Primero yo, segundo yo, tercero yo

22 de octubre del 2014

Hace unos días escuché al senador Jorge Robledo decir que los colombianos, y en particular nuestros gobernantes, nos quedamos cortos hasta para soñar. Decía que cuando soñábamos con el país que quisiéramos ser, pensábamos en Chile; nada contra los chilenos, su país es admirable, pero si de sueños se trata, sin duda estoy de acuerdo con el senador Robledo. Sin embargo, y desafortunadamente, creo que nuestro problema no es la falta de sueños ambiciosos; es que no tenemos sueños colectivos. Colombia pocas veces ha sido pensada, planeada y gobernada como nación, por eso el título del famoso libro de historia del profesor David Bushnell, Colombia: una nación a pesar de si misma, la describe perfectamente.

Para evidenciar la falta de visión y la prevalencia del bien particular sobre el común en nuestro país, basta con enumerar algunos casos en relación con la administración de Bogotá, su capital. Esta ciudad es interesante, pues ha tenido momentos en que ha sido soñada, algunas veces también soñada y proyectada, y pocas, soñada, proyectada y gobernada en grande. Por esta razón, es difícil convencer a los bogotanos de que si todos colectivamente estamos bien, cada uno individualmente estará mejor, pues en este momento en vez de comportarnos como ciudadanos, nos estamos comportando como individuos, desafortunadamente no de la mejor calaña.

Cuentan que en Bogotá se tuvo el primer estudio del metro durante la administración de Hernando Durán Dussán, hace más de 30 años. En ese entonces, como pasa con algunos grandes sueños, imagino que la necesidad no era tan sentida, costaba hacerlo (aunque obviamente mucho menos que ahora) y sobre todo, los beneficios colectivos del metro no eran tan importantes como los beneficios particulares económicos y políticos del momento. Así pasaron 30 años y el metro no se ha hecho. Los bogotanos sufren todos los días para transportarse y la ciudad es la única de su tamaño en toda Latinoamérica, que no tiene metro. Es posible que finalmente se haga una línea, que nos va a costar sudor y lágrimas, y se hará, no necesariamente porque sea lo que más nos convenga en relación con la movilidad de la ciudad, sino porque ahora sí parece ser políticamente importante hacerla.

Bogotá también cuenta con proyectos que se soñaron y planearon en grande, pero que en su ejecución dejaron mucho que desear.  Hace 40 años se diseñó una Avenida Circunvalar que contaba con cuatro carriles en cada dirección, que se construiría por los cerros orientales de la ciudad (cerros que no se encontraban urbanizados) y que contaría con puentes y viaductos que la convertirían en una vía rápida y de fácil acceso. Sí, estamos hablando de la misma Avenida Circunvalar que conocemos, esa que se encuentra absolutamente urbanizada de lado y lado, que de rápida tiene más bien poco y cada vez menos, y que es de compleja accesibilidad.  Al final, cuenta la historia, la Corte Suprema de Justicia decidió no darle vía libre a la avenida como estaba soñada y planeada porque había muchos intereses particulares sobre los cerros orientales; intereses que se evidencian claramente por el desarrollo actual de la zona, los cuales dejaron a los bogotanos con una vía a medias.

Y sin necesidad de devolverse 40 años, el maravilloso aeropuerto nuevo es otro excelente ejemplo de nuestra poca visión colectiva. Soñamos con un aeropuerto que se convertiría en el puerto de entrada de las Américas. Quedó lindo, sin duda, pero está lejos de ser un aeropuerto internacional digno de una ciudad que se está proyectando como un gran centro de conexiones. Antes de su inauguración ya sabíamos que no sería suficiente y nada se hizo para corregirlo. Sin duda debe haber varios beneficiados del aeropuerto como quedó, pero entre ellos no están la ciudad ni los bogotanos de manera colectiva.

Aunque los jóvenes no lo crean, en Bogotá existió un breve lapso de tiempo donde poco a poco, y con mucho esfuerzo, algunos de nuestros gobernantes lograron que el bien común estuviera verdaderamente por encima del bien particular, y por un instante los bogotanos experimentamos los beneficios particulares del bien colectivo. En otras palabras, se logró que los sueños, los planes y su ejecución estuvieran a la altura de una ciudad como Bogotá. Gracias a ese momento la ciudad cuenta con un sistema de bibliotecas extraordinario, instituciones educativas para todos los niños y jóvenes de la ciudad, algunos andenes y espacios de esparcimiento, y un sistema de transporte mal administrado e inconcluso, pero que en su momento le mejoró la calidad de vida a muchos cachacos. Estas transformaciones tuvieron unas implicaciones en el comportamiento de la gente: nos volvimos respetuosos de las normas, aprendimos a convivir y vivir en comunidad. En otras palabras, nos convertimos en ciudadanos.

Los que vivimos ese momento debemos seguir contándolo, con la esperanza de que volvamos a tenerlo, y no sólo por un breve lapso de tiempo. La historia de Bogotá se replica en el resto del país, con el agravante de que algunas regiones no han tenido siquiera ese pequeño instante, donde algunos entendimos que cuando el bien común está por encima del particular, todos individualmente estamos mejor. Eduardo Villar, Presidente de la Fundación Social, afirmó este domingo en el periódico El Espectador que un columnista alguna vez escribió que los colombianos teníamos “una gran inteligencia individual y una enorme estupidez colectiva”.  Justamente por eso, este país solo se acercará a la nación que soñamos cuando nuestra inteligencia se vuelva colectiva.

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