Fritanga y el fracaso del Estado

9 de julio del 2012

Colombia es una caricatura, una república bananera, un estado fallido en el que la ficción supera con creces a la realidad. No acabábamos de reponernos de los estragos institucionales y sociales de la mal llamada reforma a la Justicia cuando se conoció una noticia que refleja en grado sumo la vocación de permanencia que tienen […]

Colombia es una caricatura, una república bananera, un estado fallido en el que la ficción supera con creces a la realidad. No acabábamos de reponernos de los estragos institucionales y sociales de la mal llamada reforma a la Justicia cuando se conoció una noticia que refleja en grado sumo la vocación de permanencia que tienen el narcotráfico y sus métodos. El legado siniestro de Pablo Escobar está más vigente que nunca.

El episodio de Fritanga es la prueba fehaciente de que el tráfico de drogas sigue siendo el negocio más rentable del mundo y que la guerra contra el “traqueteo” está perdida desde siempre, pues es evidente que de nada sirve mandar a la cárcel o dar de baja a estos delincuentes, porque quienes los suceden se reproducen con asombrosa rapidez y mucha más capacidad de penetración, gracias al increíble poder económico del que son dueños. Por otra parte, el crecimiento desbordado del consumo de alucinógenos, sobre todo entre la gente joven, hace que el margen de utilidad del negocio sea tan alto, que poco importa para muchos arriesgar la vida y la libertad en tan nefasta causa. A mayor cantidad de dinero, mayor número de mafiosos.

Debemos reconocer, en un acto de humildad y lucidez, que el Estado colombiano ha fracasado, al igual que el resto del mundo, en la lucha contra las drogas. En el caso particular de Colombia, es mucho más grave: el hecho de que un sujeto como el tal Fritanga se pavoneara impunemente y que, además, figurara en los registros oficiales como muerto, nos indica que nuestras instituciones gubernamentales están fallando, que reciben sobornos de la mafia o, en el mejor de los casos, que no hacen su trabajo con la suficiente diligencia y cuidado, a pesar de la compleja realidad que nos rodea.

La atención no puede distraerse del verdadero problema: el narcotráfico amenaza a nuestra democracia y no precisamente por el negocio como tal, sino por los muertos que genera la prohibición y el poder corruptor de sus recursos. La sociedad tiene una gran cuota de responsabilidad en este asunto cuando conociendo la verdad prohíja y cohonesta con el bandido, pero es aún mayor la del Estado por haber sido incapaz de diseñar políticas sólidas, dirigidas a la prevención del consumo (el adicto es un enfermo, no un delincuente) y a la regularización de la actividad.

El narcotráfico es un flagelo que ha causado mucho horror y dolor, pero, sin lugar a dudas, no hay armas suficientes para combatirlo. No es lógico insistir en una estrategia que lo único que ha producido son fracasos. La legalización de las drogas es la asignatura pendiente de un país que, como el nuestro, ha sufrido como pocos. Cuando el narcotráfico deje de ser clandestino, dejará de ser tan buen negocio.

No es serio que un capo de la droga se haga llamar Fritanga (de seguro será remplazado por Carimañolo), pero es menos sensato que se pretenda responsabilizar a un grupo de músicos —que nada tienen que ver con el individuo en cuestión y mucho menos con sus turbios negocios— porque el narco no estuviera muerto, sino de parranda. No se le puede endilgar a los particulares una responsabilidad que recae únicamente en cabeza del Estado. Los particulares, de acuerdo con la Ley, no cumplimos  funciones de policía judicial.

Como siempre, el Estado por acción u omisión es el causante de la tragedia nacional.

La ñapa I: ¡Constituyente ya! Para crear un Congreso unicameral con representación departamental y hacerle una reingeniería total a nuestro sistemas de justicia, educación y salud.

La ñapa II: La pelea entre Uribe, Santos y Vargas Lleras está como para alquilar balcón.

La ñapa III: Si le pasa algo a Santos, Angelino, por razones de salud, no podría asumir la Presidencia, lo que significa que quedaríamos en manos del Presidente del Congreso. ¡Qué peligro!

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

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