¿Juran decir toda la verdad?

¿Juran decir toda la verdad?

20 de Septiembre del 2016

Mis tres artículos anteriores en “KienyKe” contaron sendas historias de personas que fueron víctimas de las Farc: la primera, el atraco, en la noche de un 31 de diciembre, en un restaurante al norte de Bogotá, de la que yo mismo fui protagonista; la segunda, el robo de una finca cerca a Santa Marta, y la tercera, el asesinato de un ganadero en el Magdalena Medio, que en realidad fueron casos cercanos, en mi propia familia.

Pero, de ninguna manera son la excepción. Muchos de ustedes, con seguridad, saben de historias similares, más aún cuando tales acciones guerrilleras en el país llevan más de medio siglo, que no es poca cosa. Algunas, por cierto, las hemos mantenido en secreto, temerosos obviamente por las retaliaciones que ni siquiera ahora descartamos. “¿Cómo se atreve a contar eso?”, me preguntó alguien, con regaño incluido.

Y algo más: sus historias y las mías aluden a hechos por lo general desconocidos, anónimos si se quiere, que nunca tuvieron el mínimo despliegue periodístico, acaso porque las víctimas eran o son personas comunes y corrientes, como el cafetero que hoy espera la muerte, sin decir “ni pío”. El silencio es cómplice, claro está (de los terroristas, valga la aclaración). Siempre lo ha sido.

Ahora, sin embargo, es el momento de decir la verdad. Que tales sucesos salgan a la luz pública, mejor dicho. Así al menos se plantea en el punto 5 del llamado “Acuerdo de Paz” que a propósito, muy a propósito, habla -¡en casi sesenta páginas del pesado documento oficial!- sobre el “Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición”, todo en mayúscula, como tiene que ser. Al fin y al cabo el asunto en cuestión es histórico, ¡que no vivíamos desde cuando dimos el soberano grito de independencia!

¿Será, pues, que estas historias, como las tres que saqué del baúl de los recuerdos, saldrán por fin a la luz pública? Permítanme dudarlo. Ni yo mismo estoy dispuesto a meterme en problemas, como tampoco ustedes si lo piensan con cuidado, más aún cuando se creó una Comisión en tal sentido, cuyo solo nombre basta para asustar a cualquiera: “Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición” (todo en mayúscula, como tiene que ser).

“Cuando no quieras resolver un problema, crea una comisión”, dijo Napoleón, ese sí un personaje histórico, sin lugar a dudas. La frase nos cae como anillo al dedo, aunque cabe esperar que esta vez tan sombrío pronóstico no se cumpla.

Lo cierto es que nosotros, las víctimas (que somos cientos, miles, millones o todos los colombianos, sin excepción), no nos atreveremos a decir la verdad, entre otras razones por el pánico que nos causa la simple mención del llamado “Tribunal de Paz” -¡con la Jurisdicción Especial a cuestas!-, que a muchos les suena como si se tratara del Tribunal de la Santa Inquisición, sobre cuyos honorables magistrados, de talla internacional, ya hay un respeto de veras reverendísimo.

Y si las víctimas permanecen calladas en su mayoría, a diferencia de los valientes familiares de los diputados del Valle que fueron asesinados, ¿será que los miembros de las Farc ahora sí dirán la verdad, como deben hacerlo para gozar de los múltiples beneficios que les ofrece la justicia especial, especialmente diseñada para ellos? ¿Lo harán, camaradas, sabiendo que si no lo hacen tampoco tendrán derecho a la futura amnistía que se les viene encima, sinónimo -según los uribistas- de su total impunidad? ¿Será?

Difícil creerlo. Basta una pista: durante las cálidas reuniones en Cuba, cuando tantas víctimas se reunieron con sus victimarios (en cabal ejercicio de su legítima participación, contemplada en el célebre mamotreto del “Acuerdo de Paz”), ¿qué hicieron las Farc? ¿Se dieron acaso golpes de pecho o se rasgaron las vestiduras, contando en detalle, con el dramatismo debido, las terribles masacres que cometieron a lo largo y ancho del territorio nacional? ¿O guardaron también prudente silencio, como si presidieran una reunión diplomática o se prepararan para asumir algún cargo ministerial, en el alto gobierno?

Ustedes dirán. Por mi parte, espero que quienes perpetraron el atraco en Bogotá, el robo en la Costa y el asesinato en La Dorada, tengan el valor de confesar sus crímenes ante los jueces cuando les pregunten, como debe ser: “¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?”. Amanecerá y veremos.

Sobre los siguientes aspectos del punto 5: Justicia, Reparación y No Repetición (así, con mayúscula), volveremos en próximo artículo, ad portas del plebiscito. Quién quita que esto sirva para orientar su voto… o al menos el mío.

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