¿Las Farc sí creen en la democracia?

11 de julio del 2016

Quieren imponer el régimen comunista que siempre han soñado.

No. Las Farc no creen en la democracia. Nunca han creído en este sistema político al que califican simplemente, en forma despectiva, como una democracia burguesa, al servicio de la burguesía y en contra del proletariado, de los trabajadores, del pueblo.

Más aún, no pueden creer en la democracia, al menos en nuestra democracia representativa, fruto de las elecciones, a las que también consideran un plebiscito para perpetuar en el poder a los mismos de siempre, en representación de la clase burguesa, de los ricos o propietarios de los medios de producción, según les enseña la filosofía marxista que saben de memoria.

Creen, eso sí, que las leyes están igualmente al servicio de los ricos; que no hay justicia sino, al decir de Murillo Toro, “para los de ruana”; que el Estado es una superestructura, como la moral y la educación, en beneficio exclusivo de los grupos dominantes, y que por tanto se requiere el uso de la fuerza, de la violencia (“partera de la historia”, según Marx) para alcanzar la auténtica justicia social, donde todos seamos iguales.

No creen, pues, sino en la llamada democracia popular, directa, que trasciende -según dicen con el dogmatismo de rigor- la democracia política, jurídica o formal, para hacerla de veras económica y social, donde el pueblo sea el soberano (fuente del poder supremo, de la máxima autoridad en la sociedad), representado a su vez por el partido comunista.

Así las cosas, no es de extrañar que las Farc, entre otras organizaciones similares (como el ELN, para no ir muy lejos), den al traste con los derechos humanos, fundamento por excelencia de la democracia moderna y el estado de derecho que nos rige, según lo proclaman a diario y demuestran con hechos, en la práctica:

– Atentan contra la vida, base de todos los derechos, cuando sus ideales revolucionarios lo exigen;

– Secuestran personas, como si el derecho a la libertad no tuviera importancia;

– Niegan, por principio, el derecho a la propiedad, a la que tildan -citando a Proudhon, padre del anarquismo- como un robo, y

– Hasta juzgan legítimo el reclutamiento de menores en sus filas, burlándose de quienes invocan en tal sentido la defensa de los derechos humanos.

¿Será que ahora las Farc, suscritos los acuerdos de paz con el gobierno, renuncian a tan hondas convicciones y a sus horrendas formas de lucha, como todos quisiéramos? Ojalá. Es lo que está por verse, aunque algunas facciones de ese movimiento guerrillero, al parecer minoritarias, anunciaron que seguirán alzadas en armas, cueste lo que cueste.

Hay quienes temen, sin embargo, que esto sea parte de una estrategia política de los guerrilleros, acordada con el Presidente venezolano Hugo Chávez tras la consulta previa a los hermanos Castro en Cuba, para dar por terminada la lucha armada.

¿Por qué? Al parecer, porque los tiempos han cambiado, dejando obsoleta su ideología; porque los avances tecnológicos en comunicaciones los hallaban donde estuvieran, para atacarlos y aniquilarlos, o porque ya estaban a punto de desaparecer, con escasos siete mil miembros en la actualidad.

Las Farc tomaron, en consecuencia, el camino democrático, que es el indicado; irán a las elecciones, como partido político, uniéndose seguramente a otros grupos de izquierda en torno a un candidato presidencial (¿le tocó el turno a Petro?), y aspiran, en último término, a tomarse el poder en las urnas, confiados en que luego podrán modificar la Constitución a su antojo para imponer el régimen comunista en que siempre han soñado, según la conocida estrategia del Socialismo Siglo XXI, de origen chavista, que se extendió a

Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

¿No será esto en lo que sí creen las Farc, a quienes no tardaría en sumarse el ELN, con el debido apoyo externo? Vaya uno a saber. Por lo pronto, miremos a nuestros vecinos de Venezuela y preguntémonos si estamos dispuestos a repetir tan dolorosa experiencia, viviéndola en carne propia…

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