La democracia como tiranía de las mayorías

6 de agosto del 2011

A veces es mejor ser condenado por lo que se dice que por lo que se calla. El tiempo que se avecina presagia la estacionalidad de la marea democrática (se acuerdan de una marea verde que apenas llegó a la playa se volvió un leve hilo de espuma salobre) y con ella, una avalancha de […]

A veces es mejor ser condenado por lo que se dice que por lo que se calla. El tiempo que se avecina presagia la estacionalidad de la marea democrática (se acuerdan de una marea verde que apenas llegó a la playa se volvió un leve hilo de espuma salobre) y con ella, una avalancha de cosas, de las cuales hay más inservibles que útiles.

Que cansona y fastidiosa es nuestra democracia tanto en su versión megalómana nacional como en sus ejercicios parroquiales en las regiones y localidades: una lista interminable de aspirantes a quienes no se les puede “quebrantar el derecho a elegir y ser elegido”, pese a que sus condiciones (en honor a la verdad y la sensatez) los habilitan más para aspirar a la democracia del “Dios Momo” que a sentarse a manejar los destinos y azares de una masa indiferente de ciudadanos.

No digamos mentiras porque para eso están los políticos en abundancia con su siembra de promesas en esta primavera tropical. Esta democracia o como la queramos llamar, se volvió un circo deprimente: sale uno llorando de la función y además decepcionado porque no alcanzó a redimir el boleto de entrada.

Lo confieso, he estado de cerca de muchos amigos y amigas, de conocidos que me han contactado para que los escuche y les comente mi opinión sobre sus aspiraciones y hasta he contribuido con quiméricos aportes o con pragmáticas propuestas para hacer parte de la función. Los reflectores están disponibles y como dice una canción de música vallenata de esas que lo acosa a uno con sus perogrulladas, “cada quien tiene en la vida su cuarto de hora, que lo motiva, que lo entusiasma…”

Habrá buenas intenciones en los que aspiran. Sí. Pero el mar de las algas venenosas es superior y los naufragios (ahogados dicen en este Caribe desparpajado) de gente buena nos dolerán en el alma. “Te lo dije” será la frase de muletilla después de la orgía democrática. Un sinsabor que fastidia y que produce desapetencia y ganas de vomitar con el estómago vacío.

Habíamos concluido el otro día con unos amigos con los cuales compartimos “empanadas rellenas de alfileres”, que esta democracia formal así como se presenta es la forma de exclusión social y política más aberrante, pero a la inversa: la mayoría tiraniza a la minoría (dizque racional y sentí pensante) cuando escoge preferencias poco santas (no santos) guiadas por manos invisibles y oscuros intereses que atrapan como en un agujero negro del universo, a toda la transparencia que intente asomarse.

¿Por qué insistimos en sus credos si reconocemos que apenas son simples actos de fe? Vocación de mártir del cristianismo puede ser la respuesta. Una conversión tardía que significa claudicar ante ideales defendidos en tierras de sordos y ciegos. Un arrimarse a oportunidades aparentes para socavar desde adentro al ídolo con pies de barro. Una estrategia poco creíble pero que expresa el desespero al que nos somete la tiranía de las mayorías.

No voy a detenerme en explicar los factores que son muestra de los males que nos aquejan como “democracia en construcción” y que se exhiben como llagas vergonzantes. Prefiero distraerme con la alegría de los amigos que le apuestan al circo poético en que se les convierte su intento por convencer a las mayorías y sueñan con ser paladines en un mundo que detesta a los héroes. Por lo menos los gozo y ellos gozan ese festejo y entre gozo y gozo nos olvidamos que otra vez perdimos. Otra vez será. Nos consolamos mutuamente.

Coda: Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo nos advierte que Política es un “conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios”.

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