Índice de Aptitud Presidencial

10 de febrero del 2018

Opinión de Ignacio Arizmendi Posada.

Ignacio Arizmendi

Winston Churchill, que fuera primer ministro inglés en dos oportunidades, en alguna ocasión dijo que, para ocupar tal cargo, el aspirante debería satisfacer tres requisitos: “Contar con un buen apoyo en el parlamento, ser popular en el país y tener prestigio”. Por su parte, el biógrafo Hillaire Belloc, al hablar de Richelieu, afirmaba: “Los hombres que cambian la historia del mundo mediante la acción se diferencian de los demás en cuatro cosas: tienen mayor suerte, son excepcionalmente hábiles, ambicionan intensamente el poder y su actuación es continua”.

En esta Colombia de 2018, que avanza en el siglo XXI en medio de temores, dificultades, frustraciones y posibilidades, ¿cuáles requisitos o rasgos podrían exigirse en quien pretende presidir nuestro país? La respuesta puede ser amplia o reducida, según la capacidad de generación de ideas o el sentido de las cosas de quien haga el ejercicio. Un ejemplo es el Índice de Aptitud Presidencial, que viene en seguida, formado por veinticinco indicadores de sentido común, agrupados en cinco campos más o menos afines o complementarios:

  • Honestidad. Buen ciudadano, honorable, sin manchas, de buena reputación.
  • Inteligencia. Piloso, capaz, comprensivo, despierto, agudo.
  • Autocontrol. Prudente en el manejo de conflictos y situaciones límite.
  • Sindéresis. Capacidad de recto juicio, razonable, centrado, buen criterio.

  • Habilidades comunicacionales. Sabe hablar y escribir, llega con sus mensajes, informa.
  • Habilidades de escucha. Atento al otro, a sus mensajes directos e indirectos.
  • Habilidades relacionales. Colaborativo, negociador, gana-gana, respetuoso, empático.

  • Sencillez. Desenvuelto, simple, operativo, ligero.
  • Humildad. Acepta sus errores, reconoce la razón ajena, sin arrogancia.
  • Humanidad. Cercano, cálido, afable, disponible, de buen humor.
  • Resiliencia. Aguantador, fuerte en la adversidad, sólido en el reto.
  • Confiabilidad. Se le cree, crea certeza, coherente, tranquiliza.

  • Prospección. Visionario, proactivo, anticipativo, ejecutivo.
  • Optimismo. Constructivo, positivo, busca salidas.
  • Creatividad. Divergente, abierto, imaginativo, innovador, sorprendente.
  • Trabajo en equipo. Propicia el talento colectivo, confía en los otros, asertivo.
  • Liderazgo. Convoca, anima, traza objetivos, señala metas, empuja procesos.
  • Carácter. Don de mando, recio, buen jefe.
  • Carisma. Seduce, convence, entusiasma, contagia.

  • Bagaje intelectual. Con posgrado/s, estudioso, culto, autor, plurilingüe.
  • Experiencia política. Miembro de cuerpos colegiados, activo en campañas.
  • Experiencia de gobierno. En lo local, regional o nacional. En la empresa.
  • Conocimiento de país. Vive informado, lo ha recorrido, le cabe en la cabeza.
  • Conocimiento de mundo. Viajero, diplomático, ha vivido fuera.
  • Programa presidencial. Visión de país con propuestas útiles, factibles y sostenibles.

No son todos los indicadores que podrían formar parte de la respuesta, pero estos veinticinco, unos de más peso que otros, bastan para aplicarlos al aspirante que nos atrae o repulsa y construir el índice que creemos se merece. Basta con calificar cada indicador de 0 a 4 y totalizar, siendo 100 el índice máximo. No importa si se piensa votar –o no votar– por disciplina de partido, simpatías personales, rabia, descarte, deducción, etc.

Si alguien obtiene 100, ¿será un buen presidente? ¿A partir de qué puntaje merece ser elegido? ¿Cuáles indicadores tendrían que llevar la máxima nota, 4? ¿Qué otros cabría añadir? ¿Cuáles de los expuestos podrían excluirse? El lector responde.

Podemos evaluar a los aspirantes con base en las ‘huellas’ que van dejando en la sociedad y que conocemos por lo que han dicho o hecho, por lo que otros cuentan.

El Índice también es útil para que los candidatos se autoevalúen. Cada uno podría hacer “ejercicios” espirituales e intelectuales, de autoexamen, en una imaginaria “capilla Matilde”, como la que los papas usan en el Vaticano para sus ejercicios, a la que llegan pocos extraños.

No bastan las ganas o agallas del aspirante. Se requiere que satisfaga con amplitud la totalidad de variables como las expuestas, u otras que sean relevantes y pertinentes. Se trata de ciudadanos que, llevados de su santa gana, desean dirigir una sociedad, un pueblo, un país en el concierto de las naciones. Marcar pautas, identificar aspiraciones colectivas, inyectarle vitaminas y luces para acoger el futuro con sus mejores ángulos y opciones. Regir su destino con buenos ánimos y tratar de que lo haga con buen viento y buena mar.

Con razón, Platón, en ‘La república’, habla a sus conciudadanos y les pone de presente algo singular: “Al formaros, los dioses quisieron entrar oro en la composición de cuantos de vosotros están capacitados para mandar, por lo cual valen más que ninguno; plata, en la de los auxiliares, y bronce y hierro en la de los labradores y demás artesanos”.

Claro que no todo lo que brilla es oro.

INFLEXIÓN. ¿Algún periodista o analista sabe qué les está diciendo Gustavo Petro a las gentes para que vaya punteando en casi todas las encuestas?

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