El negocio de la paz

15 de mayo del 2013

La paz es un negocio político para el presidente Juan Manuel Santos que quiere reelegirse. / Columna de Fernando Álvarez.

Negociar la paz es un ejercicio en el que los actores en conflicto deciden apostarle a sacar el mayor provecho particular y se sientan a la mesa para buscar su propia rentabilidad, a sabiendas de que la contraparte tiene también sus intereses. Esta premisa obvia no parecer estar tan clara. No se ha hecho explícito entre los negociantes su objetivo prioritario y se ha  subestimado la necesaria puntualización de lo que se considera implícito. Lo único que se vende es que la sociedad civil ganaría si se ponen de acuerdo y no disparan más, si silencian las armas y la sacan del medio del fuego.

Es claro que la paz es el mejor negocio del mundo, para todos, salvo para negociantes de la guerra que en el proceso de La Habana quedarían por fuera. La paz es un negocio económico que permitiría al gobierno impulsar el desarrollo del país a un menor costo social del que ha tenido que pagar en los últimos 50 años. Claro, a partir de lo que debería hacer el Estado, sin mirar lo que no ha hecho durante ese medio siglo. En todo caso, en paz y con voluntad política se podrá atraer la inversión extranjera, industrializar el campo, aumentar la productividad, generar mayor competitividad y por supuesto se mejorarían todos los índices de la economía nacional.

La paz es también un negocio político para la guerrilla que podría obtener por la vía de la reincorporación la presencia política que nunca logró por aferrarse a su negocio militar, para no mencionar los escabrosos subproductos de la concepción jacobista (de Jacobo Arenas), según la cual en la guerra todo vale. La paz es un negocio político para el presidente Juan Manuel Santos que quiere reelegirse y marcar distancias con su antecesor, aunque a veces quisiera hacernos creer que el negocio es al revés. Si fuera por altruismo, Santos no pensaría tanto en la reelección y sacaría adelante más rápido y con menos ruidos el negocio de cesar el fuego, que es donde su habilidad de jugador le haría ganar la apuesta.

La paz como negocio requiere aplicar la fórmula ganar – ganar, en la que ambos bandos ganan, a la cual se llega precisamente porque la guerra demostró que la perspectiva ganar – perder,  que ejercía cada uno de los sectores enfrentados, resultó en el peor escenario, el de perder – perder. Ya los economistas del mundo han demostrado que la fórmula que se pensaba exitosa, en la que uno ganaba mientras el otro perdía, no es la salida sostenible. Hoy la perdurabilidad de cualquier negocio se garantiza si se le apunta a que todos ganen.

Por eso no se avanza en las negociaciones con las FARC, porque no se han sincerado en que el fin de la guerra tiene que ser rentable para ambas partes. Si Santos hace explícito su negocio, su reelección, y los guerrilleros su negocio, su aterrizaje político, ya se habría firmado la terminación del conflicto armado, a cambio de que la guerrilla pudiera ingresar al parlamento y que el Estado garantizara que no permitiría que la masacraran como a la UP. Más allá de que sea legítimo o que los acuerdos  incluyan cierto grado de impunidad ese es el negocio que les interesa a los alzados en armas y ese es el único que el gobierno puede transar y hasta llevarse las palmas.

Pero reconocer su propio interés puede resultar antipático, cínico o mezquino. No tendría mucha presentación que los colombianos sean convidados de piedra en las negociaciones y estén condenados únicamente a presenciar cómo gobierno y guerrilla sellan su negocio de cesar el fuego, ni que la sociedad civil solo sea beneficiaria de no poner más los muertos en un conflicto armado que no le pertenece. Ahí está el quid del asunto, que ese negocio solo es sostenible si se involucra el tercer socio, la sociedad civil, que además tiene derecho propio por ser la víctima principal del conflicto armado. Pero sobre todo porque la paz real se logrará después de superado el conflicto armado, en el postconflicto. Ahí comienza la verdadera construcción de la paz que no es ajena a la construcción de ciudadanía, de democracia y de equidad. La paz social.

No invitarla a tener fe, como hace el gobierno cuando sugiere a la ciudadanía que su aporte sea creer.  Claro que no tiene más remedio que creer, entre otras porque en el conflicto armado no puede participar por ser precisamente la parte civil del cuento y porque debe creer en quien delegó su representación y ejerce su voluntad mandatoria.  Y no invitarla a marchar para que apoye los diálogos porque esa es su natural exigencia. A la sociedad civil se le quiere utilizar pero no asociar. Como en los matrimonios, se le manda tarjeta de participación pero no de invitación. Claro que ella apoyará ese matrimonio porque hace rato quiere que cese el fuego. Y de seguro que le pondrá fe como quiere Santos. Pero la idea es invitarla como socia y eso implica meterla al negocio. Y uno invita a un socio si lo respeta, si cree que agrega valor o si le importa su suerte.

Santos ha demostrado que es buen jugador pero mal negociante. Si Santos fuera más demócrata sería mejor negociante y habría buscado al socio indicado, incluso para que le saliera más barata la negociación del cese al fuego. Distinguiría el conflicto armado del conflicto social y haría las negociaciones por aparte. Con la guerrilla negociaría el cese al fuego y con la sociedad civil iniciaría el diálogo para cesar la centenaria antidemocracia, la exclusión y la desigualdad social. Aún al elevar a estatus de beligerancia a las FARC para lograr el cese al fuego, le habría salido mejor comenzar a negociar el nuevo pacto social que adeuda el Estado a la sociedad civil y se habría ahorrado el trago amargo de tener que tratar a la guerrilla como abanderada de causas sociales.

Santos tiene que pensar diferente a las FARC, que han mostrado que quieren utilizar a la sociedad civil no solo para legitimarse sino para que sea su cauda electoral al quedar en deuda con sus nuevos supuestos redentores. El presidente debe tener más estatura que la guerrilla. No debe utilizar a la sociedad civil a lo “gancho ciego”, como se dice coloquialmente, sino que la debe invitar como un socio que tiene mucho que ganar. Debe convencerla de que tenga fe en su negocio de lograr cese al fuego pero tiene que demostrarle que su gobierno está dispuesto a negociar con la sociedad civil una deuda social de 100 años, que le abrirá espacio a la ciudadanía y le apostará a la democracia incluyente, a la equidad social y a la justicia.

Por ahora a los colombianos les queda hacer un acto de fe. Orar para que Santa Laura ilumine al presidente Santos y lo conduzca a pensar que su mejor negocio no es lograr una paz burocrática al estilo de lo que siempre intentan sus élites. Que en momentos de santidades y grandezas para Colombia ocurra el milagro y Santos decida ser el presidente que logró negociar el cese al fuego con los actores armados y solucionó el conflicto armado, pero que además abrió la puerta a la solución del conflicto social con la sociedad civil, que le apostó a la paz real y cambió la historia de la burguesía del país. Así le toque parecer que traicionó a su clase, porque de repente ese es el mejor negocio para su clase. Y si es así, de repente sale reelegido y hasta pasa a la historia como un demócrata burgués y Santa Laura habrá hecho moñona de milagros.

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