El gabinete de paz a lo Chiqui

19 de julio del 2014

“Santos no piensa armar equipo con los mejores.”

Cualquier observador extranjero que analice los resultados electorales del pasado 25 de mayo concluiría que los colombianos votaron por la paz porque creyeron que la otra opción representaba la guerra. Y cierto o no, muchos fueron los que optaron por el presidente Juan Manuel Santos porque se comieron ese cuento. Para ser exactos más de la mitad de los votantes, los cuales en estricto equivalen a menos de la mitad de los facultados para ejercer el sagrado derecho al sufragio universal en el país. Es decir, la mitad de la mitad de los ciudadanos con posibilidad de elegir un gobierno que interprete las necesidades de la ciudadanía en general, ese espectro social al que le gustaría que las elecciones fueran resultado del juego limpio y una contienda entre líderes comprometidos con los intereses de las mayorías.

En palabras técnicas, que representen a las amplias masas populares, ese etéreo que incluye la parte compuesta por más de la mitad que no cree y no vota, más el resto de ciudadanos que no lo pueden hacer. Mayorías que son las ignoradas siempre en este tipo de procesos “democráticos”. Es decir que las grandes ausentes, como en cualquier país antidemocrático que se respete, son las masas, a quienes siempre se utiliza, se engaña, se ilusiona y luego se defrauda como ocurre en Colombia casi desde los tiempos de la república.

Por eso la paz ganó pero no triunfó. Ganó el gobierno de la Unidad Nacional porque ese fue su caballo de batalla y logró mantenerse en el poder. Pero ya comienza a verse que la paz era solo una bandera y no una meta social. Que al presidente Juan Manuel Santos la paz le interesaba, al predecir del candidato verde Enrique Peñalosa, como mera estrategia electoral y no como empeño democrático, medida progresista, o tarea reconciliadora, que fue por lo que los votantes no clientelistas y con vocación reformista le dieron su apoyo y al final inclinaron el fiel de la balanza a su favor.

Todo indica que esos ciudadanos que creyeron en Santos como garantía de paz y veían en su contendor a un mequetrefe inspirado por los monstruos de la guerra, perdieron. De hecho Santos no ha tenido ningún gesto de coqueteo hacia ese sector que resultó definitivo para que no triunfara la contracorriente que no creyó en su paz. El presidente no ha dado muestras de estar interesado en hacer el cambio de tercio para que los ciudadanos sientan que la prioridad es realmente la paz. Para empezar, cualquier gobierno que crea en la paz debería estrenarse con un gabinete de lujo por la paz, con nombramientos impecables, que den confianza tanto a los alzados en armas como a la sociedad civil.

El primer paso que debió dar el presidente fue consolidar un equipo ministerial que apuntara a dejar claro que la paz era la prioridad del próximo cuatrienio. Santos parece más dispuesto a armar un ejecutivo tradicional a base de componendas para cumplir favores y contraprestaciones politiqueras.

La gabinetología del cambio de gobierno se funda en toda clase de consideraciones burocráticas y compensatorias con los caciques electoreros pero no se caracteriza precisamente por buscar personajes incluyentes, equitativos, o reformistas que reflejen un verdadero cambio hacia la paz, una transformación para lograr la paz social. Santos debería estar pensando en concretar la negociación final con la guerrilla y avanzar hacia la entrega de armas, como paso previo para generar un clima de distensión que permita introducir esa serie de reformas sociales y políticas que garanticen la paz sostenible, por la que apostó esa franja amarilla que finalmente resultó determinante a la hora de su reelección. Un giro que implique una visión diferente, una actitud reformista y una capacidad de liderazgo para conformar un gabinete con gente que sepa, que conozca y tenga experticia en algunos de los temas relacionados con la negociación, la reconciliación y las garantías en derechos, empezando por el de la vida de los nuevos reinsertados. ¿Acaso para no repetir la historia de la UP no habría que pensar en un gabinete garantista y demócrata?

¿Santos creerá sinceramente que los Iragorris, las Ginas, los Cristos o los Pradas responden a esa estatura social y democrática que requiere la coyuntura? ¿Será que Santos piensa que Colombia logrará las reformas y hará sostenible la paz con la clase política tradicional? Pobre Santos, definitivamente va a morir engañado. O será que Santos no se da cuenta que por pagar cuentas de medio pelo puede tirar por la borda la oportunidad histórica de saldar la deuda social y reconstruir un país que pide a gritos salir de la guerra, pero que sabe que para eso hay que cambiar y no hacer más de lo mismo. Que debe dejar de lado la politiquería y el todo vale para pensar seriamente en cumplirle a las grandes mayorías.

Cualquier persona que asuma la búsqueda de la paz de Colombia tendría que pensar a lo Péckerman en el fútbol. Armar un equipo con los más capaces, mejores dotados y más diestros en la cancha. Pero Santos parece por inercia preferir el estilo Maturana, Bolillo, o Chiqui García, de conformar equipo con los que imponen las mafias. Por eso su gabinete ya se dibuja con los que impone el clientelismo y la politiquería mafiosa. Santos no tiene la grandeza del técnico colombiano porque no es capaz de enfrentar la corruptela y cree que tiene que cumplirle con favores para mantener el statu quo.

No piensa armar equipo con los mejores ni en consolidar una política de largo aliento para que Colombia dé el salto definitivo hacia la paz real. Con esos ministros que vendieron caros sus pases, (sus votos), para que los recompensara con burocracia, Santos será un Chiqui que pagará deudas y cumplirá favores pero así no le jugará a la paz. Por lo menos a una paz sostenible. Pobre Santos, con ese gabinete que tiene en sus sonajeros de cabecera no le podrá cumplir ni a los que se la jugaron para que salvara el proceso de paz, a pesar de no creerlo buen gobernante, ni mucho menos le cumplirá a las amplias mayorías que tienen derecho a que se construya la paz social a partir de las profundas reformas sociales, centenariamente aplazadas, que construirían las bases de una paz sustentable y duradera.

Cualquier asesor internacional con mediano conocimiento le recomendaría a Santos que nombre gente que simbolice algún carreto de paz. Que piense en Antanas Mockus, Salomón Kalmanovich, Cecilia López, José Fernando Isaza, Verano de la Rosa, José Antonio Ocampo, o gente con reconocida vocación social y democrática; que le imprimiera un sello ciudadano y pacifista a un gabinete de nuevo tipo. Que muestre que hay ánimos reconciliadores e involucre personajes especialistas tipo Álvaro Leyva, que ayuden a poner polo a tierra a las pretensiones de las FARC, o Victor G. Ricardo para que su experticia le ahorre camino en las negociaciones al detal. Que busque expertos no para acorralar a la clase media con nuevos impuestos sino para que ponga a los ricos a pagar a manera de contribución burguesa a la construcción de la paz. Que nombre en Educación a alguien que entienda que este tema es el principal escollo que origina las hondas brechas sociales. Que se asesore de gente estudiosa de los asuntos sociales y de las fórmulas para generar equidades. Que piense en personas comprometidas con la construcción ciudadana, con los pobres y los excluidos. Con grandeza, no a lo Chiqui.

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