Hipocresías intelectuales

11 de junio del 2011

Hacen parte de nuestra cotidianidad tanto como el “si Dios lo quiere” o el “gracias a Dios”, se volvieron imprescindibles para destilar la dosis personal de perversidad que todo humano tiene incorporado en su bilis portátil. Son como un estribillo involuntario que se dispara automáticamente cuando se genera una alarma en el ambiente; la genética  humana (o no sé qué otra cosa) y sus plenilunios de evolución la han perfeccionado y hoy son un elemento indispensable para la aceptación social en la manada, horda o tribu a la que pertenecemos.

¿Quién no ha incorporado a su lenguaje coloquial o a sus discursos de a pie una o varias hipocresías intelectuales? Claro, la mayoría de las veces sin saberlo o notarlo: de eso se trata, son producto del “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”, pero también, son el fruto de un ejercicio de pensamiento, de intelecto y de mordacidad recubierta en una crema de cinismo de altas calorías.

De tal manera que de las hipocresías intelectuales hace uso indiscriminado desde el parroquiano de lluvia y sol hasta el refinado personaje que habita su mundo de mentiras y banalidades. Su utilización recurrente hace parte de ese universo de recursos que los humanos construimos con cada cucharada de cinismo, ironía o fatalidad con la que nos alimentamos en este mundo prostituto y vano.

Por ser hipocresías de talante intelectual, en principio provienen de un esfuerzo complejo –imposturas intelectuales las llamaron hace mucho tiempo- y necesariamente definidas para un reducido círculo de científicos, quienes se burlaron entre sí del abuso excesivo de hipocresías intelectuales para intentar explicar los fenómenos sociales con términos prestados a las ciencias exactas y así impresionar a sus lectores. Quien no se conmueve con este término: Resiliencia. El diccionario de la RAE acaba de incorporarlo, inicialmente era una definición de la física mecánica que implicaba “capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación.” Ahora también se asocia en psicología con la “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas.”

Dejemos esas imposturas intelectuales con visos de hipocresías para ocuparnos de las que hemos incorporado a nuestro propio arsenal de combate diario:

Una que nunca falla,  la del amigo o amiga al enterarse del inventario de problemas que uno carga: “estoy sumamente preocupado por tu situación.” Puras hipocresías… intelectuales. Suficiente tiene él con sus propios problemas para colgarse otro bacalao a la espalda.

La del político mediocre (una redundancia) que no para de vociferar que “la democracia es el poder de los ciudadanos y sólo en ellos reside dicho poder”. Mentiras. El día que lo hagamos, dejan de existir esos políticos.

Una hipocresía intelectual agenciada por la cooperación técnica internacional es la del misionero social que pretende resolver todos los problemas de la comunidad favorecida con su santo grial de consultor y como en el chiste de marras entre los colegas, llegó sin que nadie lo llamara; cobra por enseñar algo que ya la gente sabe y el colmo, no sabe nada de lo que le pasa a la comunidad.

El docente consagrado que no duerme por la preocupación que representa el bajo rendimiento académico de sus estudiantes. Fruslerías, sabe que lo que él enseña sólo le interesa al 1 por ciento de sus adolescentes porque es un conocimiento fuera de contexto y con poco valor práctico para la vida.

El jefe que se consagra con la palabra empeñada en la motivación, la cultura del servicio y la calidad cuando se dirige hacia sus colaboradores (él los llama mis esclavos) y en redondo sabe que para los dueños de la empresa o para sus superiores, él es otro esclavo más,  pero de mayor jerarquía.

“Estoy sumamente preocupado por los altos niveles de consumo de drogas en la juventud”, dice el alcalde protagonista, dueño del cartel de micro tráfico de su municipio. ¿Será que alguien le recorta las ganancias cuando le rinden cuentas?

“Me conmueve la forma como esta sociedad maltrata a sus niños y como es despiadada con los desvalidos.” Dice la dama benefactora detrás de su glacial automóvil en el semáforo de turno.

Y a la que nadie le quita el primer lugar en las hipocresías intelectuales es esta, atribuida a Voltaire (él que fue un rebelde para su tiempo): “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo.” Incluso, algunos la cambian para hacerla más tétrica y le agregan “daría mi vida”. Eso no lo hace nadie. Bueno hasta ahora no he conocido a esa persona.

Coda: por eso celebro cuando aparece buena poesía hecha por los amigos del alma para combatira la hipocresía intelectual que tanto nos agobia. “Cuando el vino/ moja los labios e invade el cuerpo/ y los ojos recorren la belleza/ de un cuerpo amado/ las sombras de la muerte gimen/saben que la vida danza/que lejano está el Hades.” El poema se llama “Gozo” y es de Ignacio Verbel Vergara, desde Tolú, en el Golfo de Morrosquillo, donde la vida se parece a su mar de todos los días. Uno diferente.

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