Finalmente logramos la santificación de Juan Pablo II

18 de mayo del 2014

“Milagro también es que con tantos exabruptos cometidos este prelado sea inmortalizado como santo.”

¿Acaso ya no era santo en vida? Fuera como fuese con devoción le decíamos Su Santidad. Ahora San Juan Pablo II, San Wotyla el polaco.

Yo que tuve dudas sobre la propuesta católica de añadir su nombre al sancta sanctorum de la madre iglesia, debo confesar que mis titubeos, frutos de la costumbre de utilizar la razón, están ahora disipados: deseo que este personaje permanezca neto en mi memoria por sus actos así como en la grey de 1200 millones de dóciles corderos católicos y de sus símiles. Lucharé con tesón para que este santo patrono de la verdad contemporánea e infalible se instale definitivamente en el estrato que le corresponde: el de las figuras que habiendo terminado en vida una misión, que creen divina, pasan a otra, en donde suponen se dedicarán al toque de lira entre cumulos nimbus en medio de inclementes chiflones.

Y me uno a la sacrosanta labor de aportar más pruebas, de esas de imperativo necesario para entronizar virtuosos, como las que ya muchos devotos en el mundo, con gran credibilidad y con visión universal han comenzado a develar. Casos, todos por demás pasmosos, como el de la monjita tullida que con solo mirar el retrato del finado santo salió trotando, o el del mecánico que al invocarlo, ahí mismo le abandonaron sus dolencias físicas como por encanto. ¿Por encanto? No. Por milagro. Y aquí es donde yo doy testimonio sobre el milagro que en mi pobre humanidad obró el anciano, que aunque en sus postrimerías, ya no pudiera coordinar ni movimientos, ni ideas, su sola presencia era símbolo del más allá, su mirada apuntaba al infinito celeste, su tonsura transformada en aureola comunicaba, aparte de sacro respeto, prueba aprensiva de la divina presencia y una materialización arcana de la, no menos divina, Providencia.

Ahora, ya miraculado, pleno, convencido de que merced a su Gracia se me infundió el ánimo necesario y la beligerancia necesaria para entender con más profundidad, para que mi lengua se desate, para que mis ideas fluyan más coordinadamente, para que mi razón atropellada se exprese, para que mis timoratas críticas se transformen en ventarrones de inconformidad. Este es el milagro que me obró el nuevo santo; así tan real, o más, que los tullidos que súbitamente corren.

Ya no voy a callar los atentados contra la razón que durante siglos el catolicismo y afines nos han acomodado en las neuronas, ahora ya no silenciaré, con postizos respetos, mi inconformismo contra aquellos, incluyendo al santo de marras, que han tratado de llevarnos a la edad media –y así continúan en su triste empeño– con falacias, con juegos de palabras primarios, con sofismas simplistas, ahora no acallaré frente a los profetas del oscurantismo, que con sus sermones baratos y sus catecismos artificiosos nos quieren apartar de nuestra realidad humana, prohibir lo improhibible, aquello que estos mismos iluminados acometen en secreto, mientras predican lo contrario. Contra aquellos que quieren reglamentarnos nuestra cama, nuestros actos humanos, aquellos que desde siglos postreros vienen inyectando su veneno medieval a los estados democráticos, aquellos que odian y persiguen solapadamente y con intromisión indebida la mayor adquisición de los últimos tiempos: nuestra laicidad.

Gracias le doy a San Wotyla por iluminarme y haberme hecho objeto de sus prodigios. Gracias San Wotyla, por haberme concedido el milagro de destrabar mi lengua para que pueda expresar libremente todo cuanto pienso de los horrores y errores pasados de la iglesia, pero sobre todo de los presentes, esos que nos quieren forzar a perpetuar. Gracias por hacerme entender que Errare Humanum est, pero que no se debe exagerar, y menos intencionalmente.

Milagro también es que con tantos exabruptos cometidos, este prelado de desmesurado afán protagónico haya podido enceguecer a la comunidad católica para que sea inmortalizado como un prohombre o lo peor como santo que se sienta al lado del dios que veneran, pasando por alto incorrecciones que en algunos casos configuran hasta delitos; veamos algunos ejemplos de su nutrido prontuario:

–          Encubrimiento de curas pederastas, entre los muchos casos figuran el mexicano Marcial Maciel fundador de los Legionarios de Cristo y el estadounidense Bernard Law a quien premió enviándolo a la estupenda iglesia romana Santa María Maggiore.

–          Soporte notorio a oprobiosas dictaduras como las de Pinochet y Fidel Castro con quienes se exhibió públicamente.

–          Desvalorización de la noción de santidad. El número de santos que proclamó sobrepasa con creces el de todos sus predecesores; tal vez en preparación de su propia canonización.

–          Enmascaramiento de las actividades ilícitas del banco del Vaticano que transaba con mafiosos, lavaba dinero, traficaba con armas y realizaba transacciones fraudulentas.

–          Condena al ostracismo de renovadores de la iglesia, como las aplicadas a los estudiosos Hans Küng o Leonardo Boff a quienes prohibió dictar clases.

–          Intromisión indebida en asuntos de otros Estados a los que presionó para que cambiaran leyes y posturas no acordes con sus intereses políticos, económicos y doctrinales.

–          Enorme burocratización política de la institución vaticana en detrimento de la misión doctrinal.

–          Prohibición dogmática e irresponsable del condón, que ha conducido a una propagación del Sida, particularmente en los países africanos.

–          Negación de la libertad sexual que enjuició con anatema de gran pecado. Su anacrónico credo reduce la sexualidad a la mera procreación, el placer es tácitamente malo y pecaminoso. Por esto elimina el control de natalidad, la masturbación, las relaciones prematrimoniales, defiende ad nauseum el celibato eclesiástico y estigmatiza la condición homosexual.

–          Menosprecio del género femenino, a quien negó derechos sobre su propio cuerpo: el aborto en cualquier caso, incluso en peligro de muerte es tajantemente condenado. Las mujeres no son dignas de ordenación sacerdotal ni de dirigencia en su modelo de iglesia.

–          Condena inmisericorde de la Eutanasia aún en casos de extremo dolor y de inalcanzable curación.

Y ahora con la lengua milagrosamente destullida puedo decir que este nuevo santo de devoción ha violado las normas de convivencia humana; nos ha confinado a la extravagancia utópica de sus ideales que solo funciona en seres no terrestres; nos ha impedido ser personas modernas, humanos con deseos sexuales, con afición al placer, con ganas de decidir cómo y con quién convivir; nos ha coartado decidir hasta cuándo la existencia es digna de vivir; ha fomentado la desigualdad de géneros, colocando a la mujer en un estadio inferior; nos ha hecho retroceder ideológicamente en lo poco adquirido, intentando por las vías de la acción y de la palabra de gran púlpito que el medioevo es la mejor solución para nuestra virtud. Pero, peor aún, nos dejó en heredero a Ratzinger –ahora copapa semijubilado– quien fuera su inspirador y a quien dejó la tarea de perpetuar sus aciagos arquetipos.

Retrocedió el mundo con este soterrado Torquemada, se afianzó el medioevo religioso e impidió que una verdadera y nueva Ilustración se impusiera. ¿Es esto un santo?

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