La fuerza de ser mujer

18 de agosto del 2011

En momentos en que se encuentra in crescendo la polémica por la vil golpiza que el Bolillo Hernán Darío Gómez propinó a una mujer hace ya un poco más de una semana, lo recurrente -sobre todo para nosotras las mujeres- es preguntarse ¿por qué carajos uno se dejaría dar un golpe de un hombre? Y […]

En momentos en que se encuentra in crescendo la polémica por la vil golpiza que el Bolillo Hernán Darío Gómez propinó a una mujer hace ya un poco más de una semana, lo recurrente -sobre todo para nosotras las mujeres- es preguntarse ¿por qué carajos uno se dejaría dar un golpe de un hombre? Y claro, ¿cómo reaccionaría cada cual ante una afrenta de ese calibre?

Evidentemente sin pretender fungir de sicóloga, siquiatra o siquiera socióloga, mi teoría es que tristemente adolecemos de autoestima y por eso permitimos que otros trapeen con nosotras física y emocionalmente. Además, cometemos el error de replicar el círculo de violencia al obviar enseñarle a nuestros hijos hombres el valor y el sentido del ser mujer y lo fundamental que es respetarnos como seres humanos que somos.

Lamentablemente cuando surge del interior de una mujer la fuerza para acabar con el ciclo de violencia, somos tildadas de locas, brujas y perversas. Lo que no saben muchos es que todos esos calificativos se convierten hasta en un halago y la mayoría los llevan con la cabeza en alto. Joumana Hadad, autora del libro Yo maté a Sherezade dice sobre los árabes (pero es perfectamente extrapolable a gran parte del género masculino) que “su ocupación es distorsionar y aplastar todo cuanto es libre, creativo o bello. Ahí donde la libertad, la creatividad y la belleza consiguen resplandecer, ellos arrojan oleadas de hostilidad y resentimiento, y lanzan campañas de tergiversaciones y mentiras a fin de destruir cuanto se escapa de la mediocridad que les es propia”.

En el transcurso de la historia algunas mujeres atípicas han pisado fuerte y se han hecho valer intelectual, física y emocionalmente dejando para bien o para mal huellas indelebles. Son mujeres fascinantes muchas de las cuales se vieron obligadas a romper tabúes. Susana Castellanos de Zubiría en su libro Mujeres perversas de la historia, ha documentado las principales anécdotas sobre un grupo de ellas, comenzando desde la era bíblica. En Diosas, brujas y vampiresas comienza preguntándose ¿por qué le teme el hombre a la mujer? Y ahí se desgrana un delicioso relato sobre cómo “ese misterioso poder que para algunos emana de la mujer por la relación que se le atribuye con la naturaleza, su aspecto maternal y germinador que le permite ejercer un control sobre campos fuera del alcance del hombre”, se convierte en el “origen de todo mal” a ojos masculinos.

De lejos mi gran favorita es Catherine de Médici, conocida por unos como Madame Serpiente, pero a quien el famoso historiador inglés Paul Johnson califica de mujer heroica. Al enviudar por la repentina muerte de Enrique II de Francia –quien abiertamente la desdeñó gracias a sus amoríos con Diane de Poitiers- su razón de vida fue mantener vivo el reino y no permitir que los derechos de sus hijos, la dinastía Valois, fuera vulnerado. Surgió de la italiana una fuerza interior que perduró por treinta años, y hasta el día de su muerte el cual según la escritora y biógrafa Leonie Frieda se dio no por una pleuresía, sino por el físico desgaste de su cuerpo.

Frieda afirma que el mayor desacierto de Catherine de Médici fue permitir que la devoción por sus hijos obnubilara la gravedad de sus errores. En gran parte de los documentos históricos se le juzga como cruel y despiadada, principalmente por la llamada masacre de San Bartolomé, un sangriento capítulo de una guerra en que murieron inocentes hombres, mujeres y niños y por el cual Catherine, una hábil propagandista nunca pudo dar una explicación o justificación. Mientras movía los hilos de guerras y luchas religiosas, esta mujer -que se consideraba hija del Renacimiento- logró proyectar la magnificencia de esa era a través de la expresión abierta de danza, canto, escultura, pintura, actuación y poesía a lo cual le dio vía libre en su reino.

Indudablemente Catherine de Medici es un caso analizable desde la teoría de Maquiavelo. No obstante Leonie Frieda concluye que “como esposa, madre, abuela, regente y reina de Francia fue una mujer de acción, apetitos y emoción, tanto un gran príncipe como una gran mujer”.

El potencial del género femenino es inconmensurable y todos los días lo demuestran heroínas de una u otra índole, por eso es que actos de abuso al estilo del “Bolillo”, que desnudan la esencia animal de unos, y la vulnerabilidad de otras, son inadmisibles desde todo punto de vista y deben tener toda la censura social posible. Lo que yo algún día quisiera ver es la confianza absoluta de todas las mujeres en su fuerza interior y que los hombres comprendan que es posible ir de la mano y compartir con espíritus libres, bellos y creativos sin necesidad de sentirse amenazados.

@CarlinaToledoP

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