Una experiencia grupal con desconocidos

10 de mayo del 2014

“Si bien había un objetivo común, primó el interés individual.”

Tuve recientemente ocasión de participar durante un mes de una excursión con un grupo de personas más o menos conocidas, más o menos homogéneas. En medio de esa aparente uniformidad fue detectable la gran diferencia de mentalidades, gustos y procederes de los miembros de esa pequeña agrupación ad hoc. Como se trataba de un viaje compartido, en el actuar de cada cual estaba claro que había que colaborar en pro del logro de un objetivo explícito común: el buen entendimiento, así fuese de superficie, para lograr la meta colectiva que era visitar alegremente y sin tropiezo una serie predefinida de ciudades de un lejano país.

En esa veintena de personas que éramos –una respetuosa, civilizada y bien organizada jauría– se detectaron al cabo de un par de días de convivencia, sin mayor esfuerzo los diferentes caracteres y caprichos; se develaron las personalidades, se adivinaron las diferencias sin necesidad de grandes análisis psicológicos. Si bien había un objetivo común, primó, sin decirlo explícitamente ni hacerlo notorio, el interés individual; hubo obviamente un autocontrol, una cortesía, un callar frente a la posible divergencia para evitar desavenencias que claramente tornaran en conflicto, como es el caso en largas convivencias.

Como fruto de la mera observación y sin pretensión de formalidad sociológica ni menos psicológica, puede darse uno a una pequeña clasificación de los individuos a través de sus características más marcantes y de sus frecuentes actuares:

El incumplido, ese que sistemáticamente se las arregla para llegar tarde a las citas pactadas, en detrimento del objetivo grupal y sin importarle las molestias que ocasione. Primero yo y mis propios horarios, los demás que esperen.

El criticón, ese que encuentra que siempre se hubiera podido hacer de forma diferente a lo previsto o realizado, claro, sin proponer explícitamente las mejoras que tanto desea.

El perezoso, ese que cómodamente delega en los otros las labores molestas –y personales– y luego sin empacho disfruta, y hasta reivindica los resultados en los que poco o nada contribuyó.

El jocoso, ese que trata, con o sin éxito, de hacer chiste y arrancar una sonrisa a cualquier situación; puede obrar a veces como catalizador de conflictos cuando no de molesto cernícalo.

El aislado que quiere hacer las cosas por su lado sin integrarse al grupo, ora por timidez, ora por desinterés.

El de mejor clase que no ve en los otros un parangón a sus finezas y los mira con desdén y no menos repulsa, disimulando eso sí su apreciación para evitar colisiones.

El ramplón que acosa con frecuentes comentarios y frases anodinas carentes de interés o humor al resto del grupo, despertando silencios sospechosos y pensamientos inexpresados que de hacerse visibles comprometerían la paz grupal.

El pueril, al que hay que estar en permanencia cuidando para que sus acciones no alteren el objetivo general. No se le dice nada y sus permanentes niñerías se cubren con cortesías que de prolongarse la convivencia se transformarían en riesgosos comentarios.

El despistado, a quien hay que estar repitiendo las consignas, horarios y programas que claramente han sido explicados a saciedad.

El sabelotodo que explica cada hecho que se presenta y que, con osadía, cuando no sabe algo lo inventa y afirma.

El burlón que no desperdicia oportunidad para reírse, con o sin respeto, de los demás o de las situaciones que se presenten.

El líder que en su afán de presidir no escatima oportunidad para hacer protagonismo y capitanear la operación, poco le importa pasarse por alto a quien dirige oficialmente.

El ricachón que gasta vistosa y ostentosamente para exhibir su poder adquisitivo y levantar la admiración que logra menos con sus dones naturales de relacionamiento.

El comprador compulsivo que no puede dejar pasar por alto un puesto de shopping sin hacer uso, abuso y derroche en él.

El gastrónomo que da explicaciones sobre cada platillo que le pongan por delante, y suele no apreciar ninguno o pocos porque no corresponden a su gusto o experiencias vividas anteriormente.

El viajado que poco se admira con las situaciones por no estar a la altura de las vividas anteriormente en sus múltiples viajes, y que, por supuesto, pone de manifiesto a fin de ser escuchado y valorado.

El amable componedor que está listo a pasar la lija sobre cualquier aspereza que detecte, en pro de la armonía del grupo.

El conectado que se siente desconcertado cuando sus aparatos de comunicación no están enlazados a la red mundial para transmitir y hacer vivir (¿sufrir?) a sus distantes conocidos las aventuras, que extraordinariamente cree, le están aconteciendo.

El reportero empírico que armado de cámaras fotográficas o de video, iPads, iPhones y una amplia panoplia de dispositivos tecnológicos capta, por insignificante que sea, cada situación y movimiento personal o ajeno. Vive la excursión y sus lugares a través de los lentes que ansiosamente obtura o solicita para sí a sus coexpedicionarios.

El estudioso que quiere verificar con el guía y con el monumento visitado cada párrafo que juiciosamente ha estudiado antes de emprender la travesía y que anticipa en esbozo y con aspaviento a sus compañeros.

En tiempo tan relativamente corto no es fácil identificar más características de personalidad, pero indicios se perciben que de prolongarse la experiencia aflorarían muchas otras apenas ocultas que denotan al irritable, al soberbio, al seductor, al patán, al susceptible, al tacaño, al arribista, al machista, al generoso, al comunicador sincero, y otras tantas flaquezas y virtudes humanas.

Las diferentes características enunciadas anteriormente, no son en modo alguno excluyentes, un individuo puede poseer una o varias, la acumulación no debilita ninguna de las propiedades expuestas, tan solo hace socialmente al individuo más aceptable o insufrible, depende del ángulo y hasta humor con que se le mire.

En definitivas, y es el objetivo de este corto artículo, en esta simpática y bastante significativa experiencia se configura la vida corriente de la aldea global que conformamos los humanos, cada oportunidad que se nos brinda repite sistemáticamente la vida real, esa vida comunitaria que el ser humano tiene enorme necesidad de ejercer como gregario que es, pero que se le dificulta (¿desprecia?), así como lo demuestra su proceder y su, a veces, disimulada desconsideración hacia los demás.

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 PD. A esta experiencia grupal mencionada la calificaría de exitosa, el objetivo fue con creces logrado.

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