra de Agustín Lara “María bonita…”

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