La discriminación al velludo

15 de julio del 2012

Afuera llovía. Llevaba cuarenta minutos hablando de asuntos de trabajo con un viejo amigo mientras tomábamos café en vasos de cartón. De repente, una pregunta llegó a mi cabeza como salida del la zona más profunda del subconsciente. Con algo de pudor organicé las ideas, busqué los argumentos y en tono indignado lancé la frase. […]

Afuera llovía. Llevaba cuarenta minutos hablando de asuntos de trabajo con un viejo amigo mientras tomábamos café en vasos de cartón. De repente, una pregunta llegó a mi cabeza como salida del la zona más profunda del subconsciente. Con algo de pudor organicé las ideas, busqué los argumentos y en tono indignado lancé la frase.

—¿Qué le hicimos los velludos al planeta para ser objeto de tanta discriminación por parte de publicistas, productores de televisión, realizadores cinematográficos y demás gestores de las tendencias culturales?

—No entiendo —respondió alzando la ceja izquierda— ¿Qué pasa con los velludos?

—Nos discriminan.

—¿Quién los discrimina?

—¡Todos! —dije indignado. —¡Todos nos discriminan! En publicidad sacan tipos sin camisa y son lampiños. En televisión buscan protagonistas de novela y no hay ninguno de pelo en pecho. Desde Sean Connery no hay grandes actores de cine peludos. ¡Nos discriminan!

—Es una cosa de higiene —dijo de manera seca.

—¿Higiene? ¿Y es que acaso los velludos no nos bañamos? ¿Qué tiene de antihigiénico ser velludo? ¿Acaso soy un cultivo de hongos y bacterias? —en cada frase alzaba más la voz —No hay derecho a que nos quieran vender un mundo libre de pelos. Hoy por hoy los velludos somos los parias de la corporeidad.

—Pues es que un tipo sin pelos en el cuerpo se ve como más limpio, más parecido a un bebé.

—¿Y quién quiere parecerse a un bebé? Ahora que lo pienso, mire a los meseros en los restaurantes, no son velludos. Mire a los cajeros en los bancos, no son velludos. Estamos en una sociedad que discrimina capilarmente, ni los calvos, ni los velludos tenemos espacio en un mundo dominado por grandes melenas y cuerpos sin pelos.

En ese punto, me di cuenta que la joven solitaria de la mesa de al lado llevaba un buen rato escuchando nuestra conversación. Nos miraba con los ojos abiertos y una sonrisa amplia. Sin pena me quedé mirándola.

—¿Usted qué piensa de los velludos? —le pregunté.

—No me gustaban. Me daban asco —dijo entre risas—, pero mi novio de ahora es velludo como un oso y me encanta.

Volteé a mirar a mi amigo y le dije:

—Ve. Ese es el efecto de los medios de comunicación que nos hacen creer que este es un mundo de lampiños. Los velludos damos asco. Voy a crear una Asociación de Apoyo a Velludo. Vámonos.

Apuré el último sorbo de café, me puse de pie y emprendí la retirada.

@colombiascopio 

juanpablocalvas@gmail.com

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