La ambivalencia de la melancolía en Ana Patricia Palacios

23 de septiembre del 2012

Ana Patricia Palacios nació en Medellín en 1961. Vive entre París y Nueva York y en estos días se encuentra exhibiendo en Bogotá cincuenta y cinco obras que ha trabajado durante diez años. La muestra se encuentra exhibida de manera impecable, en las salas de la Alianza Francesa —sede norte—. El título nos dice mucho […]

Ana Patricia Palacios nació en Medellín en 1961. Vive entre París y Nueva York y en estos días se encuentra exhibiendo en Bogotá cincuenta y cinco obras que ha trabajado durante diez años. La muestra se encuentra exhibida de manera impecable, en las salas de la Alianza Francesa —sede norte—. El título nos dice mucho de lo que vemos y encontramos en su trabajo: Ambivalencias y Melancolía.

En la exposición aparecen las imágenes que han sido una constante en su trabajo y que tienen que ver con el tema de la dualidad propia de su condición de gemela. La ambigua relación de encontrar identidad, cuando se trata de dos personas idénticas, que al mismo tiempo son tan distintas. Johan Huizinga, un historiador de la humanidad, encontró dos términos para definir la competencia: el valor y la resistencia. Y en la dualidad de la vida estos dos términos se potencializan, más aún sí se trata de la biografía del alma gemela. Al ser idéntico, hay que hacerle frente, para entender la diferencia. Pero Ana Patricia busca su individualidad, frente a un espejo.

Ahora, imaginémonos la competencia que existe en la cosmología humana; las voces insondables que se duplican y las dualidades que son espejos o abismos de los dobles que llevamos dentro. Sobre esa profunda complejidad humana, Albert Camus se preguntaba por qué se nos olvida que somos descendientes de seres humanos. Por ese olvido, Camus nos explica la lógica de la angustia heredada que busca el significado de la existencia desde la complejidad del alma. Esa que solo respira por los poros.

Profundizar en la complejidad del alma de la condición humana es una mirada existencial. Pero la pregunta tiene la sutileza de lo simple: ¿quién es uno? ¿Dónde comienzan y terminan los límites de lo propio?, ¿dónde se demarcan los límites con los demás y dónde se encuentra el uno y el otro de uno mismo? O, tal vez mejor, ¿dónde encontrar ese espacio privilegiado de la desaparición total del adentro y del afuera, al que se refiere Wittgenstein dónde la apariencia es una resonancia libre de cualquier yo?

En algunas de sus obras existe una alegoría a la inocencia que queda suspendida en un espacio vacío que pinta como fondo y utiliza el color rojo como parte de su lenguaje y forma expresión, que aplica de diversas formas con distintos materiales. A veces se trata de unas líneas certeras y definidas. Otras veces pinta a propósito dejando unas manchas indefinidas. Se trata también de propuestas urbanas, una aparente ingenuidad mimetiza por su aguda mirada.

Sin lugar a dudas, ilustra la severa condición humana en muchos de sus personajes que vienen con una carga semántica en sí mismos, que como el titulo de la exposición refleja, es una ambigüedad triste: el payaso abatido, las boxeadoras en sus batallas probablemente vencidas con sus guantes puestos; las geishas japonesas en con sus adornos de lucha o los personajes de la guerra, agentes camuflados, soldados y comandantes, con sus crónicas de independencia.

Resulta interesante la realización de los videos, como el que realizó con las niñas que entrenan boxeo en el barrio pobre de Chambacú, en Cartagena, donde no solo salen a boxear, sino a luchar la vida.

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