In memoriam de Juan Gabriel

In memoriam de Juan Gabriel

2 de septiembre del 2016

El carismático personaje ingresó a las instalaciones de Cromos-Vea muy bien escoltado por los ejecutivos de la disquera a la cual pertenecía, algunos admiradores y uno que otro colado ávidos de un minuto de gloria al lado del cantante. Obvio, buscaban una fotico con Juan Gabriel, quién iba ya camino a la leyenda.  Era su primera visita a Colombia, corría el año de 1.981 y en Cromos le habían preparado una recepción sencilla pero significativa, como hacían con todos los famosos invitados.

Entre los periodistas dispuestos en la recepción se encontraba esta comunicadora, en esa época haciendo prácticas de mi profesión.  Mi director Néstor Espinosa me había encargado una entrevista con el mexicano, reconocido por el hermetismo sobre su vida privada.  Era todo un triunfador en una nación de ídolos como era México, dueño de un folklor esparcido por el mundo entero.  Las rancheras son un género que encuentras en cualquier país y generalmente en el idioma original.  Eso se llama ser exitoso. No entiendes nada de la letra, pero igual te la aprendes y la coreas.

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Tímidamente y bastante asustada lo saludé y le solicite una entrevista.  ¿Sería posible en medio de semejante maremagnum de admiradores solicitándole autógrafos y fotos para el recuerdo?   Iba vestido con un bien cortado sastre oscuro, camisa de cuello y corbata oscura, zapatos muy brillantes, y una media sonrisa en su boca.  Llevaba un clavel rojo en sus manos.  Caminaba con pasitos cortos, muy cuidados, muy apretaditos.  Se notaba medio incomodo en un lugar desconocido, pero a pesar de eso fue amable y cortés.

Juan Gabriel, una entrevista agraadable

En suspenso esperé la respuesta del “Divo de Juárez”.  Felicidad y temor cuando aceptó hablar conmigo unos minuticos.  Nos ubicamos en los muebles de la recepción y comenzó la charla.  Feliz por el éxito de sus temas y muy agradecido con Rocio Dúrcal, la cantante española, su comadre responsable de su fama como compositor y a quien le unía una entrañable amistad.

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Entre pregunta y respuesta se admiraba de comprobar reconocimiento  en Colombia.  Preguntaba cuáles eran los temas más escuchados, obvio los de siempre “Querida”; “Amor eterno”, “Fue un placer conocerte….”.

Su timidez era evidente.  No le gustaba hablar de su vida personal, pero sus ojos brillaban cuando se refería a su progenitora a quien amaba por encima de todo.  También manifestó su preocupación por el poco interés de las nuevas generaciones de cantantes de su país en interpretar la música ranchera.  Su voz era suavecita, casi que inaudible pero contundente en sus afirmaciones. Al final de cuentas era la opinión de una estrella en un país repleto de ellas.

Definitivamente Juan Gabriel cautivaba con su magnetismo, su inteligencia, su humildad, sencillez y escasa sonrisa.  El carisma se imponía por encima de todo.  Quién se imaginaba en ese momento que sería la figura que hoy todos lloramos.  Ese mismo que no se decidía del todo a interpretar sus canciones por tener complejo con su voz.  No era tan bonita como la de su comadre Roció Dúrcal a quien veneraba por cantarlas.  Ni siquiera pensaba en que era la española quién debería estar de rodillas ante él por darle la oportunidad de revivir su carrera como cantante.

Ese mismo Juan Gabriel travieso y juguetón que le hizo pesada broma al empresario de una de sus últimas giras en Colombia, Ricardo Leyva al llegar un día antes de su anunciado arribo a Bogotá dónde lo esperábamos todos los periodistas, ansiosos de verlo descender del avión alquilado para traerlo de México al país cuando el ya se encontraba como cualquier hijo de vecino en un hotel ubicado por la Avenida El Dorado muerto de la risa y acompañado por su pareja.  Lo había seleccionado a dedo.  Para completar el cuadro abordó un vuelo comercial de Aeroméxico con tiquetes comprados de su bolsillo, hizo filita en inmigración de El Dorado, se tomó fotos con quién se lo pidió y se divirtió de lo lindo con la broma que le estaba jugando al empresario colombiano.

No logré convencerlo en esta oportunidad de grabar algunas palabras para “El Lavadero”, dónde trabajaba en ese momento.  Pero disfruté de una conversación íntima entre el ícono de la música mexicana con sus dos amigos presentes en el cuarto del hotel común y silvestre dónde se alojaba.  Dejó a los de Casa Medina con los crespos hechos y a nosotros también.

Paz en la tumba de una leyenda:  Juan Gabriel

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