Historia de mi viaje a Shangri-lá, la transición entre el mundo chino y el tibetano

20 de noviembre del 2010

David y yo decidimos ir a China en busca de aventuras y conocimientos. Íbamos a estudiar Chino en Beijing Normal University y antes de empezar pasamos un mes mochiliando por las provincias de Yunan y Guanxi. Aquí está un recuento de la ida a Shangri-la, Yunan, la provincia china que tiene frontera con el Tíbet, Laos, Maynamar y Vietman.

Subimos y subimos hasta Shangri-la. Ubicada a 3.500 m sobre el nivel del mar a los pies de los Himalayas. Un lugar de transición entre el mundo Chino Han y el Tibetano. La ciudad antes se llamaba ZhongDian pero fue re-nombrada por el gobierno Chino para atraer turistas aprovechando así el parecido con la legendaria Shangri-la imaginada por James Hilton en “Horizontes Perdidos”. Está rodeada de montañas enormes, algunas aún con nieve en pleno verano Asiático.

La subida a Shangri-la fue por una carretera de 15 pies de ancho, llena de neblina y con tráfico en ambas direcciones. A pesar de la estrechez, la velocidad que se alcanzaba amenazaba soltar las llantas del pavimento. Los precipicios eran aún más aterrorizantes cuando había que imaginárselos detrás de la humedad blanca. Fue un eterno subir y bajar de un telón frío hasta llegar a la ciudad en una planicie incrustada en las montañas.

Apenas nos bajamos del bus nos rodearon tipos ofreciéndonos hoteles y taxis, y como ya íbamos con cuatro chinos de compañeros de viaje éramos un grupo atractivo para el negocio. Fuimos al primer hotel que salía en la Lonley Planet (una guía de viaje) y contratamos un conductor para que nos llevara a unos sitios cerca a la ciudad.

El primer lugar que visitamos fue una llanura en medio de las montanas donde se podía montar a caballo y a yak, un mamífero similar a un búfalo cubierto de pelo, muy apreciado en esa región.  Algunos del grupo pagaron por montar a caballo: ellos encima, mientras un niño a pie jalaba la cuerda, el caballo iba al paso del pequeño. A los chinos del grupo les pareció fascinante, no pararon de tomar fotos, posando con los caballos. Yo no entendía muy bien de qué se trataba.

El segundo lugar al que llegamos fue un monasterio budista enorme llamado SongZan Lin. Desde lejos se apreciaban los techos de oro y los muros coloridos. Unos monjes nos cobraron 30 yuanes en la entrada a la carretera del templo. Yo me sorprendí pero después alguien aclaró que era para pagar los impuestos. Subimos más por la pequeña vereda que llevaba al templo y vimos una comunidad de casas de techos de madera con piedras encima para que el viento no se las llevara. Esta comunidad que rodeaba el templo estaba habitada por familias que ayudaban con las necesidades del templo, tenían familiares que eran monjes, vivían ahí desde antes o se beneficiaban del turismo. Adentro de las murallas estaban las casas de los monjes y en la cimam, la cúspide dorada.

Subimos las escaleras, y pasamos la puerta principal. Los monjes taciturnos no contestaban sino lo necesario. Había uno, con una mirada de silencio, trabajando en un jardín. Se preparaba para cargar unos tarros. Le ofrecí mi ayuda pero no la aceptó. Luego entramos al templo con sus tres edificaciones principales.

En el interior el deleite eran los tigres, elefantes, y las ruedas de la vida. Los niveles de conciencia, las evoluciones, y los espíritus malignos pintados por todas las paredes. Los Budas sentados, parados, y presentes en todas sus poses, permutaciones, y combinaciones.

El templo era una colección de arte comparable con cualquier gran museo occidental. Por algo, las vidas de muchos monjes están consagradas a esas paredes. En el edificio central, el más importante, nos recibió un Buda de 25 metros de altura, muchas de sus partes están hechas de oro, incluyendo la base.

Fue sobrecogedor. Me separé del grupo, me senté a pensar a apreciar todo lo que tenía a mí alrededor, mientras observaba la vida de los monjes silenciosos. David subió explorar los salones superiores y se encontró con el monje más importante del templo: el tercero en orden de mando del Dalai Lama. El monje lo bendijo, le dio un brazalete de cuentas y un collar de tela roja que me mostró sonriente. Emocionado fui yo a ver si tenía la suerte de encontrarlo y logar su bendición. Pero llegué tarde, ya se había ido a dormir, me dijeron los  monjes que lo cuidaban.

Algo que me llamó mucho la atención es que por todo el templo había cilindros rotatorios que uno debía girar en dirección del reloj para la buena suerte. Cada cilindro estaba empacado con manuscritos que contienen ciertas oraciones, rotar uno de esos cilindros vale por doble rezada.

Después de salir del templo una niña tibetana, que ofrecía a los turistas tomarse fotos con ella en su vestido tradicional y su perro inmenso de collar rojo, nos invito a comer en su casa. Fuimos y conocimos a toda la familia. Nos dieron té de mantequilla de yak, queso de leche de yak, y un polvo parecido al cófrio que acostumbrábamos comer en Támesis, Antioquia.

Vimos videos de música Tibetana mientras tartamudeábamos en Chino. La música Tibetana es demasiado buena, tiene un parentesco a la andina pero el canto es superior a cualquier voz humana.

El canto Tibetano es como el cante de la Seguiriya flamenca pero mucho más profundo Es poderoso, penetrante, como si cortara las paredes. Resultó que el primo del conductor era el que aparecía en uno de los videos. Me pareció curioso, lo veíamos con chaqueta de cuero y motilado setentero al estilo ¨siete¨, pero era famoso en el mundo Tibetano. Nuestro viaje a Shagrilá terminó con un trago de ¿bai jiu, un licor chino y algunas canciones que interpretamos a coro, ellos y nosotros. Yo cante “La Palma” del dueto miseria y así como nosotros con ellos, también quedaron sorprendidos.

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