Una maldita maravilla

16 de junio del 2017

La soledad del cuarto oscuro

Una maldita maravilla

No tenía muchos modales en la boca ni en la mesa, pero tenía una idea inamovible de lo que debía ser la aristocracia de nuestros tiempos. Todos sus movimientos, todas sus jugadas y todas sus palabras se transformaban en dinero.

Comenzó su carrera como periodista, pero no estaba dispuesto a perder sus mejores años con un sueldo de recolector de basura.

Acababa de regresar de Estados Unidos y me encontraba roto por dentro. Había estado veinte años por fuera y había acumulado tonelada de rencor contra mí. Me sentía vencido y fracasado. Había vivido el sueño americano y había quedado vacío. Era un mediocre y un condenado al fracaso. Mi esposa me había dejado. Mis hijos eran un hueco permanente en mi estómago.

Son algunos párrafos de “la soledad del cuarto oscuro”, del periodista Fernando Gómez, que para utilizar una frase suya que califica “Los poemas del jazz” y especialmente el primero –fútbol- dice que es “una maldita maravilla”.

Cómo es la vida de los que, detrás de una cámara, retratan la vida de los demás? La novela de Gómez “es una aproximación a la soledad de ese mundo sometido a la contradicción de desempeñar un oficio rutinario y sorprendente a la vez”.

“El autor se adentra, con soltura y sin compasión, en las vidas de seres solitarios que bordean las fronteras de lo incorrecto y lo inmoral con la ilusión de cumplir su sueño: congelar un momento único de la realidad para volverlo historia”, dice el escritor Jorge Franco en la presentación del libro.

Me hubiera gustado

Como sucede en cualquier profesión o actividad, como pasa cuando se hace un balance de vida, surge el “me hubiera gustado”, la relación de lo que se quiso ser y no se pudo.

Y Gómez (oriundo de Palmira, Valle, nacido en 1974) pone en boca del protagonista esta reflexión, que comparto como mía, yo un aficionado a la fotografía, que no ha salido de la primaria.

-Me consolaba con el pasado, con las fotos de los gigantes. Hice una colección respetable de libros de fotografía y recorría con los ojos y los dedos la cara de los grandes personajes que nunca conocí.

La foto del Che Guevara de Korda. Las fotos de Picasso y Giacometti de Burri. Las fotos de artistas y escritores de Cartier Bresson. La foto del beso en un café de Brassai. Las fotos de Capa. Las fotos de Richard Avedon. Las fotos de Andrés Serrano. Me gustaba pensar qué hubiera hecho en medio de las grandes tragedias.

Me hubiera gustado tomar la foto de Omaira y haber encontrado la forma de salvarle la vida. Me hubiera gustado haber estado frente a las Torres Gemelas. Me hubiera gustado vivir la Segunda Guerra Mundial y haber entrado hombro a hombro con Margaret Bourke-White en los campos de concentración y ser uno de los primeros en tomar las fotos del horror.

Me hubiera gustado ser testigo de las mayores atrocidades de los paramilitares y haber fotografiado los partidos de fútbol que hacían con la cabeza de sus víctimas. Me hubiera gustado fotografiar la muerte de Pablo Escobar.

Me hubiera gustado ser más terco. Me hubiera gustado retratar a García Márquez.

Me hubiera gustado haber sido el fotógrafo que persiguió a la Cándida Eréndira hasta que le pegaron un tiro. Me hubiera gustado no haber sido tan cobarde. Me hubiera gustado ser un gran fotógrafo de prostitutas callejeras y haber oído sus historias y pasar una tarde de sueño en una de sus camas desvencijadas y haberles hablado de Fernell Franco y de las putas catalanas de Joan Colom.

Me hubiera gustado conocer el infierno de Natch-way y haber tenido el valor civil de Dorothea Lange para fotografiar la tragedia de ser pobre en este país de mierda; pero todo lo que tengo es un archivo de hace veinte años…..

De acuerdo. Este libro de Fernando Gómez, de tan sólo cien páginas, es una maldita maravilla.

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