La belleza poética de la tristeza

21 de junio del 2014

Reseña crítica del libro “Nadie nos mira” de José Luís Peixoto.

“Era una noche infinita que acumulaba todo el miedo de todas las noches

desde la primera noche del mundo.

Pero tampoco el miedo existía,

porque no existía nadie que la sintiera”.

J.L.P.

Un libro que por su elevada forma poética y su conmovedor contenido, difícilmente deja indiferente. Una mezcla que cala en el intelecto y arrebata el corazón para postrar al lector en un sentimiento de melancolía indescifrable. Eso es la novela “Nadie nos mira” del portugués José Luís Peixoto (Galveias, 1974), ganadora del Premio Literario José Saramago.

El eje narrativo se sitúa en un humilde villorrio portugués de principios del siglo XX, un ambiente demarcadamente rural. Aunque con personajes lusitanos, los principios que los gobiernan y las acciones idiosincráticas desarrolladas son válidos en otros contextos geográficos; la extrapolación a lo universal es fácilmente imaginable. Y es que el escritor no busca narrar hechos locales, sino enunciar generalidades humanas; los detalles pueden cambiar, pero las consecuencias de ellas incumbirnos a todos. Por eso la novela llega tan hondo y nos sacude tan reciamente.

En aquel pueblo en donde no parece acontecer nada, porque aparte de trabajar en el campo, no hay más por hacer; la diversión es algo desconocido. Sus escasos habitantes llevan vidas extremadamente rutinarias, el aburrimiento es encubierto y, tal vez derrotado, por la paciencia y la resignación. Y en medio de ese aparente marasmo y mutismo se desarrollan grandes pasiones, grandes maquinaciones, detectables por la crueldad “natural” y los estragos que causan.

No hay un personaje central; son sus habitantes quienes protagonizan la novela, quienes exhiben su malvivir sin saber que lo es, quienes viven sus días sin saber que transcurren, quienes purgan sus vidas sin saber que es una sombría condena. Imposible no traer a mente la escritura de Faulkner por su estilo, por su deliberada confusión, por su magia, por su tristeza, por su  a veces rusticidad.

En esta aldea de la novela las gentes se miran, se observan, pero no se comunican. No es indiferencia, es ignorancia atávica, es extremada discreción; parecen atrincherados en sus puestos de incomunicación al tiempo que saben que se necesitan para ejercer como seres gregarios, para relacionarse, para comerciar, para unirse en parejas, para desearse y acometerse sexualmente.

Una saga que repite sus acciones, malestares, errores e incomunicación por generaciones. Personajes que sufren aislados, cada cual en solitario arrastrando en vida su propia muerte; evolucionando en un mundo estático, en donde los días, las personas y sus descendientes repiten la misma programada rutina, esa que involucra los rebaños de ovejas, la tierra polvorienta, los cereales cultivados, los alcornoques, los olivos para la extracción del aceite. Un panorama lúgubre de principio a fin, un aire turbio que no se despeja, una naturaleza que parece tener solo la estación de verano sumida en una profunda canícula que azota los cuerpos y ensimisma aún más las mentes.

En ese aciago lugar vemos circular con toda naturalidad seres sorprendentes. Como el par de siameses unidos solo por un dedo que se han negado a separar, obligándolos a una vida común y compartida, rehusándose así a llevar vidas independientes, incluso cuando uno de ellos se casa o cuando el otro muere. O el viejo y contrahecho carpintero, falto de una pierna, un ojo y un brazo, que decide de repente casarse con una joven prostituta ciega. O esta misma que es prostituta y ciega como herencia genética de sus pretéritas generaciones. O aquel que se casa sin haber nunca hablado con su mujer y aún deseándola mucho no la toca y prefiere frecuentar una prostituta. O el hombre desconocido que escribe encerrado dentro de una habitación sin ventanas y del cual se oye solo el rozar de su pluma en el papel. O la voz que habla encerrada en un baúl para un auditorio inexistente. O el viejo sensato que guía a la gente y muere a los ciento cincuenta años. O el demonio guiando al pueblo en la taberna y en la iglesia, anunciando infaustos futuros, comentando amargos presentes, entretejiendo socarronamente nuevas tragedias.

Esa tristeza profunda, ancestral que logra plasmar el escritor, y es su estilo, nos deja asombrados, tensos, llorosos, pero invadidos de una inexplicable dicha intelectual porque el encuentro con esa realidad escueta nos transciende, nos retrata y recuerda nuestras miserias interiores, nuestras angustias existenciales. Bueno es remover a veces en nuestras aguas mansas que ocultan remolinos turbulentos que no queremos dejar aflorar; freudiano y sano es dejar que estos sobrenaden para que tengamos momentos de reflexión, para que el disimulo con que (en)cubrimos nuestras penas latentes sean sentidas sin escondrijos: es sano, es curador.

Había creído que la novela más triste que he leído es “La Carretera” de Corman MacCarthy, ahora no estoy seguro, “Nadie nos mira” compite claramente con esta, que es más interior, cargada de monólogos interiores –único medio de expresión de aquella incomunicada sociedad– y que a través de una sutil lírica de velado nihilismo y de denuncia social exhibe dolores percutantes. Poético, muy poético; triste muy triste; desesperanzador, muy desesperanzador; interior muy interior; seres muy sufridos, muy sufridos; incomunicados, solitarios, sin pasión, sin futuro. “La vida es un castigo, un castigo sin falta o pecado, un castigo sin salvación; la vida es un castigo que no se impide y que no se consiente”.

Todas mis recomendaciones de lectura de este bello y acongojador libro de Peixoto de quien en columna anterior habíamos reseñado su delicada novela El cementerio de pianos. A título de colofón transcribo las estoicas y enternecedoras frases con que finaliza “Nadie nos mira”:

“El mundo se acabó. Y no quedó nada. Ni las certezas. Ni las sombras. Ni las cenizas. Ni los gestos. Ni las palabras. Ni el amor. Ni el fuego. Ni el cielo. Ni los caminos, Ni el pasado. Ni las ideas. Ni el humo. El mundo se acabó. Y no quedó nada. Ninguna sonrisa. Ningún pensamiento. Ninguna esperanza. Ningún consuelo. Ninguna mirada.”

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PD. Un gran bravo para el Taller de edición Rocca que con tesón ha venido difundiendo obras que de otra manera no hubiesen sido conocidas en nuestras latitudes. Con denuedo su editor Luis Rocca ha divulgado parte de la obra de Peixoto, así como la de otros autores que no tienen cabida en las grandes editoriales en donde, bien sabido es, suele primar lo comercial.

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