Felices como lombrices

19 de enero del 2012

A estas alturas de 2012, con enero avanzado, la utopía de los propósitos de año nuevo ya mostró sus dientes. Al menos a mí. Y heme aquí otra vez: mordiéndome los cueritos de las uñas, sacándole el cuerpo a los gimnasios, saliendo de la casa sin desayunar, enfrentándome a una pantalla en blanco… Pero feliz, […]

A estas alturas de 2012, con enero avanzado, la utopía de los propósitos de año nuevo ya mostró sus dientes. Al menos a mí. Y heme aquí otra vez: mordiéndome los cueritos de las uñas, sacándole el cuerpo a los gimnasios, saliendo de la casa sin desayunar, enfrentándome a una pantalla en blanco… Pero feliz, eso sí. F-E-L-I-Z. Soy una mujer feliz. Porque soy colombiana y Colombia es un país feliz, lo afirman y confirman diversos estudios.

El último de ellos, el Barómetro Global de Esperanza y Pesimismo, realizado en diciembre pasado por la Red Mundial WIN-Gallup, nos ubica en el puesto número seis del ranking de la felicidad universal, precedido solo por Islas Fiji, Nigeria, Holanda, Suiza y Ghana. Y por encima de Finlandia, Alemania, Islandia y Dinamarca. Sí, señores. Así que la frase de cajón: no estamos en Dinamarca sino en Cundinamarca, de la que tanto se echa mano para significar que no estamos en el primer mundo sino en el tercero, se patasarribió. Ahora serán los daneses los que la pronunciarán al revés, verdes de la envidia. Como verdes deben de estar los alemanes, por cuenta de la felicidad de los nigerianos.

Lo primero que pensé, cuando me enteré de que la nación que habito es una especie de edén en el planeta, y el oasis del continente, fue que estaba leyendo una publicación trasnochada de Día de Inocentes, de esas que se guardan en las fincas para alimentar la chimenea, y no le paré muchas bolas. Luego, de nuevo en Medellín, revisé el morro de periódicos acumulados y, ¡eureka!, encontré la felicidad en un ejemplar de la semana pasada. Bueno, la conjugación de la felicidad: yo soy feliz, tú eres feliz, nosotros somos felices, ellos son felices, todos somos felices. ¿Cómo, hasta ahora, había sido insensible a tan profundo, verdadero y generalizado sentimiento? Sobre todo, teniendo en cuenta que en ningún otro lugar del mundo el optimismo ha crecido como en esta esquina de América: 44 por ciento de los compatriotas son hoy día más optimistas que el año pasado. ¡Hágame el favor!

No hay derecho. Ni a que nos crean bobos, ni a que nos creamos felices. Me cuesta entender que una persona de la experiencia y los conocimientos del señor Carlos Lemoine, director del Centro Nacional de Consultoría, la firma que se encargó de la encuesta en el país, se trague el cuento. Su propio cuento de ficción, el cual, según informaciones, ya pasó de la décima entrega, superando en resistencia a la fantástica zaga de Harry Potter. Solo que en esta sabemos a ciencia cierta que nos movemos en un mundo inexistente, imaginado por la autora. En la nuestra, en cambio, a pesar de que vivimos una realidad pura y dura -abierta a la esperanza, claro, pero dura-, los autores nos pretenden maquillar el panorama con unos tintes de plenitud que no sentimos, que no tenemos por qué sentir, que el diario vivir no nos deja sentir. Porque sufrimos en la piel la corrupción, la impunidad, la pobreza, la falta de oportunidades, la violencia, la desigualdad, el desempleo, la injusticia, la inseguridad… Y esas, y otras heridas abiertas, nos impiden andar por ahí soltando carcajadas, aún a sabiendas de las bondades que también tenemos y reconocemos, pero no nos alcanzan para hacernos a un puesto en el pelotón puntero de la contentura. Dos dedos de frente son suficientes para cuestionar: ¿Cuáles y cómo y a quiénes fueron formuladas las preguntas telefónicas que los encuestadores hicieron a 600 personas de Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla?

De técnica de sondeos no sé nada, aunque tener sentido común algo me ayuda. Por ello me sorprende que una muestra de 600 habitantes sea significativa en un país de 46 millones, y que cuatro capitales de departamento lo sean en un país donde hay 33. Mejor dicho, de entrada, y sin necesidad de ninguna de las consideraciones anteriores, el resultado de una “investigación” de tan precarias características es, de por sí sospechoso. A no ser que la palabra felicidad sea sinónimo de inconsciencia, irresponsabilidad, mediocridad, indiferencia o conformismo. (Una cosa es tener un temperamento alegre; otra, tontarrón).

El mismo director de la firma transita en contravía de su encuesta cuando dice en entrevista con El Tiempo: “Influyen muy positivamente –en la felicidad de los colombianos– el ingreso y el nivel educativo. Mientras más dinero tiene la gente, goza de mayores niveles de felicidad”. A renglón seguido: “Es cierto que la gente no vive en un lecho de rosas y que mientras más pobreza, más infelicidad (…) La falta de ingresos o los bajos niveles de ingresos, el desempleo y la violencia” amargan a los colombianos. Entonces, ¿en qué quedamos, señor Lemoine? Para mí que esta pesquisa fue hecha en otro país -¿en Dinamarca, acaso?- y se traspapelaron los resultados.

En todo caso, como si la encuesta de marras no fuera demasiado, ya se les prendió el bombillo a algunos analistas económicos que lanzaron la genial deducción: a menor PIB, mayor felicidad. Una falacia que apoya a los países ricos en su empeño de “deje así” el asunto de la miseria global. Total, mientras más felices sean las lombrices, más engordarán las perdices.

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