Guerra o Paz… Nuestro dilema actual

16 de mayo del 2014

“La paz y su manifestación real empiezan con el cese del conflicto.”

¿A cambio de qué accedería un combatiente a entregar su fusil sin haber sido vencido antes en combate?

¿Qué le cuesta en su interior a un guerrillero despojarse de su poderoso fusil  AK47 que alguna vez le dio credibilidad y poder para caminar  amenazante imponiendo su voluntad por nuestros campos y pueblos?

¿Cuáles son las mínimas condiciones, repito, que cualquiera esperaría a cambio en el supuesto de que ofreciera desarmarse, como paso previo hacia desmovilizarse luego y para siempre?

Estas preguntas nos las hizo Tokyo Secquale en un simposio de Justicia Restaurativa y Paz organizado por la Fundación ALVARALICE que tuvo lugar en Cali hace 9 años. Las respuestas nos obligan a pensar más allá del ideal de querer ver a una guerrilla vencida y sometida entregando sus armas en abierta rendición. Secquele, exlíder del ala militar del CNA sudafricano durante el Apartheid nos enseñó a entender con esas preguntas la psicología  básica de cómo funciona la mente del guerrero. En una negociación política para el cese de un conflicto, los combatientes esperan una salida digna, pudiendo mirar de nuevo a cualquiera de frente, además de posibilidades de subsistencia y garantías mínimas para la defensa de los derechos que reclaman (ahora) sin armas. Ello implica para todos nosotros reconocer con franqueza no haber podido vencerlos en el pasado con las armas legítimas del estado y aceptar que para  librar de nuevo esa guerra aspirando a ganarla en el futuro, se debe considerar más muertos y heridos en ambos bandos y población civil. Igual se debe contemplar su duración incierta sin un final del resultado propuesto que alguien nos pueda garantizar.

Sabemos que hay otra propuesta de paz que inicia con un planteamiento opuesto, que consiste en negarlos como parte del conflicto y que reclama penas de 6 años a combatientes y jefes como primera medida por imponerles. Esta propuesta califica como un exabrupto cualquier participación política ofrecida al enemigo. Afirma que “Sí a la paz”, pero que con condiciones. Pregona que con terroristas y narcotraficantes no hay nada que pactar sino unos años de cárcel que deban pagar. Advierte que con un par de escaños en el congreso nos van a gobernar, y que justo es esa una muestra del  inicio del castro-chavismo en Colombia. Y que por ello hay que negarles cualquier derecho político además de su desmovilización. Y así gritan a los cuatro vientos que “¡paz sin impunidad!”, que “se está premiando el crimen” sin detenerse a pensar, o sin querer admitirlo; que su modelo de paz sólo es aplicable para un enemigo que ha sido vencido y humillado. No nos dicen, – eso sí -, que ese escenario de sometimiento y rendición sólo es posible fuera del marco actual de una negociación política de cese del conflicto. No nos cuentan con claridad que a lo que nos invitan es a enfrascarnos  de nuevo en una guerra indefinida que ya sabemos es muy difícil de ganar. Y no responden ni dicen nada por miles de más vidas perdidas que conlleva esa aventura. Ni admiten el número creciente de víctimas como fruto de la muerte de jóvenes campesinos colombianos, sean estos guerrilleros, soldados o paramilitares. O civiles de cualquier edad.  No asumen tampoco los costos de mucha más miseria y desolación… Esa guerra que se obstinan en librar en pro de la seguridad ya la conocemos desde que nacimos muchos colombianos. Esa es la misma guerra que nos quieren reeditar por otros 4 años sin siquiera contemplar cualquier otra posibilidad.

Además, también sabemos que para muchos colombianos es cierto que la guerrilla está sentada en La Habana conversando sin que en Colombia exista la seguridad o la confianza plena en su palabra. Confunde mucho también eso de haber pactado la negociación en medio del conflicto. Lo normal aparentemente es que uno pudiera verles una voluntad real de desarmar su discurso y acciones por el solo hecho de estar sentados hablando de paz. Sin embargo no reconocemos que por ese cese de hostilidades que reclamamos nos pedirían también a cambio un alto de operaciones que conlleva a su vez que puedan recomponer su desventaja militar mediante la detención bilateral de hostilidades. Pareciera que se desconoce la importancia que tuvo negarles dicha figura que habría sido la antesala de otro Caguán, por el necesario despeje territorial requerido para su implementación y verificación. Por esa razón a muchos les duele y les parece incomprensible que negociamos la terminación del conflicto expuestos al escalamiento de la guerra por cualquiera de las partes en cualquier momento, sin saber que fue esa en realidad la primera conquista de nuestro equipo comisionado. No perder la ventaja militar.

Intento a continuación aportar otra mirada. Parto de la base que se debe reconocer la importancia de tener sentados a los mandos de la guerrilla de las FARC conversando luego del debilitamiento real de estructuras y mandos, tras ocho años del gobierno anterior y los primeros años de éste. Y que en vez de seguir imponiendo el anterior modelo de fuerza, este pensó que en esas condiciones se podía acabar  la guerra cuando aún quedaban posibilidades de reconciliación. Y al plantearnos un objetivo ideal principal de Concordia entre colombianos, necesariamente quedamos todos con la responsabilidad ineludible de ver con sinceridad cuánto hemos aceptado el conflicto y cómo hemos aprendido a vivir con él, en sus causas, en su ilógica, ya sea por acción o por omisión. Por eso la paz que nos plantean no es la simple acción del estado imponiendo su fuerza mediante la guerra y  la imposición de unas penas o la restricción de unos derechos para someter al enemigo. La paz que se plantea para Colombia necesariamente tiene que pasar  por el filtro de un cambio necesario en cada uno que la haga  posible. La responsabilidad que tenemos en el cese de un conflicto tan largo y degradado nos exige participar y desafiarnos a ver las cosas con una mirada más profunda y menos simplista. Quizás ello  nos conduzca a nuevas formas de entendimiento que a su vez forjen la base de nuevas posibilidades para poder imaginarnos cómo sería vivir sin conflicto armado.

Creo que la paz de la que habla el gobierno actual, y así lo difunde nuestro equipo en la mesa de La Habana, es una que reconoce a los combatientes y les ofrece por ese hecho una segunda oportunidad para que acepten vivir apegados a nuestras normas, en civilidad y completo desarme. Es una oferta generosa en la que obtenemos por igual mucho a cambio. Considero que nos es posible aceptar a todos, con menor o mayor grado de dificultad según cada quién, que si obtenemos además de sus Armas (1), el Reconocimiento y la Verdad garantizada para las Víctimas (2), la Garantía de no Repetición (3), alguna forma justa de Reparación (4), y el compromiso de desmontar los Cultivos Ilícitos de los que se lucran (5), podemos entonces otorgar la suspensión condicional de una pena de cárcel (I.), reglamentar unas Zonas de Reserva Campesina (II.) y aceptar formas concretas de Participación Política (III.)  integradas a la legalidad y al fortalecimiento de nuestra democracia. Y para garantizar que nos rija y sea imperativo el anterior acuerdo base contamos con el derecho de poder refrendarlo democráticamente con un SÍ o NO.  Que nos garantice la aceptación mayoritaria de cualquier camino de los señalados que se escoja.

Es cierto que la negociación actual está construida sobre bases que dignifican al enemigo y lo invitan a una apuesta política sin armas ni poder de persuasión por la fuerza. Y también es cierto que para alcanzar una paz duradera ello implica dejar de ver a nuestro estado como único participante en la resolución de nuestro más grande y antiguo problema, y a nosotros los colombianos como espectadores pasivos del mismo.

La paz y su manifestación real empiezan con el cese del conflicto. Para poder conquistarlo, ello también implica nuestra propia comprensión y decisión. Y sobre todo requiere de la propia sanación del conflicto interno que llevamos sin saberlo cada uno después de tanto tiempo de haber estado viviendo en medio de el. No podemos esperar más a que haya un eventual sometimiento luego de arreciar los combates.  Ese es el verdadero costo que sería enorme y que no podemos ya aceptar. La paz está a nuestro alcance y poder verla implica asumir un desafío personal. Este implica apertura y nuevos entendimientos si estamos de acuerdo en que alcanzarla no es un asunto que le competa exclusivamente al estado colombiano. Nos compete por igual a cada habitante que lo ha sufrido y que quiera habitar nuestro territorio nacional en paz.

“No es tan difícil cambiar la sociedad; lo realmente difícil es cambiarte a ti mismo.”

Nelson Mandela.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO