Juan Gabriel Vásquez se enfrentó con la “V”

30 de julio del 2011

– ¿Por qué no escribió sobre la violencia en Colombia? – se atrevió a preguntarle alguien a Juan Gabriel Vásquez cuando presentaba su novela previa, Los Informantes, en el festival PEN de Nueva York, en abril de 2008. Serio e impasible, Vásquez contestó sin contestar: –Eso me lo preguntan todo el tiempo, y le llamo […]

– ¿Por qué no escribió sobre la violencia en Colombia? – se atrevió a preguntarle alguien a Juan Gabriel Vásquez cuando presentaba su novela previa, Los Informantes, en el festival PEN de Nueva York, en abril de 2008. Serio e impasible, Vásquez contestó sin contestar: –Eso me lo preguntan todo el tiempo, y le llamo la pregunta “V”.

Pocos meses después, Vásquez enfrentó la ineludible V y comenzó a escribir El ruido de las cosas al caer, ganador del premio Alfaguara de novela 2011.  La novela narra cómo la vida Antonio Yammara, un joven profesor de derecho, se enreda con la de Ricardo Laverde, un exconvicto cuya historia personal es como un prisma que proyecta el apogeo del tráfico de droga y de la violencia urbana de la década de los ochenta.

La estructura del relato no deja de ser riesgosa, pero funciona bien: Vásquez se adentra en dos personajes y en dos historias de amor paralelas de forma casi equivalente, dándole oportunidades a la fatalidad de cruzar sus destinos de manera indeleble.

Vásquez retoma algunos de los recursos narrativos que usó en Los Informantes: el ambiente de las aulas de derecho, las grabaciones y el peso que adquieren con los años, un clímax en el cual el protagonista hace un viaje a tierras más cálidas para descubrir los ejes de su destino y los accidentes fatales como detonantes del argumento.

Al leer El ruido de las cosas al caer sentí como si Vásquez se hubiera preparado con Los Informantes para enfrentar la “pregunta V”. Me di cuenta de que Vásquez había madurado su considerable talento y me alegré de que no se hubiera metido con el tema prematuramente.

En El Ruido, la prosa de Vásquez tiene una agilidad y una transparencia que superan su novela anterior. La historia fluye y se disfruta sin jamás atascarse en la nostalgia personal, o en las ideas políticas propias. Más bien Vásquez se atreve a mirar de varios ángulos esa década de asesinatos y del apogeo del tráfico de drogas, construyendo personajes vívidos y atrapados en dilemas éticos que no llegan a comprender del todo hasta el final, cuando, en una fatalidad propia del autor, ya todo está perdido. Por ejemplo, explora qué pasa cuando una americana idealista de los Cuerpos de Paz se enamora de un piloto bogotano tan pobre como ambicioso.

En su más reciente novela Vásquez construye un lente polifacético a través del cual el lector puede enfrentar un episodio doloroso de la realidad nacional, un Aleph que impide polarizar. Resulta difícil imaginarse qué hará Vásquez para superar este brillante libro en el futuro, pero ese es su problema. Sus lectores sólo tenemos que esperarlo.

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