Una azafata en calzones

2 de febrero del 2011

Uno de los chistes entre mi gremio es que para ser auxiliar de vuelo sólo se necesitan tener tres neuronas: una para ofrecer el pollo, otra para la pasta y otra para la carne. Cosas que se dicen sin pensar, porque no crean, un tripulante que se respete sabe muchas cosas.

¿Ejemplos?  Somos expertos, por no decir PHD, en joder por los hoteles de los lugares a los que viajamos por trabajo. Un hotel, para ser considerado de altura de un tripulante, tiene que tener transporte gratis del aeropuerto al hotel, y si es posible al downtown. Es indispensable un cuarto limpio,  o sea, que no exista ni rastro de un pelo de huéspedes anteriores en ninguna parte de la habitación. Tiene que estar bien arreglado y decorado, con black-out en las ventanas, televisión plana, champú, crema para el cuerpo y bastante agua caliente. Debe contar con almohadas suaves, duras y medianas aunque no se usen.  Debe ser silencioso, o sea que no se escuchen los motores del compresor del hotel, ni del aire acondicionado o la calefacción, que no se escuche el baño del vecino, ni sus conversaciones ni sus actividades, así se perciban gemidos, jadeos, suspiros y finales felices. No se deben escuchar niños por ninguna parte, mejor aún, no debe haber niños en ninguna parte del hotel, a no ser que los pequeñines pertenezcan a un auxiliar de vuelo, a sus familiares o a un amigo. También tiene que tener servicio al cuarto, botella de agua gratis, piscina, internet gratis, gimnasio, lavandería, bar, una bodega aparte del cuarto para guardar maletas de secuencias largas, que contendrán muda de ropa, patines, uniformes extras; por si las moscas, bultos con encargos varios y bicicletas. ¡Ah claro!, no falta el que necesita la bodega para guardar la motoneta que compró para hacer compras y pasear por Miami. Que conste que no exagero ni un ápice.

Hay que acostumbrarse a vivir en estos alojamientos, y mientras uno se adapta suceden cosas inesperadas. Recuerdo la secuencia en que una de nuestras compañeras recién ingresada, y muy sensual, después de un vuelo bastante pesado, decidió sentarse en su cama a ver televisión y disfrutar del sándwich que había pedido al servicio de habitación. Como el ambiente estaba pesado, se puso la ropita íntima que había comprado en rebaja en el mall del Omni Center de Miami. Cuando terminó el manjar, la pereza no la dejó ponerse una camiseta o bata y decidió sacar la bandeja al corredor después de inspeccionar que nadie estaba por los alrededores. Mala idea. Las puertas de los hoteles tienen la inoportuna costumbre de cerrase solas, y claro, tan pronto puso su semidesnudo y espectacular cuerpo afuera de la habitación ¡Clic!, la puerta se cerró.  Sin siquiera una toallita con que cubrirse, se refugió en la escalera de emergencias. Sin saber cómo salir de semejante situación, esperó que alguien conocido apareciera por el corredor para pedirle ayuda. Esperó durante una larga y bochornosa hora y media.

Finalmente, sin que nadie conocido o desconocido apareciera por esos lados a socorrerla, se armó de valor y decidió correr al cuarto más cercano y pedir ayuda a quien abriera. Se dio la bendición, con una mano se cubrió  el pecho y la otra mano la puso en medio de las piernas y a correr se dijo. Golpeó con fuerza la puerta del primer cuarto, tan pronto se abrió, vio con gran alivio que era el de otra de nuestras compañeras de trabajo. Más tranquila y ya sin ningún pudor, entró a toda carrera, para encontrase con el marido y el hijo quinceañero de nuestra compañera, que se mostraban más que encantados de tan inesperada y satisfactoria visita. La relación entre estas dos compañeras nunca ha sido de gran amistad, pero el esposo y el hijo, cuando llega de vuelo, sin falta preguntan por ella.

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