Francisco, el papa que habla, habla y… habla

9 de mayo del 2015

“Francisco se aparenta a cualquier político corriente.”

El papa actual, Francisco, ha logrado crear una cierta esperanza de cambio a la añeja institución vaticana. Grandes expectativas ha fincado el mundo católico, y el occidental en general, en este pontífice. Mucho hay (tendría) por enmendar, desde ajustes doctrinales, hasta una reorganización completa de la estructura regente, pasando por una buena reingeniería de las anacrónicas normas y dogmas, la supresión de la ostentación de riqueza, la implementación de un verdadero humanismo progresista, el miramiento igualitario de la mujer, la reconsideración de temas álgidos pero ineludibles como la eutanasia, el aborto, el divorcio, la homosexualidad y tutti quanti, Su Santidad…

Francisco no desaprovecha ocasión para lanzarse a los micrófonos y dispensar declaraciones, ora osadas, ora provocadoras, ora estimulantes, pero cuidándose bien de pronunciarlas con calculadas dosis de ambigüedad para no comprometerse demasiado. Y la técnica le está funcionando de maravilla, veremos qué pasará a futuro cuando se salga del letargo que produce esta fácil táctica.

Lo primero que aflora en una mente reflexiva es la evidente inquietud que produce cualquier hombre político: ¿Deben contentarse los gobernantes con enunciar deseos y promesas, o su función es además y sobre todo ejecutar e innovar con la acción? Imposible no contestar que el dirigente político –y el papa lo es, así se escude en sotanas y teologías–además de concebir ideas, convencer a sus tropas, debe hacerlas realidad. El alto prelado aún no lleva muy claro esto. Que su Espíritu Santo se lo indique con presteza antes de que decaiga el fervor.

Así las cosas, Francisco se aparenta a cualquier político corriente, con las usanzas de oficio: hablar, prometer, dejar entender que se hará, y dejar lo enunciado sin implementación. Demagogia se llama esto en términos precisos, cuando no populismo. La masa afecciona, se mueve candorosa con promesas, y si además cuando estas gozan de respaldo celestial le confiere aún más credibilidad; la ingenuidad da para todo. A colación la buena frase: “Las promesas de los políticos comprometen únicamente a quienes las escuchan”.

Claro, a Francisco se le abona que haya desistido del lujo de antaño, los armiños, los vistosos ropones, los tronos dorados, las cruces y anillos abrillantados, los castillos de vivienda, y se le observa un vivir más austero –más conforme al voto de pobreza propio de los clérigos–, a contrario de los anteriores monarcas del Vaticano. Esto es bueno, pero no suficiente, le falta realización, concreción de las palabras sustentada en la ejecución. La forma no basta, le toca lanzarse en la construcción del contenido, que además está por afianzarse en algo más que su infinidad de pequeñas frases. Es que en definitiva los dirigentes políticos son juzgados por los resultados reales y no por sus promesas de campaña o de inicio de mandato.

Una frase que conmovió a la audiencia tuvo lugar cuando un periodista le preguntó a rajatabla qué opinaba sobre los gays, y el papa le espetó un rápido y sonado “¿quien soy yo para juzgarlos?”. Una respuesta que sacudió los paradigmas de la Iglesia; milagro fue que el avión en el que pronunció esta otrora herejía no se hubiese desplomado. Pero, y ¿qué siguió luego? Que en otra alocución defendiera la noción de familia tradicional, al tiempo que rechazaba la familia homosexual. Como mínimo es contradictorio, y para colmo de su incoherencia por estos días rechazó al nuevo embajador francés (católico por demás) presentado para posesionarse en este cargo en el Vaticano, ¿la razón? Es homosexual. Entonces: Palabras, palabras, palabras sibilinas.

En cuanto a la participación de la mujer a partes iguales en la Iglesia, el pontífice abogó por una mayor preponderancia, “Hay que trabajar más hasta elaborar una teología profunda de la mujer que busque el puesto específico de esta incluso allí donde se ejercita la autoridad”. Esta frasecita simpática que pronunció, pronto fue complementada por otras en las que rechazaba que el género femenino pudiera tener acceso al sacerdocio, cobijando su argumentación en las decisiones del retrógrado Juan Pablo II, y para concluir “[sobre la mujer sacerdote] la Iglesia ha hablado y ha dicho no. Esa puerta esta cerrada“. Bella ilustración de progresismo, igualdad de género y ecumenismo…

Y del aborto no hablar,  ni siquiera en caso de violación, malformación o peligro de muerte; no señor, ese cáliz beberlo hasta la última gota. ¿En qué se diferencia esta posición y actuar de sus anteriores en el santo solio?

A la eutanasia sin empacho calificó de “compasión falsa“; imposible ayudar a detener, aun consentidamente, la vida indigna de un enfermo terminal al que no le quedan por delante sino gritos de dolor; caridad cristiana parece llamar a este sadismo.

El debate, la sátira, el humor y la expresión artística deben disfrutar de un alto grado de libertad de expresión y el recurso a la exageración no ha de ser visto como una provocación”, advertía el eclesiástico en el 2006, haciéndose así adalid de la libertad; discurso que no dudó en cambiar para hablar ahora de “límites” a la libertad de expresión, a raíz del repugnante asesinato de los caricaturistas franceses de Charlie Hebdo, protagonizado por integristas islámicos.

Para quienes cándidamente esperan que este papa pueda tener cambios progresistas, más vale que vayan revisando sus discursos, que examinen ese desaforado optimismo porque de esto habrá entre poco y nada. Al paso que va, se avizora que al fin del día diremos: “Este elefante parió un ratón”.

Que no se preste a error, este papa “progresista” busca causar impacto con sus frases sueltas, pero tiene las mismas ideas tradicionales de sus predecesores, sólo que lo dice bonitamente, que lo atavía con frases edulcoradas; el fondo es el mismo. “No podemos seguir insistiendo sólo en el aborto, la homosexualidad y los anticonceptivos”, dice sin recato, para luego pontificar en lo contrario.

En este escrito hemos querido enfatizar en que no se debe confundir la intención con la realidad, es cierto que por ahí se comienza, pero es sólo la fase inicial de un proyecto, que se finaliza en la implementación, en la acción comprobada. Al jerarca le falta “acabativa”, reparte aquí y allá frases que causan impacto mediático, y su cuota de popularidad sube; hay quienes creen que por sólo pronunciarlas ya se convierten en realidad aplicada; ahí esta el yerro, son sólo palabras y estas como los sueños, sueños son… Amén.

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