Guerra de poderes o guerra de abusos

Sáb, 03/03/2012 - 00:01
Escuchar al presidente de Ecuador hablar de prensa incompetente y de mala fe, o decirle durante meses a un columnista, enfermo, con desorden hormonal, pequeñito de cuerpo y alma, porque escribió un
Escuchar al presidente de Ecuador hablar de prensa incompetente y de mala fe, o decirle durante meses a un columnista, enfermo, con desorden hormonal, pequeñito de cuerpo y alma, porque escribió un editorial en su contra, deja ver que está rayado, o por lo menos en el disco. Porque ver que el primer mandatario del vecino país no desaprovecha escenario para repetir a diario que El Universo, un periódico de 90 años de tradición, es un pasquín, cínico, corrupto, ridículo, de sinvergüenzas, payasos, farsantes, hipócritas, y demás descalificativos, refleja que algo de sobreactuación y guerra mediática es lo que inspira su agenda gubernamental. Que los poderes se confundan o se choquen y que el show sea desde hace algún tiempo el nombre del juego, es algo que desafortunadamente ya hace parte del inventario en estos países llamados del tercer mundo. Pero que se abuse del poder ejecutivo, para que influya en el judicial con la intención de ensañarse contra el cuarto poder sugiere que esa jefatura de Estado no está muy cuerda y que de repente se le van a terminar aplicando las palabras de su colega venezolano cuando sale en su defensa ¨contra este fenómeno que raya en la locura del fascismo crudo abierto y descarado¨. La pretendida sanción de prisión y multa contra periodistas y dueños del diario reflejan en el gobernante Rafael Correa un concepto autoritario del Estado, una clara intolerancia a la oposición y una escasa comprensión de los derechos sagrados en las democracias modernas, como la libre expresión y la libertad de prensa. Y que ni siquiera con el apoyo incondicional de Hugo Chávez, al que también le gustan los adjetivos contra la prensa, va a salir bien librado de esta batalla contra la libertad, que poco le servirá para estirar lo que ya se vislumbra internacionalmente, que el presidente ecuatoriano no tiene mucha correa. Peor aún cuando dice en su carta de perdón que ¨Este ha sido un juicio duro, tenso, extenuante, con acusados que han esgrimido las más canallescas herramientas; obligando antiéticamente a sus lectores a recibir exclusivamente información parcializada, sesgada, acomodada a sus particulares intereses; pretendiendo en centenas de titulares ganar lo que no lograban en los tribunales. El más claro ejemplo de la lucha entre el Estado de Opinión contra el Estado de Derecho, la dictadura mediática versus la verdadera democracia¨. El Estado de Opinión fue un argumento esgrimido por el expresidente Álvaro Uribe cuando el sol empezaba a quemarle las espaldas. Lo preocupante es que sea un recurso obligado de dirigentes que tienen refundida la línea entre la legitimidad, lo constitucional y sus proyectos dictatoriales. Aquellos que promueven referendos, reformas constitucionales y articulitos a imagen y semejanza de su perpetuidad y de sus ambiciones personalistas. Hay que reconocer que al escuchar descontextualizadamente el discurso carta del presidente Correa cuando inteligentemente optó por una especie de retractación disfrazada de perdón y camuflada desde su rencor, seduce su cierto manejo de palabras en defensa de los derechos individuales y de los derechos prevalecientes, pero al indagar sobre los hechos y encontrar semejante desproporción y envalentonamiento presidencial lo que surge es una gran preocupación por la suerte de las frágiles democracias latinoamericanas. Lo que ha hecho el presidente ecuatoriano es ni más ni menos que abusar del poder ejecutivo, para incidir en el judicial y supuestamente intentar vencer el abuso del poder mediático. Que según él perdona porque éste ya recibió con la sentencia su merecido castigo. Su tono populista, en contra de los poderes económicos que soportan el poder mediático, sus recordatorias sobre no haberse sentado a almorzar con sus dueños y no haberles nombrado a sus familiares de diplomáticos, como era la usanza, alcanzan a generar simpatías mediáticas. Pero no logran ocultar su arrogancia, autoritarismo y desconocimiento en materia de libertades y derechos de los periodistas. Y hay que celebrar la cruzada de solidaridad y en defensa de la libre expresión que adelantó Roberto Pombo, director de El Tiempo, para que se republicara en varios países la columna que originó la demanda de Correa y la sentencia intimidatoria de tres años de cárcel para periodista y dueños y 40 millones de dólares de multa. Es honroso que desde Colombia se lidere este tipo de acciones contra los adefesios antidemocráticos. Pero definitivamente no hay que tapar el sol con un dedo. Hay que reivindicar el título de la columna de El Universo ¨No a las Mentiras¨. La columna de opinión del colega ecuatoriano se va de bruces. No es opinión decir que ´Las balas que asesinaron a los policías desaparecieron, pero no en las oficinas de Fidel Araújo sino en un recinto resguardado por fuerzas leales a la Dictadura´. Y no hay que decirse mentiras. Hablar de dictadura en el caso de Correa es una opinión pero afirmar que ha cometido crímenes de lesa humanidad es injurioso, aquí y en Cafarnaún. Acusarlo de haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente, en el famoso 30 de septiembre ecuatoriano, es una infamia, si no se tienen pruebas. Y estaría el periodista en mora de denunciarlo penalmente a riesgo de complicidad, si las tiene. No podemos llamarnos a engaños. La prensa también abusa, los periodistas también calumnian, injurian y dicen mentiras. Sirva este episodio para ratificar la necesidad de defender a muerte la libertad de prensa, pero con el mismo derecho, los periodistas debiéramos hacernos matar por no deshonrar, no difamar, no mentir, no abusar del poder de los medios, no creer que tenemos patente para jugar con la honra de nadie, ni con los derechos humanos aún del peor criminal. Es una bonita oportunidad para que se repiense autocríticamente y se supere ese complejo certidumbrista de la prensa de partir de que los funcionarios son corruptos por ser funcionarios, los políticos son de mala fe por ejercer ese oficio y los gobernantes son deshonestos por haber llegado al poder. No. Hay que rescatar el principio universal de la buena fe y de la presunción de inocencia. No hay que olvidar que los periodistas no somos jueces y si hay quien así se siente que por lo menos acuda al espíritu del debido proceso.  
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