La Aurora del Cauca

26 de julio del 2012

El terrible episodio en Aurora, en las afueras de Denver en Colorado durante el estreno de la nueva película de Batman, puso a los norteamericanos a hacer una curiosa reflexión: la mayoría de las masacres de ese tipo —personas que asesinan a desconocidos en un colegio, una universidad o en este caso un cine— escogen […]

El terrible episodio en Aurora, en las afueras de Denver en Colorado durante el estreno de la nueva película de Batman, puso a los norteamericanos a hacer una curiosa reflexión: la mayoría de las masacres de ese tipo —personas que asesinan a desconocidos en un colegio, una universidad o en este caso un cine— escogen un arma de preferencia: la Glock. Se trata de una pistola de fabricación austríaca, que por su poder, precisión y rapidez de disparo, es la favorita de quienes deciden masacrar inocentes. De hecho su venta es el principal rubro de exportaciones de Austria, seguido de cerca por el Red Bull, bebida con contenidos tan altos de psicoactivos legales como taurina y guaraná, —en resumen una sobredosis de cafeína concentrada en una lata—, legal en casi todo el mundo aunque ha sido prohibida o su fórmula original modificada en algunos países por considerarla perjudicial para la salud.

La conclusión es simple: buena parte de la industria que en Estados Unidos financia al famoso NRA (National Rifle Association) y que ha aceitado tan bien la maquinaria política norteamericana que ni Obama se atreve ya a proponer control a la venta y porte de armas de ese país, soporta a una industria de producción de armas de alta tecnología, cuyos principales fabricantes —Austria, Alemania y otros—, son europeos. Países donde la venta de armas está estrictamente controlada y restringida precisamente para evitar esa clase de problemitas. El que quiera asesinar a 40 inocentes allí, tendrá que apañárselas con un cuchillo.

Tipos inteligentes esos austríacos. Venden al mundo armas y drogas, en forma totalmente legal, metiéndole el dedo en la boca incluso al Tío Sam. Son un país de primer mundo, y Viena es considerada la ciudad con la más alta calidad de vida del planeta donde las únicas Glock están en manos de los escasos y bostezantes policías.

Aquí en Colombia, muy lejos de Austria, tenemos todo lo contrario. Compramos armas de fabricación extranjera —no se cuántas Glocks tendrían el Mono Jojoy o Carlos Castaño en sus respectivos arsenales personales, valdría la pena averiguarlo—  y vendemos droga, pero todo es ilegal. Y el resultado, es que el Cauca está incendiado, el país es medalla de plata a nivel mundial en minas quiebrapatas después de Afganistán, tenemos 64.000 hectáreas Ilegales de coca, medalla de oro en deforestación a nivel latinoamericano, glifosato por doquier, la guerrilla más antigua del mundo, bacrimes a la carta, una guerra de 60 años que ya va para cien… sí, al paso que vamos serán más de cien de soledad y sí habrá cuerpo que lo resista. El cuerpo que carga entre pecho y espalda al Sagrado Corazón de Colombia es Pasión.

Lo extraño de todo esto, es que a los latinoamericanos nos encanta recordarles a los países desarrollados que son ellos quienes consumen drogas, y quienes fabrican y venden las armas que nos desangran aquí. Nos rasgamos las vestiduras diciéndolo, como si eso nos diera una especie de superioridad moral porque somos las víctimas y ellos los victimarios. “Corresponsabilidad”, gritamos indignados. Y no hacemos un carajo. Ellos calladitos, siguen fabricando y vendiendo sus armas y sus bebidas psicoactivas, comprando conciencias y sistemas políticos hasta en Estados Unidos para mantener legal sus respectivos negocios —no hablemos del tercer mundo donde basta comprar a un funcionarillo de tercer nivel si lo hay—, mientras cuidan eso sí, de la flamante calidad de vida de sus respectivos países. Eso se llama ser civilizados.

Aquí no, aquí no somos civilizados, aquí somos “dignos”, “sacrificados”, luchamos por el “imperio de la ley”, nos quejamos. En resumen, somos morrongos. La mitad de la economía ha sido y seguirá siendo la droga, y nos hacemos los locos. Los que se quedan sin piernas, sin cara, sin futuro, sean de la guerrilla, del ejército o del campesinado son todos —sin excepción— de estratos uno y dos.

Lo cual explica porqué se levantaron en el Cauca. Están mamados. Pero son taimados, como somos también esta mezcla de español, indígena y afro que a fuerza de vergüenza nos la tiramos de europeos, y que tenemos la costumbre de no llamar las cosas por su nombre. Si lo que quieren es una república independiente para exportar tranquilos la única cosa que se cultiva en esa zona: marihuana creepy y coca, por lo menos díganlo. Pero no. Piden lo que saben que nadie les puede ni les va a conceder, que se vaya la guerrilla y el Ejército, como si ellos fueran neutrales, como si no tuvieran nada que ver en esto. El sargento García, por más lágrimas derramadas ante las cámaras y entrevistas posteriores concedidas, no se atrevió a reconocerlo. Ni Piedad Córdoba, por más videos de sus arengas a los indígenas para que expulsaran al ejército (no dijo nada de las FARC). Ni el Ministro de Defensa en el Congreso, reconociendo que los comandantes guerrilleros hace rato ya no están en Colombia sin atreverse a decir dónde, ni Feliciano Valencia vocero indígena del CRIC que insistía que los soldados no fueron arrastrados cuando todos vimos las imágenes, nadie dice la verdad. ¿Y el Emperador Santos? Sigue desnudo.

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