“Houston, tenemos un problema”

2 de marzo del 2019

Opinión de Ignacio Arizmendi Posada

“Houston, tenemos un problema”

“Houston, tenemos un problema” dijo Jim Lovell, en medio de diversas dificultades, el 17 de abril de 1970 a bordo del Apolo 13, que comandaba. “Latinoamérica, tenemos un problema”, llamado Venezuela: emigración masiva por hambre, falta de medicinas y de atención profesional, caos, milicias criminales, corrupción. Por inflación monstruosa, carencia de políticas sensatas, de empresas que generen empleo. Por inexistencia de libertades, decadencia cultural, falta de instituciones confiables. Por los riesgos para la paz interna y regional, para la dignidad de individuos y familias… Y por Maduro. Por el régimen dictatorial que mantiene y lo mantiene. Por la ideología que los nutre y condiciona. Por quienes los apoyan dentro y fuera. Pero la cosa tiene su historia.

El derrumbe que hace unos decenios se llevó por delante al “paraíso socialista” de la Europa del Este, no alcanzó a la familia Castro y su corte tropical, que gobernaban ferozmente en Cuba a la luz de las doctrinas estalinistas y similares, impuestas tras el triunfo de la revolución de la Sierra Maestra. Al caer la URSS con sus satélites europeos, el mesías cubano se sintió el heredero y guardián histórico de aquel paraíso y de tales doctrinas, con las cuales y por las cuales se la venía jugando a fondo desde antes en diversas partes del mundo, incluida Colombia.

Mientras tanto, por esos tiempos, en la vecina Venezuela, un varón se dejaba seducir de la idea del paraíso socialista y se creía el mesías para quitarse de encima el “infierno” de unos partidos egoístas, ineptos y corruptos. El nombre del varón lo sabe todo el mundo: Hugo Rafael Chávez Frías. Con su lengua y apariencia popular, el talante caribeño y la voz de barón vocalizando ideas demoledoras, llegó a millones de ilusionados venezolanos que le dieron el voto y lo llevaron en andas al Palacio de Miraflores.

El comandante Fidel y los suyos no sabían cómo bailar con la noticia y celebrar que, por fin, la revolución marxista-leninista llegaba a tierra firme. Ya no sería exclusividad de la isla: el comandante Chávez se le entregaba revolucionariamente, creía que podría sobrevivir al compañero Fidel, camino del ocaso vital, y se sentía el destinado a llenar de Cubas el resto de Latinoamérica, empezando por la patria del Libertador. Quizá pensaba que la cosa era como en Indiana Jones, donde “basta que llegues y cruces una puerta para encontrar el tesoro”.

Tanto en la revolución como en el régimen al que da lugar en Venezuela, el tesoro lo encontraron los guerrilleros colombianos, los narcotraficantes, los delincuentes transnacionales, los terroristas musulmanes y vascos. Y Cuba, que envió milicianos, médicos, auxiliares de salud, agentes de inteligencia, guardias de seguridad, instructores, profesores. Y Rusia, China, Irán, Turquía, Nicaragua, Uruguay, Bolivia, el Ecuador de Correa, el Brasil de Lula, la Argentina de los Kirchner. Y distintos países caribeños y antillanos. Y las izquierdas de todas partes. Y el mamertismo colombiano.

Pero la vida le tenía una emboscada a Chávez: la Pelona se lo lleva antes de lo pensado por él y los suyos, y a la víctima no se le ocurrió nada mejor que nombrar a Nicolás Maduro, un hábil conductor de camiones, como sucesor, persuadido de que conduciría hábilmente a “su” pueblo hacia el paraíso soñado. Y ya vemos en qué va el edén, en un imposible porque, por ADN, la izquierda tiende a ser inepta, irresponsable, arrogante, corrupta y apegada al poder, rasgos que el país vecino ilustra en términos terribles.

El problema Venezuela, “señores de Houston”, no es solo Maduro, es el régimen establecido allí con el gobierno cubano de socio mayoritario. Régimen que no cambiará mientras perviva el de Cuba. Ahora en manos de la generación intermedia, convencida de la necesidad de imponer la revolución estalinista de los Castro al precio que sea. Por eso, con o sin el hábil conductor, habría papa caliente para mucho rato. Salvo que caigan Maduro y el régimen.

Qué caigan con el triunfo de una rebelión interna que forme un gobierno humanista y fuerte de transición, que crea en las libertades y convoque a elecciones limpias, y busque el padrinazgo de las naciones democráticas de América y Europa, y algunas de Asia, para reconstruir el tejido vital de cada día. De lo contrario, si continúa el castrochavismo, este corre el riesgo de que suceda algo similar a lo vivido en la Rumania comunista en diciembre de 1989, cuando el camarada Nicolae Ceaucescu, su presidente, fue derrocado, preso y fusilado, junto a su esposa Elena, por petición del pueblo, harto del totalitarismo estalinista. Día en que adquirieron una extraña luz estas palabras de Mark Twain: “Un trueno es grandioso, impresionante; pero es el rayo el responsable de todo”.

INFLEXIÓN. “Un pueblo que es consciente de sus peligros engendra al genio”, escribía Nietzsche, de 28 años, siendo profesor de la Universidad de Basilea. ¿Quién podrá ser?

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