Hernando Rodríguez, un director de hechizos

31 de marzo del 2011

En el Halloween del 2009, acepté que los adultos también vivimos nuestros propios hechizos. Esa tarde asistí a una Tarde de Brujas, Encantos y Misterio Alrededor de la Música en una cabaña llamada Agua de Viento Verde (gracias a un poema japonés que se refiere a los elementos de la naturaleza). Supe de la actividad que allí se realiza a través de alguien que conoce mi pasión por la ópera. Llegué al lugar buscando eso: más opera de la que ya recibía en las extraordinarias clases de los martes con la pianista Pilar Lago, en Cali.

En Agua de Viento Verde un trío de amigos compuesto por María Teresa López, María Mercedes Tarazona y su compañero de vida, Hernando Rodríguez, me abrieron las puertas de su corazón y de la cabaña en La Calera. Nunca he querido preguntar cuál es el vínculo formal que une a los dos últimos porque al verlos es claro que eso no es lo que da significado a su relación. Para Hernando, María Mercedes lo ha dejado ser como es, sin juzgar, sin preguntar, sin ánimos de atar. Seguramente por eso siguen siendo compañeros y cómplices en lo que para ellos es lo único relevante: vivir con pasión.

Hace 18 años Hernando, un diseñador gráfico de profesión –historiador, melómano y chef por vocación- comenzó las tertulias musicales de los sábados por la tarde. Algunos de sus amigos le habían solicitado que compartiera con ellos sus conocimientos de Mozart y Beethoven, y él usó esas horas para seguir huyendo del dolor profundo causado por dos matrimonios fallidos y un hijo que de un día para otro quiso dejar de ser Rodríguez por razones que el padre todavía hoy desconoce. Curiosamente, allí en La Calera donde Hernando se propuso construir un sitio para morir, encontró lo que hoy se constituye quizá en el motor de su vida.

Como participaba en diversas obras de construcción, fue edificando poco a poco y a punta de ¨sobrados¨ la casa que le serviría de ataúd. Por eso los pisos son de un material, las paredes de otra, hay una curiosa combinación de metales y madera y según cuenta, nunca se basó en un diseño sino que la fue haciendo cómo se pudiera y ¨según lo que hubiera¨. El resultado, es una cabaña a la que llegan cuarenta personas por sesión, todos atraídos por la magia del lugar y la música.

En la puerta están María Teresa o María Mercedes recibiendo a quienes llegan. Reparten sonrisas a la entrada y en el receso ofrecen un surtido de bebidas: vinos, caldo, gaseosas, té y café, además de unos bocaditos que son obras de arte. Ellas acomodan a los asistentes –en puestos predeterminados y acorde con los achaques físicos y gustos de cada uno- en los sofás o asientos. Suministran cobijas, pasan más vino, el programa del día, cobran los 45 mil pesos que cuesta asistir, y arranca la función.

Hernando pone en contexto histórico el tema del día, y lo salpica con anécdotas personales y chismes, o suministra información relevante sobre la arquitectura y el diseño de la época en cuestión. Cerca de una hora después, comienzan los videos en la pantalla gigante y bajo la mirada de Beethoven, Mozart, Von Karajan, Gustavo Dudamel y cientos de figuras de ángeles, quienes desde las paredes son convidados que aportan al hechizo. Posterior a la música, los asistentes pasan a manteles a sabiendas de que siempre los espera una sorpresa porque Hernando quien también funge de chef, se esmera porque su menú refleje el tema del día.

Sin embargo, Hernando no sólo habla de ópera. Él amplía la apreciación de la música a otros frentes y por eso hemos disfrutado de El aprendiz de brujo de Paul Dukas en la versión de Walt Disney, Fantasía, para ilustrar el mundo de la magia. Hemos vivido con Igor Stravinsky la intensidad del ballet El Pájaro de Fuego. Nos adentramos también en rasgos de las personalidades de genios contemporáneos del piano como Daniel Barenboim, Martha Argerich, Gyorgy Cziffra, calificado por algunos como la encarnación de Liszt y el cautivador Friedrich Gulda, uno de los grandes intérpretes de Mozart. Y ¡qué tarde más conmovedora fue aquella titulada Tango para el Alma! De allí un amor todavía más profundo por Astor Piazzolla y su bandoneón, Leopoldo Federico y su orquesta y por el multifacético Barenboim quien dirigió la interpretación de tangos de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires en una tarde de verano en la Avenida 9 de Julio.

Insuperable, decimos siempre y por eso todos volvemos, para vivir en esos sábados un hechizo en Agua de Viento Verde.

twitter: @CarlinaToledoP

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