¿Habrá otra cumbre?

18 de junio del 2012

Una Cumbre es exitosa si en ella se convoca una próxima. Y eso dicen los escépticos. Creen que convocar una nueva quizás sea el único logro de la Cumbre de Rio + 20 que sesiona por estos días en Rio de Janeiro. Sobre todo porque como se sabe, no asistirán el presidente de Estados Unidos, […]

Una Cumbre es exitosa si en ella se convoca una próxima. Y eso dicen los escépticos. Creen que convocar una nueva quizás sea el único logro de la Cumbre de Rio + 20 que sesiona por estos días en Rio de Janeiro. Sobre todo porque como se sabe, no asistirán el presidente de Estados Unidos, ni el Primer Ministro Británico, ni la Canciller Alemana.  Y los más apocalípticos se atreven a advertir que quedará muy poco del Planeta como para hacer una nueva Cumbre de la Tierra.

Tienen razón quienes no esperan que Rio + 20 cambie el mundo. Porque una cumbre no es una “revolución mundial”. Pero puede ser un paso adelante si tiene los efectos que han tenido las anteriores. La de hace 40 años, en Estocolmo 1972, aunque solo convocó a dos jefes de Estado, Olof Palme e Indira Gandhi, incorporó las preocupaciones ambientales en la agenda mundial. Mientras que la de hace veinte años, la Cumbre de Rio en 1992, con la presencia de 108 países y 17.000 participantes aprobó las convenciones sobre cambio climático y conservación de la biodiversidad. A Rio 1992 le debemos el apellido Sostenible que modificó el tradicional concepto del Desarrollo.

Dirán también que son muy pocos los avances. Que la supervivencia de nuestro hábitat está seriamente comprometida si seguimos como vamos. Que el Protocolo de Kioto sobre gases de efecto invernadero entró en vigor 13 años después y aún hoy Estados Unidos no lo ha suscrito. Y las cifras, que abundan por estos días, de lo ocurrido en los últimos 20 años alimentan el dramatismo. Pero es innegable que desde 1972, y sobre todo desde Rio 1992, la discusión global tuvo un giro irreversible. Estados y sociedades han ganado una conciencia ambiental. Partidos verdes y movimientos ambientales han recreado sistemas políticos y acciones de los movimientos sociales. Y el Desarrollo Sostenible se ha convertido en concepto obligado y en imperativo ético y político para el diseño del futuro de las sociedades contemporáneas.

Rio + 20 se encuentra con un mundo más exigente y más preocupado por su sostenibilidad ambiental que hace 40 años. La población es el doble, la economía mundial es tres veces más grande y la demanda por recursos naturales supera en un 50% la capacidad de renovación del Planeta.  Ahora se debe avanzar en un consenso sobre una “economía verde” que reduzca la pobreza y proteja el medio ambiente y una nueva institucionalidad ambiental global.

Esta vez Colombia puede desempeñar un papel destacado. La propuesta del gobierno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que complementen los Objetivos de Desarrollo del Milenio podría ser uno de los consensos de la Cumbre. Las preocupaciones por los océanos, las ciudades sostenibles, la eficiencia energética, el agua y la seguridad alimentaria podrían expresarse en un compromiso de los Estados por un conjunto integrado de objetivos globales, voluntarios y de aplicación universal, con plazos, metas e indicadores que catalicen el desarrollo sostenible. Sería bueno que el Gobierno predique y aplique estos Objetivos de  Desarrollo Sostenible. Que revise el impacto arrasador de su “locomotora minera”. Que transitemos hacia sistemas agrícolas alimentarios sostenibles. Que avancemos hacia fuentes de energías renovables.

Y sería bueno que en esta Cumbre de Rio recordáramos a Saramago cuando nos invitó a “dejar el pesimismo para tiempos mejores”.

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