La cadena y la Pelona

27 de julio del 2019

Opinión de Ignacio Arizmendi

La cadena y la Pelona

Para bien o para mal, a los colombianos no nos faltan temas para polemizar y polarizar cada día o semana. Un ejemplo se está dando ahora alrededor de la cadena perpetua para los violadores y asesinos de niños (y de niñas, claro), propuesta originada, de tiempo atrás, en fuentes sociales y recogida por el presidente Iván Duque.

El nombre de cadena perpetua viene de que a los condenados se les encierra en una prisión de por vida, y se les obliga (u obligaba) a llevar una cadena de hierro en el pie colgada desde la cintura o atada al pie de otro reo, “una violencia institucional tan extrema, un castigo tan inasumible por la naturaleza humana” que constituye “una penalidad que no debía estar vigente en un país que se definiera a sí mismo como avanzado, moderno y civilizado”, afirma el profesor español Pedro Oliver Olmo, especialista en la historia de la cadena perpetua en España. 

Hoy, en diversas legislaciones, no existe la cadena perpetua como tal, sino “la prisión perpetua”. Podría creerse que la diferencia la establece la inexistencia de la cadena de hierro, pero no. El tema va por otro lado, pues se admite la opción de que la pena de prisión perpetua sea revisable por primera vez transcurridos 25 o 30 años, incluso 35. Se parte de aceptar que si 30 o 40 años de detención anulan “el horizonte vital” del cautivo, la pena se aplicaría efectivamente hasta cuando sea presumible que el condenado se halle cerca de su muerte, por lo cual sería humano y apropiado hacer la revisión ya señalada.

A manera de los canguros, el tema de la cadena perpetua trajo en su bolsita el de la pena de muerte, “la Pelona”, para los mismos delitos que sean considerados en la cadena perpetua. Sus partidarios la encuentran más ejemplarizante y portadora de mayores elementos emocionales, dirigidos a proteger a la sociedad y desanimar a los potenciales responsables de las conductas punibles. 

La pena existió en nuestro país hasta 1910, cuando la Asamblea Nacional Constituyente la abolió al reformar lo previsto en la Constitución de 1886, que la incluía, como la acogieron prácticamente todas las constituciones colombianas del siglo 19 (excepto la de 1863, de Rionegro): 1821, 1830, 1832, 1843, 1853, 1858 y 1886. De paso recordemos que el 7 de mayo de 1907, según lo que pude establecer, se aplicó por última vez aquí la pena capital legal en la persona del ciudadano chocoano Manuel Saturio Valencia, en Quibdó.

Quizás la más reciente adhesión presidencial a dicha pena en nuestro país la formuló en febrero de 1996 el presidente de la República, Ernesto Samper, que planeaba presentar al Congreso un proyecto de ley que permitiera restablecerla para imponerla a los responsables de secuestros, masacres y homicidios de personas indefensas. El propósito era combatir el secuestro, que estaba en su fina en Colombia.​ La idea no prosperó. 

Ahora, si una de las dos penas, o las dos, se adoptan en Colombia para los violadores y homicidas de los niños, ¿desaparecerán estos horrendos crímenes y sus autores quedarán fuera de base? A la primera parte de la pregunta contesto con quienes dicen ‘no’, y a la segunda ‘sí’ en la medida en que los responsables ingresen a cadena o prisión perpetua o sean ejecutados. Entonces, si ninguna de estas penas evitaría la comisión de los crímenes indicados, ¿para qué diablos se impondrían? La respuesta es larga, pero me quedo con que unas penas de tales magnitudes pueden disuadir a los candidatos a violar y asesinar al saber lo que les espera, siempre y cuando el Estado obre con la severidad y seriedad necesarias. La sociedad no sólo tiene el derecho de lanzar advertencias de esa clase, sino el deber de hacerlo. 

Esto no puede ser un juego, un divertimento democrático, una carnada para captar seguidores o aplausos, un mero debate académico o mediático. Tiene que ser una acción contundente, disuasiva, con todo el peso legal y emocional que sea posible. Penas ejemplarizantes, solemnes, divulgadas, sólidas, cuando se den las condiciones previstas por las leyes. 

Repitámoslo: con la cadena o prisión perpetua o con la pena de muerte no se van a acabar las violaciones y los asesinatos de niños. Como tampoco las penas contra el narcotráfico lo van a dejar en ceros, o contra el hurto, el contrabando, el atraco, la corrupción, las violaciones de tránsito, etcétera. Pero es necesario intentar con los medios aptos. 

Le apuesto a la cadena perpetua, para violación y lo que conlleve, y a la Pelona, para violación y asesinato. 

INFLEXIÓN. ¿Y qué tal la cadena o la Pelona también para los corruptos? ¿No se correrá el riesgo de que el país quede muy despoblado…?

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