Habla Giuseppe Frascati

30 de marzo del 2019

Opinión de Ignacio Arizmendi Posada

Habla Giuseppe Frascati

Fue una extraña entrevista, pero más extraños el día y la hora: 1 de enero a las 6 de la mañana. Cosas de este profesor de barba cuidada, pelo un tanto caótico, vestuario sencillo y adecuado para el momento, con unas gafas de “viejo” casi en la punta de la nariz. Como el tiempo urgía por ser un diálogo breve, mientras aspira su pipa aprovecho para preguntarle si la vida tiene algún sentido: “Preguntas si la vida tiene sentido. De momento te digo que tu pregunta lo tiene, si aceptas que la vida es el tiempo entre un abrir y cerrar de ojos. ¡Para que te espabiles! Significa no andar sin saber qué buscas, al menos sin saber para dónde vas: te extraviarás menos. Por ello elabora un proyecto de vida. De lo contrario te arriesgas a que se quede en proyecto y tú, en veremos”. ¡Uf!

La cita es en el salón de lo que semejaba ser un palacete, administrado por su mujer, parecida, en la figura, a la dama anónima del siglo 17 que aparece en un cuadro del salón, en el que la modelo besa una rosa roja, que se confunde con la boca. La anfitriona también tiene una rosa roja, pero en la mirada, de la que procede una extraña fragancia magnética, como si viniera de épocas pasadas, o futuras. Yo no lo tenía claro. Lo que más me importaba era que el profe fuera claro en sus ideas: “Quienes hablamos de ‘proyecto de vida’ –dijo–, a veces olvidamos que la vida misma es un proyecto, un misterioso proyecto, porque es como el día: tiene un alba, un curso y un ocaso. ¡Y no tienes más vida que tu día ni más día que tu vida! Por lo tanto, aprópiate de cada día. Es tu pista para decolar y aterrizar”.

Le digo que me gustaría conocer sus reflexiones acerca del amor, y Giuseppe, con ese peculiar aire que construyen los profesores que se dejan crecer la barba, hace un silencio que suena a estrategia, y afirma: “Solo te digo que amar es estar ahí, junto a los que quieres, junto a lo que quieres. Amar te permitirá ver náufragos de la vida, respecto de quienes, si no puedes nadar en sus aguas, al menos intenta que bajen de nivel. Y verás viejos que aún nadan. Son viejos venturosos, no náufragos. Anímalos. Y te advierto: te toparás con gentes que ignoran quiénes son en la vida. No las ignores”.

Todo lo expresa con voz fluida, clara, masculina, sin dudas, entre firme y suave, con ayuda de ademanes armónicos, marcando significados, a veces con predominancia de la mano izquierda o la derecha. Dependía de en cuál estaba la pipa. De testigos actuaban tres jarrones de alabastro puestos junto a dos columnas barrocas florentinas, al frente de las cuales destacaba un bodegón italiano del siglo 18, cerca del comedor, hecho en Florencia, de caoba con mármol travertino, y de una terraza con espacio para un pequeño estanque chino de nenúfares y otras plantas de agua.

El escenario se prestaba para intentar que Giuseppe propusiera algo acerca de cómo gestionar el proyecto de vida. Lo aborda de una: “Renunciar pronto a tus propósitos, a tus buenos propósitos, puede serte un despropósito. No desistas antes de la noche. Si resistes, las estrellas te ayudarán a romper las sombras. Ahora bien, si decides continuar en la brega, hazlo con la alegría de quien tiene una nueva ilusión y con la ilusión de quien tiene una nueva alegría. Sentirás que enfrentas las incertidumbres con el buen espíritu de quienes te precedieron aquí y hoy te presiden desde más allá”.

Mientras procuraba no distraerme con la dama de la rosa en la mirada, que paseaba por aquel escenario de paredes enteladas de seda natural y tono burdeos, y viendo que la entrevista estaba próxima a terminar, me preguntaba a mí mismo si no era el momento de indagarlo sobre el  sentido de la muerte. “Lo hallarás –me responde– cuando descubras el sentido de la vida. Porque la pérdida de tus seres, de tus cosas, de tus momentos únicos te llevará a encontrarte a ti mismo, a encontrarte dolorosamente. Con todo, la muerte es una palabra que no necesita de más palabras. Es la última de todas”.

Para finalizar, inquiero, entonces, acerca del ahora, del presente. “¿El ahora? No es para que lo pienses, es para que lo vivas. Está condenado a morir. Pero si te llenas de miedos, quedarás sin fe en la vida, y en ti, y no comprenderás que ser feliz es tener más gozos, no más cosas”.

Con estas palabras retumbando en mi mente, le extiendo la mano para despedirme al lado de dos sillas de un viejo convento que yacían cerca, y le pregunto por qué nadie lo había entrevistado antes. La contestación sale como una tromba: “Es que yo no existo”.

INFLEXIÓN. Las cosas que usted no ve/ son las cosas que lo miran,/ las cosas por que suspiran/ aquellos que quiere usted…

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