Homosexualismo y una que otra maricada

16 de junio del 2012

Dejémonos de maricadas, es el nombre del blog de Manuel Velandia, un marica muy gracioso y muy preparado que escribe sobre homosexualismo y otras causas difíciles desde una perspectiva de comprensión y tolerancia con los gustos, hábitos y preferencias sexuales y desde un rincón al que se niega a someterse por ser contrario a sus […]

Dejémonos de maricadas, es el nombre del blog de Manuel Velandia, un marica muy gracioso y muy preparado que escribe sobre homosexualismo y otras causas difíciles desde una perspectiva de comprensión y tolerancia con los gustos, hábitos y preferencias sexuales y desde un rincón al que se niega a someterse por ser contrario a sus derechos. Lo conocí hace unos 25 años cuando en la revista Semana hice un reportaje que terminó en una portada sobre la Colombia gay. Su conocimiento en carne propia sobre el tema y sus esfuerzos por conquistar democracia desde su condición lo habían llevado a publicar periódicamente Ventana Gay. Un pequeño pasquín que pretendía poner un grano de arena para que no se invisibilizara una batalla que libraban sus congéneres contra la homofobia, la discriminación sexual y la estigmatización social.

Contaba que era sicólogo y sociólogo o algo así en ese momento. Era amanerado aunque se le notaban los esfuerzos por no sentirse como ellos mismos llaman, como una loca de peluquería. Era bastante informado y hacía énfasis por reflejar su interés por la cultura y la sensibilidad artística. Años después lo encontré en una de esas cruzadas para ayudar enfermos de sida, con el patrocinio de alguna institución de salud, en donde se le veía como un comprometido militante, de trabajo de día y de noche, con una remuneración escasa y con muchas ganas de comerse el mundo con sus ideas libertarias y reivindicadoras.

Con su experticia y orientación recorrí bares de todos los estratos y de todas las excentricidades posmodernas que se identificaban como amplios y generosos con la alternatividad sexual. Bares de ambiente se llamaban; recuerdo Equs y Picsis en el Centro de Bogotá y algunos en Chapinero que por entonces eran un poco menos boletas, como se diría en el lenguaje callejero. Fui incluso con quien era mi esposa en ese momento y bailamos y tomamos copas mientras Manuel nos advertía, nos chismoseaba y hasta protegía, cuando no nos describía toda clase de sucesos que se veían allí y que para un visitante desprevenido resultaba difícil asimilar, por lo menos al rompe.

Ahora lo veo escribir su blog, que reproduce Semana y recuerdo muchas de sus palabras que hoy ilustrarían lo que se vive por estos días en estas y otras páginas en donde la lucha por el respeto puede caer en el culto al homosexualismo, la legítima batalla por los derechos puede terminar en la exhibición descarada de las intimidades, y la personal gesta por salir del closet pueda devenir en la innecesaria apología a una escogencia sexual, que al final logra exacerbar retrógradas concepciones e irritar sensibilidades machistas, machosas y machorras. Recuerdo que decía que si uno no quiere que lo excluyan por ser marica no tiene por qué buscárselo.

Me gustaba por ejemplo que dijera desde entonces que el que quiera salir del  clóset que lo haga tranquilamente pero que no tiene que convidar a nadie a que se salga. Ese es un derecho a manejar su maricada como le parezca y cuanto más natural sea más se respeta. Creo que atinaba cuando decía que los maricas no se deben volver un gueto porque esa conducta es autoexcluyente, y que el homosexualismo no era una enfermedad pero que lo que si era enfermo era hacer aspavientos de su opción sexual. Esa enfermedad se llamaba según él, como orgulloso sicólogo, el exhibicionismo. Y decía que la homofobia era una enfermedad mental y social, a la cual para curarla había que entender que sería como intentar curar el racismo o el fascismo que muchas veces llevan incrustados en el alma hasta los mejores seres humanos.

Surgió la idea de escribir sobre este tema porque veo cómo una columnista de esta página pretende destrozar con calificativos, como guarro, a un periodista que se atreve a hacer una entrevista a un gay, que además exhibe orondamente a su pareja. Lo descalifica porque pregunta maricadas, porque pregunta sin protocolos, porque hace preguntas que solo se entenderían si se comprende que es un periodista cuyo éxito ha radicado en que interpreta el sentimiento popular, que pregunta como pregunta el pueblo, que siente como siente el pueblo y que no pregunta con pretensiones académicas y menos científicas. Pero la columnista que al parecer considera que la cultura y la clase están en asumir posiciones muy comunes en países europeos o democracias más avanzadas o en rendir culto al desparpajo sexual que adquieren algunos recuperados de la introversión y la timidez, lo considera algo menos que un ignorante.

Creo que es oportuno empezar a protestar por esa manía de querer hacer gala de sus preferencias sexuales como si eso diera algún caché especial. Es probable que eso despierte admiración en algunos maricas timoratos, pero eso debiera ser lo más discreto posible. Es como si el amarillismo quisiera darle oportunidad a los infieles o a los promiscuos para que hagan públicas sus experiencias o sus vocaciones. O como si hubiera llegado el momento de contar qué hace cada quien en su cama. Eso es del fuero interno y debe tratar de mantenerse en reserva. Esas actitudes, pretendidamente hijas de la revolución francesa y de su consigna de igualdad, que terminaron en pomposas relaciones abiertas y parejas desvergonzadas con amantes públicos, no logran poner nunca los puntos sobre las íes en materia de derechos pero sí logran generar debates hipócritas y ahondar la intolerancia.

Es hora de decir con Manuel Velandia Dejémonos de maricadas, el que quiera ejercer que lo haga pero no tiene que volverse una especie de predicador de la mariconería. El que quiera salir del clóset que lo haga y que lo celebre en su círculo cerrado que se lo celebraría. Pero por favor no sigan creyendo algunos homosexuales que su tema es de interés general. Es hora de decir que homosexuales y heterosexuales tenemos los mismos derechos pero que fundamentalmente tenemos los mismos deberes. Uno de ellos es el respeto a la diferencia que bien le hace falta a quienes creen que su diferencia es única.
Es hora de protestar porque la maricocracia se vuelve cada vez más excluyente. Hoy en Colombia se consigue más fácil puesto en alguna entidad oficial si se pertenece al club de los homosexuales que consideran que hay que ejercer algo así como una solidaridad de género, en el que a veces los heterosexuales son las víctimas. Ya va siendo hora de que exijamos respeto para los homosexuales y para los heterosexuales, que todos nos salgamos del clóset de las exclusiones. Aquí cabemos todos. Y no es admisible que en aras de reivindicar derechos o de generar conciencia contra la discriminación se avance hacia una especie de adoctrinamiento homosexual, que lo que logra es un exagerado adoctrinamiento heterosexual y esas son maricadas que no construyen.

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