Francisco, el hombre

Francisco, el hombre

8 de septiembre del 2017

Hay visitas de visitas: algunas son imprevistas, otras muy anunciadas, las hay informales y otras están llenas de protocolo. A veces la visita es grata, como la de un familiar o un buen amigo que hace días no vemos; otras pueden resultar enojosas, como la de un “chepito” que viene a cobrar alguna cuenta pasada. Esta semana, los colombianos tenemos una visita especial: la del papa Francisco, nada menos.

Durante la preparación del importante acontecimiento, ¿qué estarían pensando el propio sumo pontífice, y qué los misteriosos y enigmáticos funcionarios del Estado Vaticano? Y de parte de los visitados, ¿qué pensarán los cincuenta millones de colombianos, la mayoría católicos, pero no la totalidad? Y ¿qué pensará el Gobierno? La oposición ya le escribió al obispo de Roma para informarlo sobre lo que opina. Se trata de una visita compleja con muchos visos: el del líder espiritual del planeta, jefe del Estado Vaticano, obispo de Roma, depositario de un credo existente hace más de dos mil años y con más de mil millones de fieles, el del sacerdote Jorge Mario Bergoglio, casi paisano nuestro, un amigo más.

Si bien es la tercera visita de un papa a Colombia, esta reviste una consideración especial: Francisco es el primer papa de nuestra región, uno de los nuestros, casi coterráneo, elevado hace pocos años al primer rango religioso y espiritual. Además, un pontífice magno que con un mensaje humilde y directo está intentando transformar la “Iglesia de Cristo” en una congregación actualizada frente a las circunstancias que se viven hoy, aquí en nuestro suelo y en el resto del mundo. Un papa que para los fundamentalistas católicos es iconoclasta, excesivamente liberal, y por ello constituye un peligro para la doctrina y la tradición milenaria, o sobre quien algunos opinan que representa a una organización egoísta aliada de los poderosos del mundo. Nunca están contentos todos y la figura del actual papa es controvertida.

Colombia, como el resto de países latinoamericanos, ha sido una nación católica desde la colonia, hace más de 400 años. Pero el catolicismo de hoy es muy diferente al de entonces, al de la Inquisición, al de los primeros cien años de vida republicana. No es mejor, simplemente ha cambiado, como el resto de las instituciones que tienen vocación de permanencia y deben mantener una estructura doctrinaria adaptada a la realidad cambiante de la raza humana.

La Iglesia ha sabido permanecer aparentemente incólume, desde los primeros tiempos, cuando los cristianos sufrieron terribles persecuciones por parte del Imperio Romano; más tarde, en tiempos de Constantino, cuando Roma adoptó el cristianismo como la religión oficial del Imperio; luego, en aquellas “épocas doradas” en las que no se movía una hoja en Occidente sin el consentimiento papal, como sucedía en los tiempos del Sacro Imperio Romano-Germánico, o durante la alianza del papado con los reyes católicos, o cuando el pontífice señalaba “a dedo” a quienes deberían representar a Dios en la tierra, a lo largo de casi toda Europa; hasta los agitados años de la Reforma protestante y la Contrarreforma, seguidos por siglos de tranquilidad relativa y, recientemente en circunstancias incómodas por las acusaciones de curas pedófilos, o corrupción en las finanzas del Banco Vaticano, denominado como Instituto para las Obras de Religión (IOR). Por todo ese largo recorrido histórico, que forma parte del núcleo de la historia de Occidente, la visita de esta semana es realmente especial, y no podría equipararse con una simple visita oficial, así sea la del presidente de los Estados Unidos.

Si lo comparamos con otros papas —como Juan Pablo II—, este no ha sido el más viajero, pero sus periplos han producido gran repercusión internacional: conmovió al propio Congreso americano cuando, en un discurso tranquilo, habló ante los legisladores del primer país del mundo sobre los deberes con la naturaleza y los abusos del capitalismo financiero, haciendo derramar lágrimas a varios congresistas; y en los mismos días visitó, en Bruselas, la sede del Parlamento Europeo, fustigando a la vieja Europa por su quietismo y comodidad. Es un líder espiritual que habla con tranquilidad, en un lenguaje simple y muchas veces tierno, sobre temas tan espinosos como el divorcio, o el matrimonio gay, o el celibato en los sacerdotes, o la importancia de reflexionar sobre la posibilidad de consagrar sacerdotisas en la ultraconservadora Iglesia romana.

No todos los colombianos están contentos con la visita del sumo sacerdote, el papa Francisco. Algunos se ufanan de ser ateos o agnósticos, y se les olvida el significado de las religiones en la cultura espiritual de la humanidad; otros se han convertido en enemigos furiosos de la Iglesia porque no gustan de los curas, o por muchas razones terrenales.

Se dice que cerca de cinco millones de personas verán directamente al papa y otros veinte millones seguirán su peregrinaje por la televisión. Las grandes manifestaciones, las misas multitudinarias, las ceremonias oficiales y los recorridos por cuatro regiones son el aspecto aparente de la visita. Lo de fondo es que el pontífice está entre nosotros, visitando a su rebaño, porque en los tiempos actuales no se puede gobernar desde Roma a más de mil doscientos millones de creyentes. Y más allá del aspecto material, lo realmente importante es el mensaje de reconciliación de los espíritus, ya anunciado, que va más allá del tema de los acuerdos con las FARC, con el ELN o con el Clan del Golfo. Ojalá tengamos oídos y escuchemos con atención el mensaje del pastor. Y esto no cuenta solo para los católicos, o los cristianos, sino para todo el pueblo colombiano.

No se puede perder esta oportunidad de tener al máximo líder espiritual de la tierra paseando por nuestras calles, hablando con nuestros niños, dialogando con los pobres, contemplando nuestros cerros y llanuras y compenetrándose con un pueblo especial, como es el colombiano. 

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