La corrupción de la sal

28 de junio del 2012

Hace bastantes años, cuando los demonios comenzaron a desatarse y todo empezaba a ser peor, algún caricaturista se fue en contravía del consenso y auguró que lo que iba a ocurrir no sería que la mafia corrompiera a la política, sino que los políticos corromperían a la mafia. Eso pasó y siguió. Siguió derecho y […]

Hace bastantes años, cuando los demonios comenzaron a desatarse y todo empezaba a ser peor, algún caricaturista se fue en contravía del consenso y auguró que lo que iba a ocurrir no sería que la mafia corrompiera a la política, sino que los políticos corromperían a la mafia.

Eso pasó y siguió. Siguió derecho y hasta el fondo que estamos sufriendo ahora porque, en el manojo de impurezas en que los congresistas han transformado la esperanza de una reforma a la justicia, aparecen las cortes, los magistrados de las altas cortes, como las últimas víctimas que a la clase política le faltaba por infectar.

Fueron tantos los disparates que los congresistas se aprobaron que la opinión se extravió en ellos y se diluyó el juicio que la historia les debe hacer: haberse burlado de un país urgido de una justicia pronta y eficaz, quizá la reforma más necesitada de todas por el crecimiento de la criminalidad y por el ritmo paquidérmico de las investigaciones y por los vericuetos intransitables de la actual maraña de esa institución.

Toda esa urgencia, clamada por los índices de impunidad en los que sigue estando el mayor aliciente para que el camino más seguro en Colombia sea la ilegalidad, toda esa necesidad de agilizar para castigar y recuperarle al Estado el poder de la justicia ahora en manos de toda suerte de delincuentes, todo eso, no fue suficiente motivación para la clase política que se gastó dos legislaturas enteras en discusiones y el broche final lo llenó de veneno.

Para llegar allá, a donde querían, a que las leyes les favorecieran en el futuro y a que en el presente les significara la libertad a sus compinches, los congresistas aseguraron las compuertas y se llevaron por delante la honorabilidad de las altas cortes, al darles de comer el plato de lentejas de un aumento de sus periodos de permanencia y a alargarles la edad del retiro. Para llegar allá, a donde querían, los parlamentarios batieron el escollo de los magistrados con eso que en derecho llaman innominados y que parece un himno a las intenciones soterradas: doy para que des/doy para que hagas/hago para que hagas/hago para que des.

No obstante las tardías explicaciones que algunos magistrados han dado y el recuerdo grato de la actitud erguida del Consejo de Estado cuando se retiró de las discusiones por las intenciones de privatizar la justicia a través de las notarías, la estatura de los magistrados, de la magistratura, ha quedado reducida y mancillada su honra. La solidez y la dignidad, que se fortalecieron en el pasado reciente con las persecuciones presidenciales, los seguimientos y las chuzadas telefónicas, se han derrumbado ante los ojos de la opinión por cuenta de la máquina de corrupción aplicada por los congresistas infectos, ante el silencio cómplice de los favorecidos.

Porque hubo silencio. Cuando menos, cuando menos, debieron salir a rechazar la intentona de que los arroparan con la misma cobija. Se dejaron. Y, según testimonios, hasta propiciaron esas prebendas en los pasadizos del propio Congreso que actúa como su patrón porque mucho tiene que ver en este desmoronamiento de la credibilidad la compleja estructura de elección de los magistrados.

Corrompida la sal que eran las cortes y ante el posible reinicio del debate de cómo reformar la justicia, alguna corriente sensata y audaz debería aparecer para tratar de restituirle el pellejo de la reputación a los magistrados. Y no solo insistir en erradicar como mala yerba el Consejo Superior de la Judicatura, sino ser más profundo y más histórico: que el periodo de los magistrados sea a perpetuidad.

Para evitar que esas altísimas responsabilidades sean objeto de manoseo de los políticos con los truquitos que ponen en juego y con las contraprestaciones a que los congresistas van obligando a cada jurista elegido, que esos cargos sean vitalicios. Como lo es en muchas partes del mundo en donde los altos tribunales de la justicia están fuera del alcance de los políticos. De las bacterias que suelen inocular.

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