Hamlet desde otra arista

Hamlet desde otra arista

5 de noviembre del 2017

“Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Sufrir los golpes y los dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra un mar de calamidades, y, haciéndoles frente, acabar con ellas?”: Hamlet

Cada vez que vemos, leemos o estudiamos “Hamlet”, la inmortal obra de Shakespeare –la más reconocida, junto con Romeo y Julieta–, algo nuevo nos atrae, siempre distintas cosas descubrimos. Una obra eterna, de frases cargadas de semántica misteriosa a veces y cuya interpretación se antoja diferente según las circunstancias y la época en la cual nos embebamos en la obra.

Sin duda, Hamlet, el personaje central es quien marca la obra y por ende el de mayor sujeto de exploración, con su locura real o simulada, con sus amores incomprensibles, con su avidez de venganza y justicia, con sus celos maternos, con su afán de hacer reinar la verdad. La tarea consiste en digerir cada una de sus intervenciones, descubrir sus silencios, sus frases por momentos enigmáticas, por momentos duras, descorazonadas, pero en todo caso llenas de posibilidad de análisis y de gran vigencia en nuestro mundo contemporáneo.

Cada vez que vemos una nueva edición de Hamlet, nos interesamos sobremanera en la originalidad de la puesta en escena, en su adaptación, en sus actores, en sus interpretaciones. Incansable y gustosamente repetimos el ejercicio. En general, el texto, descontando las adaptaciones libres, suele ser el inicial, el que nos legó el dramaturgo de Stratford-upon-Avon, el gran bardo. Lo original de la obra de teatro de Tom Stoppard, escrita en los años 60´s puesta nuevamente en escena por David Leveaux y en la cual nos interesaremos aquí, es que nos adentra en el mundo shakesperiano con una mirada diferente, nos presenta un Hamlet desde una arista diferente. Aquí Hamlet, el protagonista por excelencia es secundario, apenas aparece y en ello radica la originalidad e interés. El drama shakesperiano es visto a través de dos personajes cuasi marginales en la obra original: Rosencratz y Guildenstern. Estos personajes, cortesanos, amigos de niñez de Hamlet, reciben, como bien lo sabemos, el encargo del nuevo rey de Dinamarca –tío de Hamlet y esposado en apuros con su madre– de llevarlo a Inglaterra al tiempo que de entregar una carta en la que este solicita que el remitido sea asesinado. Secreto que tanto Hamlet como los emisarios desconocen. Personajes circunstanciales que aquí toman gran valor, puesto que es por sus comentarios y proceder que conocemos de la tragedia palaciega que acaece en el castillo de Elsinor, sede del gobierno danés.

Rosencratz y Guildenstern oscilan entre el aturdimiento, la pusilamería y la carga de responsabilidad de todo el drama desarrollado. Infelices personajes que no entienden lo que ocurre, que son víctimas de un sistema que los contrata, que obedecen órdenes, que se les escapa la realidad y la ven desfilar sin poder detenerla ni hacerse partícipes de ella, salvo para ejecutar nefastos designios, de los que no saldrán indemnes puesto que la carta es descubierta y subrepticiamente cambiada por Hamlet por una nueva en la que pide que estos sean ajusticiados.

Rosencrantz y Guildenstern pasan su tiempo a esperar el acontecimiento para el que fueron encomendados, a su alrededor todo es confusión, esperan y desesperan, ocupan su tiempo en juegos y en diálogos banales, tal vez para olvidar la traición que de alguna manera intuyen. Cómo no recordar aquí a Beckett en su insuperable obra de teatro “Esperando a Godot”, en donde también los personajes pasan su tiempo aguardando la llegada de Godot, sin que inaguantablemente este llegue. Fábulas de orden existencial que nos transportan a las dimensiones del absurdo, de la desesperanza y que señalan la futilidad de nuestros propósitos y nos confrontan a nuestra propia insubstancialidad.

Personajes espejo de tantas de nuestras veleidades, retrato que rechazamos justamente por su fidelidad a nuestro corriente actuar. Adecuada parodia y a tono el parangón con nuestra vida diaria, en la que participamos sin participar, hablamos para decir nada, ejecutamos sin convicción, nos hacemos cómplices sin saberlo o fingiendo ignorarlo, nos espantamos pero callamos, colaboramos y ejecutamos.

Rol notorio tiene también en esta adaptación la tropa itinerante de teatro, esa por quien la verdad del asesinato del padre de Hamlet es conocida. Una tropilla musical graciosamente pueril que ameniza la desgracia, la anuncia y la banaliza.

Tal es la pieza de teatro presentada en la sala del Old VIC de Londres que con el nombre de “Rosencrantz y Guildenstern han muerto” nos pone a disposición Cine Colombia dentro de su programa cultural de Cine Alternativo. Mis recomendaciones para asistir a esta obra que en sólo dos fechas (9 y 12 de noviembre 2017) será presentada en muchas salas y varias ciudades del país. Actores de gran calidad, entre los cuales destaca Daniel Radcliffe, que se hiciera famoso en su niñez y adolescencia por interpretar la exitosa saga “Harry Potter”.

Aunque la frase clásica del final de la obra no es pronunciada, ella retintinea quedamente en nuestros oídos, ese colofón que tremebundamente nos persigue y nos cala como fatal enseñanza: “La verdad, ilustre senado, ha de ser proclamada. Hemos de evitar que el futuro nos traiga más malentendidos, más intrigas, más errores, más muertes innecesarias”. Que continué la sentencia repicando en nuestros oídos porque es fatídicamente innegable y porque “Hay algo podrido en el estado de Dinamarca“, que es también deplorablemente el nuestro.

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