Genet nació hace un siglo…

16 de diciembre del 2010

Aunque en varios países las carteleras teatrales rebosan por estos días de obras suyas, en Bogotá, salvo alguna puesta en escena mal publicitada, acaso por los caprichos de la latitud, por la pobreza teatral o por la vocinglería navideña que se contrapone a unos contenidos urticantes, la conmemoración de los 100 años del nacimiento de Jean Genet, el próximo 19 de diciembre, pasará inadvertida. El olvido puede relacionarse con las preferencias de una sociedad apegada a la tradición y que le teme a ese mundo, por macilento no menos real, que constituyó la médula de un autor maldito cuyo recorrido vital terminó por convertirse en una descarnada metáfora de la contemporaneidad.

Desde su nacimiento en París, hijo de una meretriz que lo abandonó, su juventud no fue un lecho de rosas. Recogido a los ocho años y criado por unos campesinos borgoñones, a los diez fue acusado de robo y recluido en un reformatorio. Tras una adolescencia salpicada por varios delitos ingresó a la legión extranjera de la cual fue expulsado por “actos impúdicos”; robó, se prostituyó y fue contrabandista. Homosexual confeso, escribió una singular obra narrativa y teatral en sus largas estadías en prisiones y correccionales. Un grupo de intelectuales, entre ellos Picasso, Sartre y Cocteau, solicitaron la excarcelación que le fue concedida en 1948. Sus novelas El Condenado a muerte (1942), la historia de un compañero de reclusión; Nuestra señora de las Flores (1944), un relato autobiográfico sobre el lumpen y la homosexualidad; El milagro de la rosa (1946); Pompas fúnebres (1947); Querella de Brest (1947) y Diario de un ladrón lo situaron en el primer plano literario.

No obstante, fue a través de una dramaturgia con intención de hacer reflexionar, y que prescinde del entretenimiento como fin, que realizó una aportación invaluable a la modernidad teatral. En ella denuncia los valores convencionales mediante la creación de situaciones en las que la barbarie y lo perverso se convierten en ritos vinculados, desde una visión muy propia, con lo metafísico. Las criadas, donde las identidades de las protagonistas se confunden en un juego de espejos que ronda lo alucinante, marca su vinculación con el teatro del absurdo en la línea de la crueldad escénica propuesta por Antonin Artaud. El Satiricón de Moscú trajo una inolvidable puesta en escena de esta obra al II Festival Iberoamericano de Teatro.

En otras de sus piezas, a través de ceremoniales sui generis con una riqueza poética innegable, se adentra en la complejidad de la psiquis y en lo irracional y explora las posibilidades del mal. El tema de Severa Vigilancia (1944) es la violencia a través del dialogo de tres homosexuales prisioneros. El Balcón (1956) transcurre en un burdel donde los clientes asumen sus más recónditas fantasías de identidades trastocadas. En Los Negros, hombres y mujeres de raza negra llevan a cabo un ritual, a modo de funeral, ante un posible féretro con el posible cadáver de una blanca asesinada. Una clave de su teatro, prohibido durante años en los Estados Unidos por escandaloso, fue revelada por él mismo en una entrevista que le hizo Playboy al afirmar “que los santos y los criminales se parecen porque viven en soledad, que los grandes santos parecen criminales y que no existe un lazo visible entre sociedad y santidad”.

El pensamiento existencialista de Genet giró en torno a los marginales y los desadaptados y su obra intenta rescatar la belleza del mal. En las últimas décadas de vida, al margen de la literatura, luchó por los derechos de los proscritos, se solidarizó con las Panteras Negras, el partido norteamericano fundado por Malcon X, y defendió al pueblo palestino. En uno de sus últimos libros, Cartas a Roger Blin, exploró la relación del teatro con la política. Fue, no hay duda, uno de los grandes escritores del siglo XX que recibió en 1984 el Premio Nacional de Literatura en Francia y a quien una caída en 1986 acabó por doblegar mucho más que el aislamiento, la lateralidad y el cáncer de garganta que lo aquejaba. Yace en el viejo cementerio español de Larache, en Marruecos, mirando al mar, tal y como él lo quiso.

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