Fernanda es una chica normal

16 de abril del 2011

Perra brava, el narcorrelato de Orfa Alarcón, recién publicado por Planeta de México, está narrado por Fernanda, mujer de Julio, el narco más narco, el más macho de todos.   Fernanda con accesorios Gucci, vestidos  Louis Vuitton, como todas las traquetas goza siendo exhibida, convertida en el objeto más valioso.  Subjetividad la suya de silicona, hip hop, reggaetón, de universitaria lectora de Bajtín que a veces quisiera ser lingüista pero está cómoda siendo mantenida aunque viva encarcelada. Muchacha que accede a todas las redes sociales: Twitter, Facebook, MySpace y a veces quisiera escapar para preguntarse, ¿Quién eres, Fernanda? ¿Qué quieres, Fernanda?  Forma nueva, o relativamente nueva, de ser mujer de nuestros tiempos.

A la joven le fascinan las situaciones de poder en las que hay un sometido y un agresor; por eso dice, “Me excitaba todavía más entender que para él no era simplemente juegos sexuales: Julio doblegaba mi mente, mi cuerpo, mi voluntad absoluta”.   Embeleso que sorprende por indigno, “Yo amaría de ti todos los cabellos, todos los cabellos, todos los poros de tu cuerpo y esas escasas y esporádicas sonrisas…me desnudaría ante ti para saberme protegida. Te ofrecería el corazón si te atrevieras a arrancármelo con las manos”.

Apego incondicional al hombre que conoció desde niño y reapareció a lo largo de los años como los seres predestinados del amor romántico.  Y hay más de ese amor con melodrama.  Julio quiere casarse con Fernanda.  Vestido blanco, flores e iglesias, sonrisas y envejecer juntos. ¿Pará qué? dirá ella si cuando el mejor amante se convierte en esposo, comienza a roncar.  ¿Propone la autora una historia de pasión desbordada para complacer a los lectores desprovistos de ella? ¿O revela una vez más, como lo comprobamos a diario, que el ideal amoroso del siglo XIX está vigente?

Romanticismo que desentona ¿o no? con la dureza exacerbada de la novela: homicidios despiadados, secuestros,  ajustes de cuentas del cartel de Monterrey.  Con la antigua pobreza de Fernanda que sostiene a su hermana y a su sobrina, con la atrocidad del padre que golpeó a su madre hasta matarla.  Gabriel Salas, al que ella imagina buscándola.  A quien quiere aniquilar a pesar de que la sangre le causa náuseas.

Fernanda celosa quema al hijo de Julio.  El tipo viene a asesinarla, pero se derrumba.  Fracaso del hombre antes omnipotente que la mira con ojos lastimeros.  Trae a Gabriel en el carro.  Cae baleado.  Ella huye y tiene un Ferrari.

Fin de la historia de Fernanda que sólo quiso ser una “muchacha normal”, una chica que pidió que si no había muerto su padre “suceda pronto y de manera trágica, horrenda y asquerosa, para que sea noticia y así enterarse a través de los noticieros; que nunca su hermana aparezca destazada; que a nadie se le ocurra violar a su sobrina; que su hombre no termine con el cráneo perforado cualquier día de estos; que la policía no vuelva a arrojarle en el regazo la cabeza de un muerto”.

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