Hágase mi voluntad

Hágase mi voluntad

11 de diciembre del 2016

“Recordad que a lo largo de la historia, siempre ha habido tiranos y asesinos,

y por un tiempo, han parecido invencibles.

Pero siempre han acabado cayendo. Siempre.”

Mahatma Gandhi

 La especie humana que conformamos es la más alta expresión de evolución que haya concebido el paso de los miles de millones de años en su azarosa y progresiva trayectoria biológico-cultural; el prototipo resultante, asaz afinado en muchos aspectos, está también henchido de muchos defectos, pasables algunos, insoportables otros.

En anteriores columnas hemos acometido sobre algunas peculiaridades del Homo Sapiens en que nos convirtió el paso del tiempo, y que nos hizo: simios copiadores de poca o rara originalidad, lenguaraces empedernidos, ególatras consumados, superficiales de actuar y pensar. Composturas poco enaltecedoras nos adornan, a pesar de las cualidades y posibilidades desperdiciadas que tenemos en alguna parte almacenadas y de los escasos ejemplares que a título más bien de excepción nos han iluminado.

Vale la pena insistir sobre el ego encumbrado que nos acicala y mediante el cual nos entendemos como el centro de la creación, esa que nos ingeniamos y a la que hasta dioses a nuestra semejanza le inventamos para mayor lustre de nuestra vanidad. Sobre ello discurriremos en esta breve entrega.

En nuestra locuacidad habitual, por momentos agradable, por muchos otros insufrible, hablamos, discutimos y hasta argumentamos con vehemencia; no es ello insano en cuanto su fruto sea el mero divertimento (que bastante nos ocupa) o bien la gestación de ideas elaboradas, pensadas, porque productoras o consolidadoras atinadas de las existentes. Pero, una cosa es hablar y disertar, incluso ardientemente, y otra imponer. El análisis argumentado genera filosofía, democracia e ideologías racionales, mientras que los monólogos amparados por imposiciones de predominancia del más fuerte basada en la tenencia de haberes económicos, poder político, militar o de cualquier otra índole, generan atraso, malvivir y tiranía. No atreverse a contradecir con argumentos es fuente de malestares y de aceptación tácita de los desvaríos de otros; hay quienes arguyendo el derecho a la palabra contradicen por el placer de hablar, de refutar sistemática y neciamente, de expresar baladíes comentarios, esos habladores son inaguantables y bien les cabe el consabido y popular “a palabras necias, oídos sordos” o una reprensión con algo de desdén que signifique “perdiste una excelente ocasión de callar”. Que de aplicar con rigor tales consignas instauraríamos un amplio mundo de sordos y mudos.

Entonces, y reiterando, cosa bien distinta es discutir o expresar opiniones, aún las más insensatas o triviales, y otra bien diferente el obligar a los demás nuestro pensamiento y sus actuaciones consecuentes por la fuerza, no aquella sensata de la convicción, sino la de la imposición patente o soterrada. De estos últimos, por desventura, abundan casos que claramente connotan que la invención de la democracia no es entendida, ni la cordura utilizada, ni la tolerancia aplicada, porque en su desarrollo se emplean artificios perniciosos que obvian tan apropiados principios. Veamos algunos ejemplos que nos permitan redondear mejor esta idea.

Caso 1. Recientemente hemos asistido impávidos y consternados al desenlace de un desplazamiento aéreo en el que se transportaba un equipo de fútbol brasileño para un torneo en nuestro país y que se saldó por un fatal accidente; triste tragedia que ha dado mucho de que comentar y lamentar. Examinado de cerca el origen del drama, en sus primeras conclusiones, se advierte que alguien dictaminó, impuso una idea (de orden económico) que hizo que en afán de malentendido ahorro de combustible la nave se enclavará en la montaña y la inmensa mayoría de sus pasajeros pereciese. Una idea aplicada a través de un plan de vuelo absurdo y homicida. Se impuso el mandato del más fuerte en la escala jerárquica.

Caso 2. Qué decir del reciente caso del señorón bogotano, Rafael Uribe Noguera, que decidió en un arrebato de niño rico venir a un barrio popular y raptar una niña de 7 añitos para conducirla al patíbulo de su lujoso apartamento, en donde la torturó, violó y finalmente estranguló. Recuerda el caso los reprochables siglos pasados en donde los europeos venían a África a cazar negros para hacer de ellos lo que a bien tenían, la esclavitud era tal vez su mejor suerte. Se impuso la voluntad del fuerte sobre el desprotegido.

Caso 3. Un dictador que impone a todo un país el yugo de sus ideas, y durante 60 años lo condena a la miseria y negación de libertad; tres generaciones sometidas por la fuerza por un sátrapa que pretendió pasar a la historia a costa de asesinatos y opresión sin límites. Es el drama cubano. Se impuso la fuerza de un poder dictatorial sobre todo un pueblo.

Caso 4. Un presidente convoca un pueblo a un plebiscito para solicitarle su opinión sobre un proceso de paz que tramó con criminales, pierde la consulta y en lugar de asumir sus responsabilidades renunciando a su cargo, como David Cameron en Gran Bretaña ante la pérdida de la consulta sobre el Brexit o el primer ministro italiano Matteo Renzi quien renunció al perder una consulta popular sobre un cambio constitucional, o como antaño De Gaulle en Francia que dimitió asumiendo el adeudo de la desautorización popular. En Colombia, su presidente, a contrario, maquilló su acomodaticio y laxo acuerdo y lo hizo –ladinamente y contra la voluntad popular– aprobar en dos días en el congreso de la República. No sólo perdió el plebiscito sino que se atornilló en el poder e impuso su soberana voluntad (más valiosa, debe pensar, que la del pueblo que lo desautorizó y que ignora los veredictos de cualquier advenediza academia escandinava). Se impuso por la fuerza del poder político ante el pueblo que rechazaba su opinión.

Ad infinitum podríamos enumerar casos, recientes o históricos, de imposición arbitraria de la voluntad personal sobre los demás, pocas acciones humanas escaparían a la barbarie y el desatino impositivo ejercido sobre nuestros semejantes a través de los tiempos. En la galería de la infamia armada con tanto dislate del transcurrir humano figuran, y aquí sin ambición de exhaustividad, en sitios de honor: las religiones con sus guerras, inquisiciones, sacrificios rituales, sus macabros dogmas, sus sanguinarios dioses. Los dictadores de todas las calañas que oprimen a sus pueblos. Los aspersores de ácido deformador en la cara de las mujeres que osan no aceptar sus dictámenes machistas. Los que gritan a sus congéneres para imponerse “Usted no se sabe quién soy yo”. Los que desconsideran a otros por su raza, su condición física, su género o tendencia sexual. Tantos otros que sería de nunca terminar.  En todos ellos se impone por la fuerza la voluntad personal o privada sobre la colectividad.

Cuando las ideas y su implementación se apartan del debido debate, de la transparencia y el consenso, denotan ante todo el capricho de quien las sostiene y que a la postre impone. Es ahí en donde los pueblos, las comunidades o cualquier colectividad deben denunciar y sublevarse en procura de respeto de sus libertades; siempre con argumentos, distanciados de la charlatanería y la necedad. Tal es no sólo nuestro derecho de ciudadanos libres, sino nuestro deber. Para alejar la espeluznante sentencia de Daniel Defoe que advierte que “Todos los hombres serían tiranos si pudieran”.

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