Horror de los horrores

12 de julio del 2012

La Colombia real, la del todos los días, marcha en contravía de la Colombia cosmética que se vende en las campañas publicitarias y que habla de un país al borde de la felicidad, habitado por gente transparente y laboriosa y con una alegría tan desbordante que es capaz de crear un arco iris de un […]

La Colombia real, la del todos los días, marcha en contravía de la Colombia cosmética que se vende en las campañas publicitarias y que habla de un país al borde de la felicidad, habitado por gente transparente y laboriosa y con una alegría tan desbordante que es capaz de crear un arco iris de un carnaval en blanco y negro. Cosas así.

Es una tristeza. Una tristeza, digo, que todo aquel esfuerzo de posicionamiento de marca, como hablan los mercadotecnistas o mercadotecnólogos o yo qué sé, se dé de narices contra lo que sucede, porque lo que sucede es más crudo que la realidad misma y lo digo con dolor: en Colombia detrás de un horror hay un horror más crudo. Una tragedia que aparece es apenas el primer plano porque si corres el velo hay una tragedia peor.

Claude Chabrol, el cineasta francés, maestro del cine negro, quien hizo muchas películas y muchas frases, decía que el horror no es el crimen que se comete sino todo lo que sucede antes y que lleva a ese crimen. Una definición precisa para, por ejemplo, lo sucedido en estos días en el piso 18 de un edificio en El Poblado de Medellín desde donde se desprendió una niña de seis años. Hasta ahí suficiente horror: una criatura cae desde un balcón en un vacío de cincuenta metros, un matorral atenúa el golpe y muere días después por contusiones múltiples. La escena es pavorosa, pero acuden al espanto elementos más pavorosos aún: es que parece que no se cayó, que la lanzaron y que fue por cuestiones de desavenencias y por desvaríos de la novia desalmada del padre separado que había llevado a la niña a pasar vacaciones con él al apartamento del sacrificio.

Eso pasó en esta realidad que toca fondo y sigue escarbando. Eso pasó por los mismos días en los que un borracho de tantos que van por las carreteras colombianas se le fue encima a una caravana de motociclistas que aprovechaba el atardecer bogotano para recibir la brisa. Mató a tres. Una tragedia. Pero no bastó eso, sino que al conductor del carro criminal le alcanzó la lucidez para sobornar a los policías y escapar del camposanto que había engendrado. Y después vistió de desfachatez el horror al pedir que le dieran la casa por cárcel.

O el caso, que se volvió folclórico y le aplicaron la varita reduccionista de la farándula, pero que es gravísimo, del alias Fritanga. Ya es un horror que a alguien le digan Fritanga, empecemos por ahí. Que hubiera convocado a una fiesta faraónica de una semana, demuestra que Escobar y todos los otros demonios sumados, están más vivos que hace veinte años. Horror. Pero es que, además, Fritanga estaba muerto, oficialmente muerto por el Estado colombiano, por una partida de defunción expedida con todas las de la ley en una Notaría bogotana. Un horror de hasta donde sigue la penetración del narco del que algunos gobernantes dicen haber ganado la partida. Já. Já-já.

En mayo pasado la opinión se sacudió por instantes con el más infeliz de los episodios. El de Rosa Elvira Cely, violada y muerta a golpes y con saña en el Parque Nacional de Bogotá. Más horroroso imposible, pero no. Si era posible más: su verdugo resultó ser un compañero de pupitre del bachillerato nocturno al que asistían juntos y era un asesino no castigado y un violador de sus propios hijastros. Un enfermo mental confeso que andaba libre sin que él mismo supiera por qué, porque él mismo se consideraba un peligro, un ser despreciable que debía estar guardado bajo llave.

(No me meto con otros horrores que suceden después del horror para no caerle a los caídos. A los congresistas que son horrorosos por lo que son, pero que son más espantosos por lo que buscan para ellos mismos. O los viudos del poder político, horroricitos, que buscan reencaucharse con banderas que anhelan el recrudecimiento del horroroso terrorismo para ellos conseguir votos así estén untados de sangre).

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